Bjork enciende semáforos; los musicales se alquilan en cada esquina. La ciudad jadea huela a deportista, las veredas soportan el cemento y las pisadas que terminan en avenidas que como bocas vomitan enormes dientes.
El boxeador me golpea con toda su fuerza y esto no dura mas de dos asaltos. Me quedo con ganas, pronto el combate se asemeja más a la lucha libre. Siento que en cualquier momento saltará al ring uno de esos luchadores rubios, cuadrados como trituradoras. Luciré mas cansado y aburrido y por supuesto dejaré que el público ovacione mi nombre hasta que el réferi haya contado los tres números.
El boxeador observa cada mañana con esa fe que lo hace levantar los brazos. En su morada mínima cada cosa ocupa una porción exacta que desubica a alguien como yo; ahi radica mi fortaleza y su talón: su vida es como un tren que corre pero jamás olvida a sus pasajeros.
El round es corto: la misma fe que lo hace santiguarse levanta como motor una vez más sus brazos. Cada golpe es un clavo y él es un romano que detesta a Jesucrito. La sangre mancha el cuadrilátero y, en mí segunda caída, observo en camara lenta y totalmente desenfocada, el grito de un monstruo más parecido a un mar. Desde el suelo observo las cámaras, el público, flashes y no puedo disimular que he perdido la confianza, asi que, balbuceo un mal pronunciado puta madre. El boxeador prefiere terminar cuanto antes, regresar a casa, encender un lark o tirarse de una a las duchas. Su grasa que también es un escudo ahora pesan y el recuerdo de cada golpe se transforma en un fotografia y el agua tambien parece un látigo.
El boxeador sabe que un solo golpe puede destruir todo mi entrenamiento, pero tambien sabe que yo soy un toro y que el sol ha salido para ambos.
Al llegar a ocho me levanto, el boxeador me mira y golpean su cráneo con ambas manos.
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