Él gritaba. Ingraid, con las manos sobre el
teclado se dio un descanso. Ella, pensó y de inmediato se encontró a solas.
Luego de varios intentos, a la habitación, que además era un estudio para
actores, la inundó el sol que no terminaba de quedarse ni de irse.
Él sin querer se encuentra recordando sus
días sobre las tablas. Se observa a sí mismo pero más chico en el momento de
realizar uno o dos movimientos. Momento de memorizarlos. Además de los cuerpos,
además del coreógrafo y las bailarinas, sobre el escenario hay niños disfrazados
de árboles con brazos. Ingraid cruza la habitación. Él mira la calle desde el
balcón.
Ella intenta no pensar. En su mente le corre
a cada imagen, -más rápida que todas las ranas juntas se dice. Piensa en un
semáforo, en una almohada, entonces se ve a sí misma dormida, -pero los sueños
no son tan definidos se repite, entonces ella respira, atrapa el aire, luego se
acerca junto a él, deja que la mire, cierra los ojos, los aprieta, se agota.
Ingraid enciende un cigarro. Pronuncia un
breve insulto, nadie la escucha piensa, pero lo hace con la seguridad de quien
está entre conocidos. Hay dentro de su boca palabras trabadas, pronuncia Orco,
Puentes, Gitanes. Luego prueba a repetir Orco Gitano, Coro Gitano y ríe sin
pronunciar las siguientes posibilidades. Repite –Gitanes- mientras mastica un
palmo de cigarro. Ingraid se aleja de la puerta. Del otro lado un automóvil
deja una cola de humo y polvo. Ingraid los cruza por delante, los ve cansados,
inicia un tema en el piano, algo en lo que ha venido pensando.
Lucika baila con los ojos cerrados. Lucika
prefiere las películas con Bruce Willis. Lucika lleva una falda jean, el
cabello mojado. Lucika mueve el culo, el coro dice -a mover el coolo-.
Lucika pone a un lado las ojotas y sin abrir
los ojos me hace girar sobre mis propios pasos. Lucika baila mejor al twist,
mejor incluso que Loretta. Loretta baila con los ojos abiertos. Las gafas no
impiden ver sus ojos que hurgan, como espía, como agente. Los ojos
descubiertos. Loretta tiene ojos azules, de esos que cambian el tono según la
luz o según el ánimo del dueño. Loretta siempre usa gafas; esta noche lleva un
par de anteojos a lo Jean Pierre Melville. Loretta trae un bolso ceñido a su
cuerpo. Loretta es cara, Lucika es cuerpo.
Por la mañana bebemos. No sé quién me ha despertado, -gracias- digo, así las veo más
tiempo. Michele toma fotografías de Alexa sentada sobre una silla de plástico.
No veo a Loretta. Alexa toma el encendedor, Alexa juega a encender la basura
que encuentra sobre la mesa. Alexa quiere conocer al bombero, pienso. Alexa
enciende un marlboro. Sobre la mesa hay marihuana y una caja roja de zapatos. A
Michele le urge obsequiarnos fotos de todos antes de volver a Flandes, ¿Michele
como Gondry?, o ¿Michelle my Michelle? Dice Georgie. -Tuya, tuya, tuya- intenta
decir no sin hacer aspavientos. Paulo y Andrés nos saludan mientras juegan a
tirarse del trampolín, -uno, dos, tres gritan, ambos levantan la espuma, la
espuma en sus cuerpos, la quilmes tras un rostro, rostro que a esta hora del
día intenta lucir compuesto o como -todo bien- repite Loretta, que nos mira a
todos de perfil, Loretta que acaba de sentarse sobre sus lentes obsequio de Kim
Novak. Paulo juega a sumergirse mientras Andrés flota con la cara pegada al sol.
-Deberías quitarte las gafas dice Alexa, Alexa la experta pienso, después de
tirar una bocanada. Pienso también en Quito: el humo se hace humo. Desde mi
posición puedo ver que Alexa sonríe, Alexa no es un niño me digo. Loretta hace
muecas. Alexa me guiña el ojo. Sonrío. Loretta, sus ojos y también Loretta bajo
esta luz tienen un color celeste, casi blanco. De un bolso sus manos sacan un
par de anteojos que en el rostro de Alexa surte un efecto de dibujo animado,
quizás de una Betty Marble. Michele suspira –Laagheid mientras muestra
instantáneas de nuestro desayuno. -Alexa, Alexa Marble digo. Alexa intenta
quitarse las gafas, Loretta se lo impide, -Kurt, por favor Kurt, por favor- repite.
Su exactitud es la de un sniper me digo. Al
darme vuelta, vi que su rostro como el de un anciano, había estado ahí desde
siempre, peor aún me dije, ese rostro será testigo de mi desaparición. Anna,
quien prefiere no ser parte de nuestras discusiones, miraba de reojo y en
silencio con sus pómulos rosados y enrojecidos.
Por la manera en que se mantenía de pie daba la sensación de estar a punto de
correr o en la mitad de un baile en un salón nocturno de una ciudad turística a
la que habíamos llegado por un camino borrado o por la ausencia de un mapa,
mapa que por lo pronto ella buscaba en mis ojos con la furia de un animal
golpeado, la boca desencajada y una mueca, mueca que creí pretendía ser una
risa. Anna nos tomó por sorpresa; algo dijo y ante esa nueva posición descubrí
que me impresionaba cada día más el carácter de Anna, chica a quien creí
construir mientras la describía en mis cuentos. Luego vi a mi hermano abandonar
la habitación.
Al día siguiente tomamos el desayuno. En
casa se podían escuchar los ladridos de Leo, quien por supuesto era el primero
en despertarse, al pulso de los comerciantes. El desayuno se alargaba hasta
casi el medio día y consistía en las sobras del día anterior. Anna parecía
hambrienta, tomó jugo, comió huevos, miel, queso, jamón y varias porciones de
pan recalentado con azúcar y mantequilla. Leo, a pesar de ser un schnauzer, un
perro pequeño, ladraba como si un día hubiera sido un labrador, un perro
gigante, al que le cambiaron de cuerpo o al que con el paso del tiempo el
cuerpo se le achicó. Yo hago un esfuerzo sobrehumano para tomarme el jugo, y
las naranjas y la glucosa y el ácido. Afuera hay sol.
Nada era
importante, osea,
a todo le decía
que sí.
