La canción suena al dejar de verte, hay piedras bajo los dedos y entre ellos están tus voces, tus cables y esa singular forma acomodada entre mis palmas, cuando las cierro y el peso es del tamaño de un algodón y de una almohada. Prefiero desde el centro que mira a todos los costados, junto al viejo mueble de puertas y ventanas, pagar por salir en pantalla, leer, con los ojos llenos de vidrio y la garganta atravezada, guardar las esquinas y las hinchazones dentro de la caja que guarda las monedas; entonces la mujer pregunta y entonces miramos la hora y decidimos que a la pila le quedan días antes de volverse de litio. Miro entre tus bordes, la gracia de las siete vidas, alcanzo para refrescarme y bucear y hundir el artefacto bajo el sueño de un kilo de narcóticos, los cuales dejo a la vista de todo radar para entonces fundar el tesoro de la arena de gato y las garras que dividen la cortina. Cierro los ojos una vez más para que escuches que hay de tí y tus nombres, hay de la calle que espera que camines y caigas y busques la que mejor te oculte, te recomiendo la de un solo sentido.
29/6/12
Agotados de las noches vírgenes
La canción suena al dejar de verte, hay piedras bajo los dedos y entre ellos están tus voces, tus cables y esa singular forma acomodada entre mis palmas, cuando las cierro y el peso es del tamaño de un algodón y de una almohada. Prefiero desde el centro que mira a todos los costados, junto al viejo mueble de puertas y ventanas, pagar por salir en pantalla, leer, con los ojos llenos de vidrio y la garganta atravezada, guardar las esquinas y las hinchazones dentro de la caja que guarda las monedas; entonces la mujer pregunta y entonces miramos la hora y decidimos que a la pila le quedan días antes de volverse de litio. Miro entre tus bordes, la gracia de las siete vidas, alcanzo para refrescarme y bucear y hundir el artefacto bajo el sueño de un kilo de narcóticos, los cuales dejo a la vista de todo radar para entonces fundar el tesoro de la arena de gato y las garras que dividen la cortina. Cierro los ojos una vez más para que escuches que hay de tí y tus nombres, hay de la calle que espera que camines y caigas y busques la que mejor te oculte, te recomiendo la de un solo sentido.
22/6/12
Rin 24´´
En la estación gritaron con ánimo.
Las palabras fueron escuchadas incluso por las personas que viajaban en
sentido contrario. Palabras de gruesa munición tales que se vuelven
primarias, se transforman en arrugas y manchas como las de los felinos.
Un hombre empujó la silla en el momento en que el vagón anunció el
regreso al ritmo normal de las cosas, de modo que todos volvimos a
nuestra posición dentro de aquel estómago, unos más cubiertos que otros,
con los brazos en alto, con los cuerpos echados sobre otros cuerpos más
resistentes o elásticos o acostumbrados al desplazamiento. En cada
parada era posible mirar sucesos salidos de alguna historia irreal, como
si la respiración fuera un mecanismo activado desde un botón. Varias
miradas permanecieron bajo los pliegues y la piel dejando el clausurado
el paso. De modo que ser dentro de aquellas esferas, en esos instantes,
era realmente parte del hábito. Yo también cerré por un instante los
ojos, en comunión permanecimos, un tiempo corto como el de un comercial,
preguntar, me dije sin tener aún la respuesta hasta que se me ocurrió
que sería mejor juntar recuerdos, entonces vino aquel hombre, aquella
mujer de vestido azul, aquel anciano de manos largas como una estatua de
Génova, la respiración al ritmo de cuatro ruedas que cruza una bajada,
las manos, el caucho renegado sobre la superficie de roca, las puertas
automáticas, es necesario el parlante me pregunto, sin ellos estaríamos
ciegos dice un hombre de pie a mi lado el cual parece poder leer mis
pensamientos, pero nos quieren volver sordos digo en voz alta, entonces
logro detener el tiempo, y la vejez, y el humo de las fábricas y todo
queda guardado en las esferas de aquellos que han vuelto al espacio de
aquel vagón.
Al cruzar el
semáforo los autos cruzan con sus narices el paso sombreado. Una
motocicleta escoje la vereda para su circulación, vereda sobre la que
ruedan mis cauchos, y en la que apenas he puesto el cuerpo, el rugido
logra dividir las tumultuosas lagunas de carne y seda y algodón dejando
su estela gris en sus brazos y lo míos. Aquel artefacto ligero vuelve a
detenerse una o dos cuadras adelante al igual que las personas que miran
como se mira a un semáforo. El pulso vuelve, pienso en rescates y
filmes de ciudades devastadas. Cada ladrillo produce el temblor dentro
del músculo, las prisas son falsas repito y el sol proyecta una sombra
de auto y conductor, aunque ornamentada por una gorra con el eslogan
Fruit es nuestra en vez del cazco para la protección. La carrera es de
otros diría Hemingway de modo que mientras impulso el vehículo pienso y
ensamblo las voces con los rostros, como en un juego de Match. Al
terminar el tramo y girar la esquina soy de nuevo empujado pero no hasta
mi destino, es decir, al impulsarme lo hacen con el pie, creo ver tras
el resplandor otro vestido azul. Afuera el parlante ha sido reemplazado
por un sonido constante, casi diría que es el sonido que hace una nube
al ser atravezada por un motor. Bajo la vista, llevo la silla al rumbo.
Qué
hacer me pregunto. Las puertas tienen dos candados voluminosos como un
muslo. Anoto el número en el celular, miro el parque del otro lado, dar
una vuelta y tomar un helado, la contestadora fiel intenta que la siga,
uso aquel aparcamiento e intentó fundar una ciudad en él. Pronto las
visitas, el hombre y su arma y su uniforme y su perro. Ladramos o nos
reconocemos, abra, le pido, el perro ladra pero el auto continúa hasta
el semáforo, el guardia amarra al canino, entonces hace una pregunta,
quiero una sombrilla respondo y al mismo tiempo siento que somos
forasteros o dos gotas de aceite. La conferencia es breve, decido
esperar.
Media hora
después vuelvo al teléfono, el guardia ha marcado por mí. Ya veo el
viaje, ya escucho los parlantes, de regreso sin sombrilla, los candados
siguen puestos como muslos, piden que espere otros diez minutos pues
están en camino. Sonrío, yo también camino, pienso.
8/6/12
Haciéndoxe aire
Al escucharlo pensó en su siguiente disco. Para ello se hizo acompañar de Laura. Luego ella encendería el reproductor, después de todo él estaría pensando en la cena y los postres y la película e incluso tendría en mente alguna rutina de imágenes para llamar al sueño. El siguiente disco sería la piedra máxima, pensó olvidando todo lo dibujado, de entre esas canciones que quizás ya existían y aun esperaban el cansancio de la grabación actual, él tomaría un himno pues era hora se dijo. Sin embargo la noche que rodea el edificio lo encontraría sobre un sillón o sobre una cama. Él decide probar a ser como en otras vidas, un suspiro o un gas sin forma y sin olor, al punto de que pronto toca con su rostro las partes más alejadas de la habitación. De entre esas líneas el distingue nombres propios e incluso fechas que van marcando en su espalda que yace pegada a una esquina, grietas o surcos por donde bien podría dirigirse sin ruidos ni órdenes impresas e incluso filtrando los litros que él suda por dentro. Sobre la pared la mancha termina por transparentar el ladrillo, la pintura, la cortina, incluso la construcción del otro lado se deja ver, luce oculta pues la noche no parece ayudar. Laura de espaldas alejada aún del vórtice.
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