Asalto y robo al tren. Sobre la líneas imagino haber colocado monedas planchadas, rostros o perfiles sin textura, también son habitantes de estos bolsillos juguetes redondos frágiles pero más veloces que una rueda de vapor. Coloco el oído, escucho los latidos de aquella falsa superficie, estiro y prolongo las antenas, soy un ave, mis ojos perforan la montaña, mi cuerpo es alargado, se cubre de arena, quiero creer que también soy un saltamontes. Los rumores acarician a las hojas quienes parecen juntarse para responder en coro. Un brazo espartano oculta al Cayambe, es posible que tras su movimiento los volcanes, lo valles, se encuentren recostados sobre las ruinas de una ciudad convertida en colchón, un colchón superado por los cuerpos, poblado de madrigueras, envuelto en sí como un capullo.
Exhalo. El aliento se hace visible, una nube negra se aproxima de entre los cipreses. Ajusto las monedas sobre la riel, al igual que sentado tras el panel de mando, escojo no escuchar, elimino las vibraciones, la membrana se estira al máximo, resulta en coordenadas, en una serie geométrica de triángulos que al chocar producen más triángulos. He abandonado el mundo a través de los sentidos, correcto sería señalar que por curiosidad he optado vestirme de astronauta, naufrago a través del rumor que rebota dentro de mi propio casco. Una nube cercana al smog empaña el cristal. Mi rostro la absorbe como un pañuelo.
El convoy camina sobre el puente. Mi risa vibra como las alas de la mosca. Los juguetes víctimas de la gravedad me miran, busco un gesto, se alejan sin suplicar. Corro el telón. Un telón blanco y horizontal. La atmósfera silva, exige, suplica como Grasse los huesos de Grenouille. Abajo la nieve cubre todo rastro del incendio.
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