Igor es un dibujo animado. Pero Andrés acaba
de conocer a uno que no lo es y también lo es. Este Igor es seriamente parecido
al personaje que Andrés había visto en teve. La imagen que él había elaborado a
base de cartoons y personajes de las secciones secundarias de los diarios era
la de un hombre adulto, treinta, quizás más, detalles visibles en su rostro que
apenas sugerían un promedio, de contextura gruesa, o sea, un cuerpo gordo,
entre atlético y pasado de libras, como el de un boxeador que ha dejado de
entrenar pero que no ha perdido el empaque por los años de levantar pesas y golpear
sacos. Este Igor que Andrés solo había imaginado además de grueso era también
alto como un mandril, con los brazos colgados a cada lado del cuerpo
columpiándolos como si llevara una soga en sus manos y como balanceando el
cuerpo, como si el caminar y mover toda esa grasa fuera para él un trabajo
arduo, al que se ha ido acoplando o quizás también resignando, algo pensaba
Andrés, que en sus continuos descansos, entre levantar una caja y tomar gaseosa
de naranja, deja o dejaba entrever otra vida o un inevitable cansancio.
Este Igor que
caminaba frente a Andrés se parecía demasiado a la imagen del hombre gordo,
lento y calvo que había visto en algún programa de televisión. Era exacto, un
tipo gordo, alto, de cabeza rapada pero alejado a cualquier determinación o
prejuicio, es decir, un prototipo de hombre, prototipo se repitió Andrés. El
hilo de su voz también era desproporcionado, no coincidía al tamaño
desproporcionado de bárbaro que vagaba a través de la fábrica con un balde de
trapear en la mano; antes de grave y determinado, es decir, antes de procurar
regalar seguridad, o en todo caso incomodar al oyente, tenía más bien una graduación
que resultaba en una voz inofensiva, es decir, sus palabras pasaban
desapercibidas. Igor, en todo caso, parecía haber preferido mantenerse callado cuando
las charlas con los jefes o los más viejos de la fábrica ahogaban los mismos
ruidos de las maquinarias, ahí entre otros hombres recién entrados para
trabajar el piso, Igor era un tipo silencioso, lo que no es lo mismo que
tranquilo. En una ocasión Andrés doblaba el turno y mientras descansaba gitane
en mano, gitane que le provocaba un placer cercano al de dormirse fugazmente en
un baño turco, Andrés observó como Igor descargaba una serie de jabs contra un
viejo saco de aserrín, saco parchado con cuerinas de colores. Ese Igor, de voz
aguda como pasada por un hilo de teléfono a través de una emisora de amplitud
modulada, de cuerpo grueso y movimientos lentos con la cabeza rapada, quizá por
medicación o tratamiento capilar, parecido en todo caso al Igor de las series
de televisión donde Igor es un extranjero tonto al que todos usan como chivo o
al que cruelmente todos usan de broma cuando la tarde parece una esponja salada
y grasosa, ese Igor es ahora a quien Andrés estrecha la mano en señal de
admiración ya que parece ser el único en la fábrica que soporta de alguna
manera, con su voz como un eco fino salido de una zapatería rancia de provincia
las bromas del recién llegado Andrés. Eso parece como en los cartoons.
Lo primero, siempre lo primero se repite. Él
toma una carpeta, busca una birome, mira sobre la mesa, sobre la carpeta.
Piensa en un tema, el desarrollo del mismo y sus motivos se dice acompañado de
sus razones y un puñado de pruebas. En ese ritmo se inclina a borrar, cerrar
paréntesis. Los abre, al igual que a sus archivos, de los cuales saca nombres -que
han sido ya varias bajas- se dice. Él estornuda, aquel impulso parece despertar leguas de mar sobre la mesa de trabajo, entonces el cuello, las vértebras, sucede un
alargarse como siendo parte de un dragón que bosteza, entonces su boca y la
manga y el brazo cubierto por el saco.
Mientras decide escribir hace varios repasos.
Autores bondadosos, autores desertores, la bondad de desertar se dice. Piensa
en Fernández, lo pronuncia sin tildar, piensa en Escobedo, sobre todo piensa en
la frase la rima fuera de lugar, piensa en Murakami, -trabando, trabado,
tragando-, piensa en Archimboldi. Naturalmente he colgado la geometría diría en
una imaginaria entrevista que contiene a un Archimboldi al cual mira con abrigo
y cabello cano.
Intenta un párrafo protagonizado por
villanos: La lluvia cae con fuerza, ruido que lo motiva a cambiar de estación,
entonces una radionovela o un comercial para recién llegados: Ciudad
moderna, sueños tomados de alguna madrugada tropical. En su mayoría mansiones,
el siglo que nunca será vencido. Se confunden, mitad de cemento, mitad con
vidrios. Insomnes, luna envuelta en tungsteno. Observar desde casa, llevar
velas y llaves, cargar la bolsa plástica, escoba, siguiente candado, dos
vueltas de cadena. Vida de memoria. Envejecer en la pila junto a cada pez.
El gato descansa. Él prueba a girar el dial:
Es probable, visita cuando cumplas
quinientos. Guerra de parques. Estatuas y palomas cagadas cagando piojos, la rama
y la trompeta, semáforo-calle-cono, un submarino hundido al que le pueblan
algas, música de cabaret para peces. Bajo la premisa la catedral de Llosa fotocopiado,
cientos de adictos masticando la carne de Houellebecq, rezando tras la quimio
para Viterbo, agujas bajo el brazo y dentro de una caja llena de fósforos, la
consigna: desconfiar, hundir los barcos, hacer del mar un hueco más oscuro,
sobrevivientes quienes en el fondo harán boom. Sobre lomos los premiados con
dinamita, acelerar a veinticinco nobeles de fuerza, los libros a flote, la
profundidad, el abismos, Cronm, repita con nosotros, Cronm, la ciénega, el
zumbido, pueblo de los hombres gordos, un destino, Cronm, toneladas de sal. Abajo,
señales de sendero turístico, perderse, serán las dudas, abajo, a lo lejos, en
apariencia El Extranjero.
-Aléjate escribe él que dice ella. Ella en
pantalla, decide ubicarlos en su taller. La habitación llena de bultos, futuro
o fin del viaje. Afuera la lluvia, -acércate escribe él que pide ella.
Él apaga la radio. La mira, decide que bien
podría bastar su vida para un secuestro. Se detiene en su rostro. Le esconde
los ojos, -recuerda- dice ella, -mis opciones dice él. Ambos pierden tiempo en
nombrar sus manos, sus carnes, la cama, cristal- pierna-alfombra repiten al
unísono. Ambos sostienen las miradas bajo el cielo gris en medio de aquella
nube.
En su relato y en vivo él se sienta frente a
ella. La mesa y las cortinas visten rojo. Ella y él también visten de rojo,
ambos, como cubiertos con el mantel. Sobre la mesa hay café, pan de yema,
arrope de mora y un queso amarillo del tamaño de un plato. Eso en el relato. En
la definitiva, en carne, ambos toman chocolate mezclado con unas gotas de ron.
-Muy bueno el café dice él, -muy bueno- sirviéndose
otra taza. Ella, que aún no ha tomado asiento, trae a Lautaro, le da mimos en
el cuerpo y en la barriga y en las patas.
