22/5/11

Ella apresura su salida. Marlena mueve la cabeza, ella la mira a los ojos, la anciana empuja la bolsa del pan, ella abandona la caja.

El sol nos calienta

Parque

La negativa es rotunda, no deja espacios, ladra como un pastor alemán desde una vereda, es firme, pesada, está blindada.
Él toma uno de sus frascos con drogas. Drogas naturales, drogas manipuladas por la mano del hombre, drogas sembradas, cosechadas, procesadas por él, drogas como parte de un regalo, de un presente, drogas, regalo de Andrés. El frasco, un recipiente negro sin el rollo fotográfico lleno de mezcalina en polvo, un polvo fino, con una pequeña capa de hongos sobre la superficie. La poción, amarga e inolora, la mezcla bebida de un solo trago, sin miel, sin endulzantes,

Él destapa el vino. Cada copa conserva una etiqueta dorada. El clima es agrabable, hay sombras; el sol también perfora esos cuerpos, orificios de luz, sombras llenas de pecas, pecas sobre aquellas sombras. Ella se sienta sobre sus piernas, estira la espalda, su posición es sana, deportiva, castigada; orgullosa como su frente. Su espalda y su frente parecen haber aprobado los mismos cursos de posición corporal, levantadas, rectas, firmes, exageradas como un maniquí, estiradas como un globo, sin arrugas, aparentemente sin esfuerzo. Ella toma una de las copas, ella mira la etiqueta, la mira como atravezada por años, estudiándola, una etiqueta dorada, redonda, pegagosa, borroneada, sobreviviente, un malestar, un olvido, un destino comparado al horror, un destino hecho de defectos, una broma, una broma redonda y dorada, sin valor, sin astucia, desnuda, un chiste pequeño, una mueca, una pirotecnia. Ella mira la etiqueta, ella hace una mueca, ella mismo es una mueca, una mueca hecha de otras muecas, ella misma se crea un destino, grita, un aullido sordo, enorme como el campo, como el Chimborazo, como la nieve, enceguecida, poblada de virtudes insignificantes, convertida en pájaro, llena de plumas, clava, como un halcón con garras, aprieta, hunde, pero no ahoga. La etiqueta desaparece, hace un vuelo, brilla, como una moneda aplastada, ella sonríe, él sonríe, él vierte el vino, él, el dueño de las copas, para ella, para el ave, sangre, sangre embotellada, sangre para evitar el sacrificio.

5/5/11

Llevo varias llaves en la mano. Llevo un solo llavero, las llaves lo hacen pesado, lo aprisionan,

2/5/11

Bosque

Él dejo de mirar el retrovisor. Los árboles avanzaron en fila , rápidos y ordenados, como con prisa, como si prefirieran no perder tiempo. Sobre muchos de esos árboles, quizás sobre la mayoría, descansaban nidos, vacíos algunos, abandonados otros, hogares de paja, de ramas y de raíces, perfectamente construidos, invisibles al hombre, invisibles para ciertas aves.
Desde el auto era imposible mirar los árboles. En realidad era imposible mirar cualquier cosa. En el tacómetro, las manecillas marcaban velocidades cercanas a las tres cifras, cercanas a los límites rojos, la manecilla, al rodar del vehículo subía rápidamente, violentamente, como cuando un auto es encendido. A través de los cristales, el bosque se sucedía como en una marcha grabada y reproducida a alta velocidad, los árboles, a través de las transparencias, de los reflejos, incluso de las sombras, se sucedía como una masa oscura, como una pared o como una serie de paredes, una serie santa, un conjunto de columnas o una tropa de columnas que sostienen un templo; las sombras, el bosque, los muros y paredes elevados como bóvedas, como naves de una catedral. Él miró el bosque a través de las ventanas del jeep, el jeep cruzó como un ave, como si volara, como si las llantas fueran alas. El templo, sus muros o sus sombras, a cada metro se juntaban como en un aplauso.

La gente de los oasis

Él mira su cuerpo. Ella está de espaldas, sostiene una camisa amarilla entre sus manos, en lo alto, como abriéndola, como si del techo fuera a salir una mano, un garfio, un rostro para llevarse esa prenda amarilla, para colocarla entre una puerta de hierro dorado y un telescopio, como sí esa prenda fuera un semáforo. Ella entra en la prenda, ella llena las mangas, el cuerpo, las espaldas con su cuerpo, con su espalda con sus brazos, ella detiene por varios segundos los brazos en el aire como sí acabara de bajar de un globo, con los brazos estirados como un clavo, como un tornillo. Entonces ella se enrosca, da un giro, dedica su perfil, sus muslos, el volumen de sus dimensiones a él, que fotografía cada pliegue, cada esquina, con una máquina instantánea imaginaria, una máquina feroz, que duplica cada imagen, que guarda una copia y expone dentro de las paredes pegajosas con forma de vientre las figuras que su retina graba y duplica y colecciona y ordena y corrompe. Ella, que desciende, ella que aterriza los pies sobre la baldosa, ella, como una pluma descansa ligera sobre el suelo, sin tomar nada del aire, siendo bomba al mismo tiempo, dueña de la habitación, como si ella fuera un objeto, el interuptor para licuar, pausar y desabotonar, como si ella fuera un vagón de metro, como si de ella dependieran todos los movimientos. Él, al igual que ella, estático, calcula la distancia, para ella son siglos. Ambos, como en un film, se miran a través de dunas y mares antiguos, bajo un sol, decorados por varios cráneos, una botella de cristal hace de ojo, resulta ser testigo. Ambos, separados por un desierto, suben, toman un transporte, el sol cuelga, el sol se refleja.