25/8/09

La remasterización

La basura que había entrado, ingresado con todos los permisos y las notas en regla, sí la pequeña basura, nótese que Andrés prefería, por no decir le excitaban los olores de algunos ríos, al fin había salido de su cabeza. Decir salir servía solo de consuelo, Andrés era muy poco optimista, de hecho jamás podía quedarse quieto.

Era inhóspito. Del lado derecho miles de botellas plásticas de todos los colores aplastadas, no siquiera infladas, estrujadas apiladas formando una montaña de por lo menos siete mil metros, quizás más, lo exhuberante domina. Detrás de la segunda puerta junto al horno de los 600 farenheits, un busto de vieja detenida o congelada en un grito, en un horror de mandíbula abierta y cientos, quizas miles de dientesillos plateados, galvanizados masticando los esqueletos secos de sirenas secas como una momia, como si las hubiera disecado el sol, como la cabuya cuando es cortada y olvidada luego de alguna faena de polvo y herraduras y el sol y las sequias, eran los semáforos y el vuelto en una parada de la Juan León Mera. Una pegajoza funda de yogozo pegajoza.
Andrés no quería pensar en ella. Se avergonzaba de encontrase pensando, porque otras veces ya se había detenido en cuanto llegaban los en dónde, los cuándo, los de ley y los acá es. Andrés recordaba parte de su vida y eso lo congelaba, lo sometía, no había logrado pasar de hoja o no quería pasar de hoja, no entendía, de la misma forma que se entiende a la muerte, como es que ella si lograba tirar de la cadena.

Detrás de la tercera puerta, un interruptor como el que tenía en casa de su madre, que encendia mas luces de las que apagaba. Nótese que los bulevares tiene mas de uno de estos apropiados aparatos para no tener que levantar la mano. Uno enciende el interruptor y siete luces en fuga se retuercen cretinamente con una sonrisa de si sr, le ayudamos en algo. Al usarlo por primera vez dos luces idénticas se encendieron aunque la amarilla nos acompañó solo tres segundos. Al usarlo de nuevo una luz a dos metros de distancia se encendia varias veces como parpadeando hasta cuando una tercera, las otras dos seguian encendidas parecía responderle. La segunda luz no dudó y volvió rápidamente a parpadear aunqeu para esto una luz mas pequeña, quizas por la distancia ya que el cuarto media algo asi como 63 por 48 kilometros, Andrés no dispuso de ninguna dirección asi que mientras las luces charlaban él, medía distancias (sonaba el opus 43 "las criaturas de prometeo" junto al anciano del cello abandonado) desajustaba las luces que estaban a la mano, el megáfono se había vuelto invisible, Andrés desde ese lugar podía observar al viejo y al cello y al megáfono que los reproducía, a solo 2 kilometros de distancia, solo porque eso a quien le importaba, Prometeo era solo un tipo, hermano, que nos pudo pasar a nosotros y la lucesita parecía decir algo. Mientras Andrés seguía desajustando algunas luces.

la cuarta puerta tenía seguro.
Andrés lo sabía de memoria y también dudada del saber. "Amo los basureros" era un éxito aun si ser comercializada ni remasterizada en varios idiomas, tocada en cada gira y coreada incondicionalmente aun sin público. Esa era la única condición, y Andrés detestaba las condiciones porque nunca le habían puesto una y sin embargo él a todo le imponía, tiranamente y también tal ves amargamente una condición que lo alejaba del publico, que lo convertía en rockstar, en rockstar colgado adelante de un espejo, contando si no había olvidado por descuido pintar alguno de los tres tristes bigotes que organizadamente medía al llegar exactas las cuatro en punto de la mañana con Ñ inmediatamente después del café bien cargado extra azucarado como a él exclusivamente e indefectiblemente le gustaba que le sirvan. Aunque esto no fuere mas que un placer, un lujo obsesivo, un disgusto muy propio, muy personal, muy intimo, como un deja vú como para ser contado. Floyd sonaba aunque suene irrelevante, aunque nadie se atreva a comentarlo, y a las pijamas y el luto, y el basurero sexagecimal en sol la re, sol la re, ya no marcaban la madrugada, de nuevo Andrés perdía control y los llaveros que cargaba en sus bolsillos habían caído en cientos de dedos que le proponían tomarse un jarro de cerveza o pegarse un tiro en la cabeza.
Andrés sabía que un plato de gallina hervida, como todo dogma, allá donde usted sabe, usted que sabe, el nueve lo deja cerca, abandone la casa, la casa está tomada, deje la cama, desconcentrese, renovaría su maldita y acalambrada fe.

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