-Miaur, Miaur-
En sus manos el gato parece decir -voy, tú
trae sal. Andrés mira desde la puerta, ella carga a Lautaro, miaur, miaur.
Él escribe una aventura para Lautaro, donde hay lluvia o tormenta y una casa
con las ventanas cerradas. Los cuatro logran hacer sobremesa, debo dejar una
entrada dice él. Ella bebe una infusión.
Ella apura la subida al vagón. Él, antes de
sentarse la mira de reojo, y con un gesto la invita a acercarse. Ella dobla su
abrigo, lo coloca sobre sus piernas y en silencio apoya su cabeza sobre el
hombro de él. El metro parte y en teoría el viaje no debería tomar más de
quince minutos. Él enchufa un auricular en el oído derecho de ella mientras
conecta el auricular más corto en su oído derecho también. El vagón antiguo y
hecho de madera se agita a cada lado en intensas sacudidas sobre todo cuando el
metro alcanza cierta velocidad, cuando llega al clímax permitido entre una y
otra estación. Ni ella ni él se mueven aunque él de vez en cuando nota la
mirada de una mujer adulta, una mujer de unos cincuenta años. La estación
próxima se llama Piedras, un letrero hecho de porcelana indica las escaleras de
salida.
Lima anuncia la voz en el parlante,
pero al no haber conexión el metro pasa de largo, lleva un fuerte impulso e
incluso parecería querer mostrar el buen estado de la máquina. Él consulta su
reloj, imagina la fila, los asientos, el silencio y la primera escena. Como si
ella lo estuviera escuchando o mirando las mismas imágenes dice para calmarlo
que nos queda la función de las cinco y media. Él piensa en la librería. El
metro se detiene en la estación Rivadavia donde se baja la mujer adulta,
balbucea algo que apenas sirve para descifrar. -Entonces de una a los boletos
dice él.
Las estaciones Gardel y Abasto se suceden
inmediatamente, como en un comercial. Luego ellos se encuentran fuera, quemados
por una patada del viento. Ella desdobla su abrigo mientras él coloca el
paraguas bajo su brazo. Él, la mira antes de ayudarla a colocarse el abrigo y
ella, se toma su tiempo hasta sacar la bufanda de la mochila. -Está noche tormenta-
repite un periodista y a él, ese hombre de la televisión le recuerda a
programas que nunca más repitieron. De pie sobre la escalera eléctrica, él,
recibe una descarga, con la rapidez de una luz de flash, dura, como un taladro que
perfora un nervio, en lapsos rápidos y repetitivos y también como golpes
pesados como un martillo.
Mientras ella le hace preguntas y él intenta
recobrar el sentido, sobre un plato transparente, un postre de tres leches es
decorado con caramelo.
Ella
dijo amor mío, mientras, yo veía sus espaldas mientras ella volvía a su trabajo
a sus tareas de compositora. A qué venía esa declaración de incondicionalidad
me pregunté. No recordaba haber tratado temas profundos, más bien tenía
cercanas sus palabras favoritas, entre sus delicadas maneras ella se refería a
mí como inútil, madrugadas en que me despertaba con un lávate los dientes, ve a
comer algo decía antes de que tenga despierto el apetito, bueno, más que
palabras frases, más que frases órdenes directas que me habían dejado boca
abajo con la cara rota y cientos de dientes corriendo alrededor de la alfombra
como niños en un parque persiguiendo conejitos decapitados.
Al
reordenar mis ideas la busco nuevamente y la encuentro de espaldas a mí,
retocando unas fotografías (esa es la última imagen que poseo de ella me repito
para volver a repetir en caso de que alguien pregunte) antes de dar media
vuelta (momento que aprovecho para levantarme y dejándola dejarla), mientras
ella pronuncia palabras sueltas y el ipod reproduce Washer, canción de la banda Slint que como sacada
de una película acompañará mi huida y mis posteriores abandonos, me digo.
Ya en la calle encendí un cigarro, miré el
horizonte, aquella línea de concreto y escuché el sonido de cada uno de mis
pasos. Habían pasado casi tres años desde la última vez que caminaba sola, así
con una mochila a mis espaldas y sin el compromiso de tener que parecer
interesada o amarrada a algo, -sin abismos reflexioné. Fue extraño, en cada
cuadra encontré hombres que me obsequiaban flores. A mí las flores me gustan,
es más, dije, hoy decido tener una casa con jardines.
Las uñas golpeaban su rostro. Letargo.
Esquirlas. Búnker de músculos frente a la puerta bloqueada. ¡Desayuno!, posible
hombre amarillo dije, huelga de jamón, primero la ducha, vivir dos segundos
hambrientos me dijo.
Afuera, en los parqueaderos, la lluvia había
lavado los autos desde la madrugada, es posible dije, puede que dure toda la
mañana. Vimos gente armada con sombrillas, gente uniformada que recibe a gente
en shorts. Los deportes de verano han sido reducidos a una mesa plástica, a dos
palmeras, a una hamaca y un set 6-6, vía Aerodigital. Café pensamos sin abrir
la boca, para mirar hamacas en la tevé. Mamíferos sueltos somos diría cualquier
hombre en pijamas, desatados los veo desde mi cancha, ellos meten sus narices,
comen deprisa con las cuatro patas. Perros, húmedos, desinflados, buscan qué
morder entre las sobras. Caninos desplazados en grupos. Tras de ellos, en un
parqueadero sucede un partido de fútbol sobre un suelo inmaculadamente
amarillo. A pesar del clima los fans alientan al equipo.
Él, que ahora
descansa con el cuerpo desnudo, sentado sobre un sofá negro, duerme o pretende
que así lo hace, aunque de vez en cuando suelta sonidos que quieren parecer un
ronquido. Ella, que continúa sobre la cama, disfruta de verlo acostado aunque
recuerda estar molesta y decide cambiar el lugar su mirada. Además con su mano
explora entre sus piernas como un hombre vertical que bucea con gafas. De no
ser por el sonido mínimo que sale de entre sus labios y los imposibles
ronquidos de él, ambos, ella y él, escucharían el rumor de bar que se filtra
por los pasillos de ese edificio lleno de espejos, gradas y peceras. Rumores de
gente masticando camarones, sorbiendo gaseosas, mezclando café y ron dentro de
pequeñas tazas blancas de porcelana con pequeñas cucharas doradas como las que
reposan sobre una bandeja con ruedas junto a una porción de sandía y un hueso
de aceituna que recorre el salón haciendo hic, hic. Escucharían la banda de
jazz, abundante en vientos, formación de Big Band, al jefe de meseros
despachando un universo de instrucciones, delegando gente para cada mesa, para
cada familia, a unos niños masticando su primer pulpo y a su padre intentando
recordar el nombre de aquella onomástica canción. También escucharían los naipes
de una partida estática de rumi si no fuera por el voltaje de un televisor dentro
de la garita del guardia que cuida a los pasantes. Ese ruido recuerda viajes
llenos de sal, pantanos, cuevas, fotografías, un hombre haciendo equilibrio,
unos labios quebrados por el fondo del mar. La televisión cubre esas imágenes y
en ese momento él decide dormir de verdad. Entonces para dormirse canta una
canción pasada de moda, ella, viéndolo del otro lado, lo invita a él a besarla,
antes le cubre el cuerpo con una toalla. Ambos en la sombra miran sus rostros,
tienen surcos en sus caras.
