Entonces veo una singular cantidad, luego, es decir, al mirar dentro del líquido. Un cuerpo desciende, es absorvido junto a sus partes y sus esquinas y casi puedo atraparlo, detenerlo pero su paso y sus palabras construidas sobre plomo equivalen a bajar, a sumergirse tras varios cortos rastros. Esas sustancias que explotan colorean la superficie, aterrizan de retro y terminan aunque no lo quieran, brotan, prolongan el reflejo, hay una vibración, dentro, entre el esternón y la maleta del colegio, la maleta colgada adelante, pero al poner el oído, al ser y permitir los ruidos la recámara; ni alturas, ni pánicos, o quizás, es posible, solo entonces, ya con la figura en la sombra, ya con el mar que ha retrocedido vuelvo a la costa, esta vez guardo de atravezar, entonces la superficie, entonces ella arriba yo por debajo. Puedo y quiero, pienso, volver a ver Cocoon, vivir entre rocas, abrir los ojos sin lentillas, es exacto digo, de como lo dejé hace treinta y cinco años, el cabello es inútil, las uñas pronto serán una nuez, apenas cubro unos metros, me toma siglos llegar a otro vecindario, recuerdo a otros bañistas con las piernas blancas dentro, con sus partes colgadas y sus angoras flácidas, eureka pienso, ¡entonces he regresado!, o es que el invierno ha derretido el continente, o es que por brasear y patalear dejando una línea tras toneladas y litros y aún con dos pulmones, aún dentro de una caverna, por más que lo persiga, y baje con un ancla amarrada a las muñecas solo presencio los rastros de otro aterrizaje, entonces el rostro, entonces algas.
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