Pink Floyd se pega a las paredes y baja
luego por ellas derretido, como si su sonido fuera un montón de gelatina. Una
mano rosada y pecosa maneja la perilla levantando y callando de golpe los
aullidos prolongados durante la reproducción de Carefull with that axe. Frente
a nosotros Eugene y Pinky se toman de los brazos y de las piernas hasta estirarse
y alcanzar varios kilómetros de altura. Luego sus dos cuerpos que ahora forman
un árbol parecen doblarse en un espiral de raíces y luces fluorescentes hacia
el centro de la habitación, habitación que además se halla atravesada por ecos,
como remolinos o como tormentas, alrededor de aquella elevación, apoderándose
pienso, de lo que nos queda de espacio.
George, que ahora es un ave, toma con su
pico, sus labios han sido borrados, una zanahoria o un gusano naranja, de una
las paredes. Luego de una lucha, gusano-pico, George consigue apagar el fuego.
George canta junto a la escalera, canta o llora, hay ríos alrededor y corriendo
hacia arriba, ríos que me recuerdan que he olvidado como era eso de nadar. Doy
manotazos o brazadas desordenadas ya que el agua pretende pienso, quiere
tragarme de un solo bocado, observo aterrado que voy a ser un engullido, que
quepo perfecto dentro de aquella ballena que lleva tentáculos por dientes;
entonces repito el mantra, -godolan, godolan digo, mientras la ballena o el mar
o Eugene o los ecos, son harponeados por gatos mis amigos los caballos
amarillos. El extintor rueda por las escaleras, los gatos, caballos, en
silencio entran al departamento.
Pink Floyd sigue derritiéndose sobre o a las
paredes. Ahora pienso que Pink Floyd es un gusano anaranjado que convive bajo
las piedras junto a un millón de grillos.
La calle se transformó en avenida, la
avenida en río, el río en mar. El mar cortó por la mitad la autopista, sumergió
varias cadenas de casas, edificios, a las iglesias que como submarinos intentaban
salir lentamente a flote, mientras los fieles, quienes se encontraban dentro,
gritaban palabras minúsculas como cangrejos arrasados por la arena. Una segunda
ola cubrió el bosque de una espuma café dejándolo raso como un rostro recién
afeitado.
Los mayores discutían las razones de
un rescate por aire. Otros, la mayoría, preferían la seguridad que les daba
aquel refugio, entre ellos, el plan general era quedarse hasta la bajada del
agua. Nadie mencionaba el alimento ni la falta de líquidos, hasta cuando un
niño, que apenas si volvía a hablar dijo,
-tengo sed. Tampoco hablaron de la falta de equipos de comunicación
aunque Morice cargaba quizás el último celular.
Morice evitaba mirar a los demás. Da
igual se decía a sí mismo. Entre los sobrevivientes nadie sabía nombres,
tampoco entre ellos habían tenido lugar para presentarse. Cuando uno de los
hombres arengó a Morice, él que miraba fijamente por la ventana, tomó el
aparato celular y sin perderlo de vista extendió su brazo mientras una tercera
ola cubría por completo el refugio, a la colina. Se escucharon gritos y
maldiciones aunque todo era extremadamente confuso y el agua no tardó en llenar
y reventar aquella habitación.
Segundos antes de ahogarse cada
superviviente recordó su nombre para repetirlo y lo repitió, hubo quienes no
lograron poner su mente en blanco, ellos daban manotazos torpes, confusos y pesados
como sucede en los colectivos de las ciudades donde se necesitan esos medios. La
ola se los llevó a todos de manera gratuita ya que ni la ciudad, ni las
montañas, habían pedido la presencia de ese mar, de ese elemento en apariencia
tan lejano. Cuando el mar alcanzó el oriente, las selvas, ya los satélites
habían fotografiado la destrucción de casi la mitad del continente, una destrucción
incomparable, de hecho, más grande que aquel meteorito que destruyó a los
lagartos. Teoría para algunos, verdad física para otros, para quienes quedaron
a reparar la civilización. Varias familias convirtieron a Galápagos, lo
hicieron su sagrado santuario. Los estudios no han llegado a tales
profundidades pero se cree que volcanes como el Cotopaxi o el Itatiaya fueron
apagados para siempre, mientras en algunos países se inventaron nuevos
servicios de turismo, visitas guiadas a antiguas ciudades, a metrópolis
sumergidas como la antigua Ciudad de la Plata.
En el refugio, antes de esa segunda
ola, Morice miraba al mar, el mar era su enemigo pensaba.
Su
intención no era denunciar, sin embargo, Camilo decidió empezar una carta para
no olvidar los hechos tal como él empezaba a recordarlos.
Su enfermedad duró diez años. Los médicos,
locales y extranjeros habían recomendado reposo, cero azúcares y mucha, toda la
actividad física. Los primeros dos años se los dedicó a trabajar sobre su
memoria, los juegos iban dirigidos a relacionar palabras para lo cual usaban cartulinas
con figuras impresas y otras hechas a mano. A veces, Camilo confundía al tigre
con el mes de mayo. También Camilo recordaba ciertas ciudades con nombres como
Barcelona y Berlín y lo que dio pie a un descubrimiento. Pronto los doctores bebieron
sidra y festejaron el poderoso avance.
El plano afectivo también fue reparado, los
médicos recomendaron hacer terapia de equipo. El trabajo era en extremo
borroso, a pesar del buen ánimo Camilo no recordaba a ninguna de las personas
con las que se había fotografiado, sí, también era difícil que él mismo se
reconociera frente a su imagen. Sus padres le hablaron con paciencia de primos,
de viajes, de su perro Titán, todo parecía ser inútil a los ojos de aquel joven
en el cual empezaban a desconfiar. La madre de Camilo pensaba que su hijo jamás
volvería a ser el mismo. Camilo para esos días tenía 22 años.
En la casa de sus padres bien pudo haber
sido Camilo el único paciente de un imaginario hospital, y de sus jardines y del
campo por donde no había otra cosa por hacer que caminar. Camilo recorría las
propiedades vecinas entre saludos y apretones de manos, eso le llevaba toda la mañana.
También se encontraba con chicas jóvenes que le hacían preguntas que a Camilo
le resultaban graciosas. Hablaban del clima y de la posibilidad de lluvias. Más
tarde, en un nuevo encuentro, ellas hablaban otra vez del clima, ambos sonreían
aunque la lluvia había días que no llegaba.
Camilo recibía la visita de familiares y
amigos. Para Camilo era agradable recibir a esas personas que intentaban
hacerlo sentir bien en todo momento. Camilo casi no hablaba pero tampoco hacía
falta ya que los otros siempre contaban algo. Así se enteró de su accidente en
el bosque, junto a los eucaliptos le habían repetido. También que a los quince
años, él, había compuesto una canción para su novia. Camilo tomó la guitarra y
por un momento sintió ser parte de algo. También se preguntó si él, algún día,
volvería a tener la vida que intentaban devolverle.
Un día el doctor revisa a Camilo, yo lo veo
usar sus instrumentos y repetirle un estás muy bien muchacho. Según él, lo
encuentra fuerte a diferencia de su mente en la que parece no haber avances. El
doctor habla con Camilo pero él parece recordar algo. Qué es lo que ves pregunta
y Camilo responde que sabe como se llama aquel lugar pero no lo recuerda. La
casa, Camilo, el doctor y yo nos encontramos en San Juan de los Andes, a cinco
horas en auto de Santiago. Desde Santiago sale el doctor cada quince días para
visitar a su paciente. Anteriormente a Camilo lo visitaban tres y hasta siete doctores,
especialistas, neurólogos, psiquiatras, terapeutas del habla, psicólogos. También
miembros de la universidad. Luego hubo menos visitas y más procedimientos, eso
cuando se habló de la nueva técnica. Algunos viajaban en furgoneta. Dentro de
la furgoneta hubo de aquellos que no durmieron, su insomnio llegó a nuestros
oídos en San Juan. Un marzo del 2000, Camilo recibió un beso en la frente y
comió torta preparada en un horno de leña. –Bocagrande, -ya lo sé repite- Camilo,
-Bocagrande- escribe, guarda aquel papel en su pantalón.
En ese punto, una sombra de alegría cubrió su
rostro.
Para su siguiente encuentro, Carrera
planificó enseñarle el promontorio y las abejas. Le hablaría de apareamiento,
del mercado y de los minoristas que añaden azúcar al néctar. Ya en confianza
Carrera daría cifras. Si García se
portaba bien Carrera consideraría, luego de varios años, al fin haber hallado
un nuevo amigo.
Todo sucede una tarde con sol en la
bóveda de un febrero en 1983. Carrera quien domina una serie de negocios invita
a García con el fin de convertirlo en su cómplice y su socio, su consultor y
amigo de la familia. Tanto la empresarial como la sanguínea se dice antes de
abrir las puertas.
García llega, saluda, observa su reloj, hace
dos acciones o quizás una que la repite otra vez. Carrera pretende
comprenderlo, mientras sale con un whisky en las manos. Veinte años dice
Carrera con una sonrisa fotográfica. Carrera parece una adolescente, o más bien,
una jovencita enamorada de su profesor. Atentamente explica el proceso de
construcción de celdas, donde veas hay jalea real bromea Carrera mientras
intenta una explicación sobre la tragedia de ser una abeja obrero. García
sostiene a la abeja reina entre sus manos. Carrera habla como afilando las tildes,
como saboreando las comas, alargándolas. Carrera toma con propiedad al bicho,
sin hacerle daño y la coloca en el panal. García bebe su whisky, pregunta a
Carrera cuanto quiere.
-Para ella eres un panal, dice Carrera.
Carrera sin ser una reina de los manjares
pero con una actividad similar, organiza un banquete donde entre todos se rinde
un homenaje al nuevo miembro del clan.
García con el tiempo asiste a cada
reunión. Al velorio de los padres de Carrera, a las peleas de gallos, al fútbol
y a los lanzamientos de nuevos productos. Siempre como socio, desde hace días
como un hombre capaz de decidir por el grupo. Con el tiempo García es bien
visto entre los pequeños, al punto que entre sus hijos, y los de Carrera se forman
parejas y sociedades secundarias. Con el tiempo van llenando las escuelas,
aunque García nunca lo dijo en Carrera observaba algo que lo conmovía, un
pensamiento que le quitaba el piso.
Él
dejo de mirar el retrovisor. Los árboles avanzaron en fila, rápidos y
ordenados, como con prisa, como si prefirieran no perder tiempo. Sobre muchos
de esos árboles, quizás sobre la mayoría, descansaban nidos, vacíos,
abandonados, hogares de paja, de ramas y de raíces, perfectamente construidos,
invisibles al hombre, invisibles para ciertas aves.
Desde el auto es imposible mirar los
árboles. En realidad es imposible mirar cualquier cosa, pienso. El tacómetro marca
velocidades cercanas a las tres cifras, cercanas a los límites rojos. La
manecilla, al rodar del vehículo sube rápida, violentamente, como cuando un
auto es encendido. A través de los cristales, el bosque se sucede como en una
marcha grabada y reproducida a alta velocidad, los árboles, a través de las
transparencias y de los reflejos, incluso de las sombras, atraviesa como una
masa oscura, como una pared o como una serie de muros, una serie santa, un
conjunto de columnas o una tropa de éstas que sostienen un templo; las sombras,
el bosque, los muros y columnas elevados como bóvedas, como naves de una
catedral. Él, mira el bosque a través de las ventanas del jeep, el jeep cruza
como un ave, como si volara, como si las llantas fueran alas.
Para mí el templo, sus muros o sus sombras,
a cada metro se juntan como en un aplauso.
Él mira su cuerpo. Ella está de espaldas,
sostiene una camisa amarilla entre sus manos, en lo alto, como abriéndola, como
si del techo fuera a salir una mano, un garfio, un rostro para llevarse esa
prenda amarilla, para colocarla entre una puerta de hierro dorado y un
telescopio, como sí esa prenda fuera en lo alto un semáforo. Ella entra en la
prenda, ella llena las mangas, el cuerpo, las espaldas, el cuello, con sus
huesos, con sus brazos, ella detiene por varios segundos las manos en el aire
como si acabara de bajar de un globo, alargados como un clavo, como un
tornillo. Entonces veo que ella se enrosca, da un giro, dedica su perfil, sus
muslos, el volumen de sus dimensiones a él, que fotografía cada pliegue, cada
esquina, con una máquina instantánea imaginaria, una máquina feroz, que duplica
cada imagen, que guarda una copia y expone dentro de las paredes pegajosas con
forma de vientre las figuras que su retina graba y duplica y colecciona y
ordena y corrompe. Ella, que desciende, ella que aterriza los pies sobre la
baldosa, ella, como una pluma al fin levita ligera sobre el suelo, sin tomar
nada del aire, sin transformar la habitación, como si ella fuera el elemento
capaz de juntar y licuar y combinar, como si ella contuviera el principio, como
si de ella dependiera el movimiento. Él, al igual que ella y también estático,
calcula la distancia que entre ambos son horas, la pareja, como en un film, se
mira a través de dunas y mares antiguos de sol, un cráneo y una botella de
cristal resultan ser testigos. Ambos, como en blanco y negro y separados por
una legua, suben, toman su transporte, deciden verse pronto, bautizan y dan
muros a una ciudad.
Era posible, era en todo caso, cabía toda
posibilidad. Ahora veo a Alexa repasar mentalmente cada minuto de aquella
noche. Repasa como si se tratara de un examen: hora de entrada, tiempo
atmosférico, cortina musical: Multitudes; día de la semana, número de
accidentes, encuentro de miradas, tamaño de su muslo. Ella ha dispuesto la sala
de forma que se note cada detalle, la esmerada atención, el buen gusto, el
olfato para elegir combinaciones agradables, su pulso entre la medida química
del orden y el volumen exacto de lo sugerente. Veo su sala, amplia como un
galpón, con aviones sobrevolando los techos fabricados en vidrio,
transparentes, de una transparencia blanca, atravesados por el sol de las dos
de la tarde, cuatro horas antes del arribo, welcome tahúr, niño zombie, Stone Cold
Lazy; la fecha, el onomástico, el día D, -el aniversario piensa ella, de una
vida caminada por dos pares desesperados a través de una playa cubierta por
algas y elefantes, por elefantes que han vomitado algas, por algas y pisadas
pisadas por otras pisadas, conquistada por un sendero cubierto por otros
senderos de pisadas que unas veces van hacia el mar, otras veces salen del mar
y otras parecen volver a la arena, como si de la arena hubieran salido pero instantáneamente
hubieran decidido volver a ella, como arrepentidas, como si salir fuera de
repente una mala idea.
La playa, como en toda relación pienso,
esconde a un gigante, un gigante con cuerpo de cangrejo.
Sobre
el velador trabaja un reloj despertador con forma de manzana, pequeño, exacto
al tamaño de un corazón humano, o al de un puño cerrado. Dentro de la fruta
plástica hay manecillas doradas formadas sobre las quince horas. Sobre el
cristal del reloj, como en un espejo, puede verse reflejado el cuerpo de un
hombre, un ciudadano cubierto por una manta. El reflejo y el hombre dormido
parecen estar atravesados por el segundero, por una espada plateada y mecánica.
Yo lo llamo al conjunto el dispositivo de cuerda de aquel hombre que duerme.
Sobre el suelo evito los varios pares de calcetines,
la correa recogida como una cobra, la hebilla, que es como un artefacto
metálico compuesto por un cráneo humano, un cráneo con gafas, con dientes, de
cabellera desordenada, larga, detenida en un movimiento violento, como si
hubiera parado de golpe luego de un lapso muy breve de veloz movimiento. La
correa-cobra-cráneo con cabellera recogida y color de reptil, descansa o duerme
junto a un pantano poblado de zapatos. ¿Pantano o desierto pregunto? Zapatos
como dunas, zapatos como bosques, pantanos al borde de volverse desiertos. La
correa-reptil-cráneo recogida como una cobra tiene los dientes fuera, con las
esquinas afiladas y el pulso hinchándose en la garganta, con la lengua trabada,
adormecida, con el veneno en el filo, blanco, ella sedienta de epidermis,
cegada, colgada de una manta roja por accidente, a través de la mordida, una
sombra pálida de cráneo, dientes y algodón. La correa-cráneo-manta hipnotizada,
la veo intentar persuadirme, finge cercano peligro, en realidad está
adormecida, incapacitada, llena de veneno, mordida a sí misma por segunda vez,
con los colmillos atrancados entre sus pares de escamas superpuestas, tiene los
ojos en blanco, la cola enrollada, el cabello detenido en un movimiento involuntario,
la empujo, el metal cae al mármol, luce inofensiva, huérfana de piernas.
Escucho el parlante conquistado por Axel
Rose. La lista, el reproductor, el shuffle golpean el cristal, entonces la
lluvia, el volumen a diez mil.
Un juguete de dinosaurio mira desde el filo
de la ventana. También hay pantalones dentro del armario, viejos jeans, todos doblados,
firmes, bien pasarían por madera. Sobre la cama está el colchón, sobre el
colchón la huella de un cuerpo, un orificio, una superficie marcada por
cráteres, el dinosaurio mira, escucho ruidos, quizás cavernas.
La otra cama también está cubierta, pienso
en la otra cama como en el nuevo mundo, cojines, mantas, polares, ellos
formando una elevación coronada por camisas celestes, desordenadas, el cielo y
los glaciares me digo. La cama, las faldas, dos hermanas, entre ellas el hielo.
En el piso hay juguetes, colecciones
amarillas, artefactos desarmados, miniaturas, llevan uniformes de conquistas
romanas, hachas y trenzas de sabotajes bárbaros. Skeletor sobre Predator, hay
columnas que esperan el reciclaje, hay títulos, series o colecciones con las
páginas aún por estrenar. También hay balones desinflados, spaldings marcadas
por un canino, uniformes estampados, espaldas estampadas por el número nueve,
trofeos, un canasto lleno de remeras, o de goles. Adidas sudorosas, tazas
blancas de porcelana llenas de cuevas, bolsas, plástico en cada esquina,
envolturas invasoras enviadas por megamaxi por arcor, un universo amarillo y
ruidoso, su origen parecen ser los armarios. Hay animales llenos de algodón,
los veo sordos, ciegos, tocados por Boss y por Carolina. Animales vudú, que de
ser personas actuarían entre las cortinas, pero son solo miniaturas, mamíferos,
cuadrúpedos, juguetería privada.
En el centro estacionado un escritorio. Él
es una Metrópolis, sus torres son: diez fascículos del Ecuador de la nada a
la esquizofrenia, 2 ediciones de Fundamentos de marketing, una fotocopia
firmada de La vida de los hombres infames, un Diccionario Larousse de la
gramática. Ciudad impresa me digo, plumas, gomas, minas, hojas en blanco, hay
un carril zurcido, una máquina compuesta por un teclado, por una fila de
botones impresos con letras blancas, entre ellos un cable desenchufado, la
advertencia del por ciento de la carga, aviso, busco la toma de poder, conecto los
auriculares, falta la imagen una banda de pueblo, de la respectiva camareta ,
la respectiva explosión, el esperado estallido, un volador, hay una fecha borroneada,
la foto debería ser encuadrada, enmarcada, de pecho sobre la madera, sobre la
pared, entre los espiralados y las fotocopias.
Él no mira, por lo menos en mí no se fija.
Él lleva gafas, son gafas oscuras, de montura redonda, marco invisible, cuasi
Elton, cuasi Ozzy Osbourne. Él tiene el pelo recogido, trae hecha una cola,
atada ciertamente, con una cinta de bordes metálicos, lo sé no por mí, nunca
llevo el pelo largo, lo sé por un reflejo en la cinta, es el sol el que lo
delata. Afuera es mediodía. No importa el número o la fecha, yo estoy bien,
ambos estamos adentro me digo.
Él conversa y al hacerlo levanta la voz. Con
claridad lo escucho, lo escuchamos, en realidad sin querer, en realidad
queriendo, me entrometo, bebo de mi vaso, agua carbonatada, agua sin hielo,
cortesía de Vanesa. Vanesa me sonríe, Vanesa también hace alguna mueca.
–Tranquila digo, pero en realidad quiero decir Vanesa. Vanesa se retira, ella y
la mueca. Sigo sobre él, su calva, pienso que pronunciada es su calva, ocupa
toda la frente, una frente oscura, brillante, del tamaño de un muslo, un muslo
de frente. Él es joven, delgado, contextura de insecto, tiene cuerpo de
langosta, joroba, quizás estudia me digo. En su maleta carga teorías, la
universidad, Francia, quizás y mejor si a Parra, -quizás y el insecto es un
soldado de Allende me digo. -Allende dice él, Allende escuchan sus acompañantes,
es obvio, él y ellos estudian a Lima. -Cincomil repite y la cifra suena tan diminuta,
tan enclenque, que instantáneamente me digo me voz alta Andrés, hazte un favor
y desaparece.
Él no sabe que a mi pesar lo escucho, que lo
miro, que le invento una historia de cama, que lo elijo, que lo desvisto, que
lo colecciono.
La bestia conoce
todas las lenguas.
La bestia mide treinta minutos.
Dixer da vueltas, incluso en video el
cantante de The Televators se mueve, intenta ser un remolino. Tres temas
después, Dixer, y el público, y la lluvia coinciden en el mismo lugar. Omar también
está, él oprime pedales que logran derramar de los parlantes algas, tablas,
partes de lavabos, incluso tinas de baño. El recital se ha mercadeado con la
premisa de una fecha concebida para conquistar el mar. -Omar toca y tocar es
emerger de entre los abismos pienso. –Emerger, me digo, cubierto por algas,
como si los fondos ya no fueran el propósito, como si al abismo le fuera imposible
una existencia sin el mar. El público luce algo desinteresado. Al regresar la
mirada veo la playa. La playa, es nuestro estadio me digo.
Dixer habla de agujeros, para él los agujeros
viven dentro de otros agujeros. Dixer, pienso, es el agujero que contiene al propio
Dixer, un Dixer que no es más Dixer. Las palabras le regresan, eran palabras
pregunto, Dixer el purificador me digo, Dixer canta en castellano pregunto, veo
a Dixer en la boca de la bestia. La bestia tiene lengua pregunto de nuevo, veo
a Dixer como si maniobrara tras del volante, Goliath Reverse se desborda
entre estrofas que en realidad son cascadas, las palabras sobre los restos, las
rocas bajo los pies. Imagino los próximos titulares:
El hoyo del Rey.
Día 2: The Televators, The Coma, Acephalum,
The Gigs, Soundancers, The Fatrats, Foloumns, Television, Territorial Pissings,
Fo Hangar, Terrer, 1000 Deserts, Lafange, Carnflesh, Loused Soraya, Nerves, Via
di Toyas, Antigonas, Goldod, The Pardasbas, Falcon, Itch Gaf Vunden, Drugs of
lord, Canibals, Rectum, The Catetum, The Opposite, Verridas, Vi Fos, The Atler
Goes, Xi Men Adela, Calvos, Golgden, Nimas Foge, Suci Polution, Welwelchien,
Bin Aura, Isis, Flujo, Neoone, Lijai River, Huéspedes, The Flush, An d over,
Autoleaf, Liqen, Gramaticals, Bronce, A perfect circle, The Blur, Niddles,
Tropical Coca, Carnivallava, The Passangers, Society o malta, Toukkans, The
Marmol.
Lo
vi con violencia escribir su nombre:
R: Radiografía, Ricacao, Rocallosa, Rubalcaba
A: Atuntaqui, Aparatoso, Ágreda,
Amanecer
U: Ultimátum, Ultraísmo, Ukelele, Uriarte
L: Lápida, Loriga, Lautaro, Latacunga
Vi su especial trabajo sobre su
apellido, al que lo deformó, como último recurso, escribiéndolo en varias
posibilidades morfológicas:
Montesdeoca, Detescaomon ,
Mondesteoca, Monocatesde, Monotesdeca,
Tesdemonoca, Ocatesdemon, Cadeotesmon, Detoscoamen, Mentosodeca …
Cuando se hartó (llevaba escrito un
cuaderno de veinte hojas) intentó hablar con una chica, -no te puedo contestar-
dijo una voz. Él mordió un pedazo frio de pizza, sintió un sabor dulce y un
dolor en la costilla al mismo tiempo.
Él
bebió continuó con la gaseosa helada. Sintió un golpe como si le tirasen dos
dientes. Luego y ya bastante descompuesto se puso pálido. Una hora después ella
lo encontró derribado sobre la alfombra. Eran las diez. Él respiraba y también
pronunciaba palabras, parecía mantener un diálogo, quizás su interlocutor lo
mantuvo vivo. Él tenía el teléfono entre las manos.
La ciudad parecía un pueblo. Varios hacían
cola en una sala, otros golpeaban la puerta de un almacén.
Raúl
Montesdeoca dijo una mujer. -Detescaomon, Detescaomon decía él. El doctor
parecía tomar aire en con su estómago.
Dos horas después él recordó las
paredes y las comparó con las del apartamento. Ella apagó las luces antes de
cubrirlo, parecía que pronto llegaría el sueño. Raúl tomó la mano de ella, tu
mano es huesuda, dijo, a diferencia de la mía que parece ser un cofre, usa tu
llave dijo él. Las paredes del apartamento daban la ilusoria sensación de
misticismo católico, ella creyó que Raúl había enfermado por causas somáticas.
Pensó ella alquilar un mejor lugar, algo más luminoso se dijo. La mano de Raúl tomó
color. Ella también durmió.
Las puertas habían sido aseguradas desde adentro. Pude ver
que los pisos brillaban, lucen pulcros pensé. Al encender una luz tuve la idea
de estar en la mitad de un estadio, como si hubiera bombillas en el interior de
cada pared.
Ella y él se presentaron, recordaron sus nombres, pronto
supieron con quien trataban, lo que quedaba del día adquirió apariencias
familiares, como quien dice, valió la pena. Ambos llegaron a un acuerdo,
descansar dijeron sin rabietas. Él, encendió un televisor, hizo varias veces
zapping, surfeó de algún modo entre telenovelas en italiano, bajo una nube de
todo tipo de cigarrillos, mientras, en la habitación del frente, ella, que según
él, estaría haciendo alguna rutina de ejercicios o estirada sobre la alfombra
con las piernas recogidas, ancladas entre los brazos, con el cuello estirado,
la cabeza de cabeza, los techos en los pisos y los pies pataleando, los pies
como almohada, como pedales y como remos de una barca de porcelana, sobre un
mar de cabellos negros, de olas oscuras, como brazos de pulpo, o de pulpos, o
de pelusas, o de alfombras con formas de pulpos, o de mujeres convertidas en
espuma, en nubes, en lluvia, lavaba sus dientes antes de usar el hilo dental.
Al cambiar de canal él encuentra un documental que trata el
tema de la electricidad. En el filme se muestran casas construidas con paneles
transparentes donde cada habitación es por efectos de la luz estampada sobre la
siguiente y donde es imposible diferenciar un fondo, pues el conjunto de
paneles parecen formar peceras dentro de otras peceras. Los peces, quienes
sirven como guías de sus propios mares, decoran de algún modo esos fondos, le
agregan rostros, lo convierten, lo maquillan, no hay lugar para maniquíes dice
el conductor. Pronto una mujer entra a una de las duchas y entonces el
documental adquiere otro tono, abre paso a los testimonios, el diálogo se
vuelve elemental, de repente todos ríen, parecen tener mucho que decir. Pronto
él cae dormido, no mira los dildos, ni el vello púbico, ni las pompas de jabón,
el agua corre por la tubería densa, amarilla.
Para él fueron
cuatrocientos años, los he contado se dijo con ambas manos. Los recapitulaba
usando los dedos de los pies, las pestañas, llegaba a contar hasta imaginar una
cifra entera, un número natural, un cifra que sonara tántrica, entonces
operaba, resolvía cada siglo contando sus guerras, no a través de la pólvora,
inventando nombres, familias, espadas, encargaba, como se encarga al servicio
de correo un calendario de eventos, una bitácora, la radiografía que él intuía,
era la de un tiempo desconocido, empolvado, la historia que retenía, como en
una moneda los hechos, los actores que borrados, o convertidos en polvo, habían
escapado a la pluma de los hombres, al martillo, al fuego, a la cuerda
imaginaba para sí misma y para la futura generación. Un bosque, una extensión
cubierta de árboles, bañada por lagos, un páramo que él sacaba de los bolsillos,
que se escurría por la nariz, como sudor, un ave de tierra, un dialecto
desconocido, un cuchillo, una mirada incómoda, una cruz de madera, fe, infamia,
vísceras.
Miró con el rabo, desde la
esquina, media nariz a la izquierda, apretado, dentro de los bolsillos, dando
pasos sobre una cuerda, con la gravedad de cabeza, uniformado, sentado sobre
granadas, y granadillas y un cepillo dental, un enjuague bucal, y un hilo
dental, con los dedos en los surcos, dentro de un castillo, en el salón real,
hecho ceviche, acompañado del pana pecho e chifle, mitad Kafka, mitad niño
terror, dividido, mitad denominador, mitad para armar una mitad, brillante,
cubierto de algas, recostado bajo una lámina con la piel pelada, con las manos
dentro de guantes, empujado, sin resistencia, de una vez hasta la próxima tal
vez, de lado, también inclinado, como un garabato, en curva, firme, cruzado el
amarillo, domando el ocaso, bajo candados, a tres mandíbulas de fuerza,
disfrazado de sniper, sin aire, automático, con ojos como huevas, parques,
pantanosos, a media luz, a mitad de camino entre un nudo de corbata y el último
sol de la tarde, sol reventado reloj de las sombras.
Enciendo la luz en aquella
habitación. Nadie me lo ha advertido. La luz blanca, como multiplicada, produce
segundos intermitentes de ceguera; desenfoca, cubre, oculta como un páramo
dentro de una habitación. Busco una silla, al igual que el escritorio, tengo
los pies clavados en el suelo. Caigo hacia adelante, obviamente perderé los
sentidos, me he quedado sin peso, de no ser por estos clavos mi cuerpo, -su
envase pienso- flotaría, chocaría con
las paredes blancas, casi infantiles de la construcción. Entonces cierro la
puerta, una última burbuja de oxígeno revienta, infla el espacio, busca un
lugar, una parte como si dentro no fuéramos suficientes la mesa, la silla, mi
cuerpo. Mi cuerpo se endereza, recibe por la espalda una patada, tan lenta es
la fuerza que en cámara lenta, -lo que dilata el recuerdo-, arranca mis pies
del suelo. El cuerpo, como un sorbete de goma se estira, se prolonga rebotando
en esas paredes de búnker, toma la forma de las esquinas, de los bordes, como
una plastilina, débil, amelcochada, deforme, cruda, exhalando paladares,
rebotando lentamente, perdiendo el rostro, multiplicando gestos que primero fueron
muecas, sonrisas largas y derretidas con ojos en vez de dientes, dientes que no
parpadean, redondos como anos, húmedos, viscosos, pálidos. Ella abre la puerta,
entra su rostro, cree que algo así no puede ser cierto, hasta decidirse a pasar
le toma segundos convertirse también en plastilina, sus partículas flotan en
todas las direcciones, se disparan como un fuego pirotécnico, un fuego que hace
paff!, menos como un festejo más como un pedo, un paff! sonoro, gordo como
chorizo, grave, negado a los ecos, destinado al colon, a reventar dentro de los
intestinos; entonces ella, más bien lo que era ella, cubre las paredes antes
pulcras, antes de estudio, ella, y la pared empiezan una nueva existencia, ella
como pirotecnia, la otra como escenario, ambas una función, una fecha, lo que
se ha dado en llamar un aniversario.
He llenado el volumen
de líquidos. La madera contiene mi peso, lo distribuye, veo los huesos
fraccionados en partes equivalentes, sin proyección, sin ampliación, observo
los circuitos, las placas, los puntos de suelda que sostienen a los órganos
sobre este árbol de navidad que llevo para que me sostenga desde dentro. Sobre
la calle cae una tormenta de sol, los autos estacionados brillan hasta
derretirse con las capotas levantadas mientras alrededor recorren en fila los
pregones repasados para estas fechas, mi uniforme luce su mejor momento, los
ojos se voltean al contacto con los botones, he dedicado la mitad del tiempo
programado para el descanso, tiempo en que las imágenes se vuelven radiografías
en tiempo real, para abrillantar y zurcir con la paciencia de un cirujano, con
antorchas como ojos poblando el centro exacto de un satélite, de cabeza sobre los
accesorios, mira que el sol ha vuelto a dar un giro mientras los parabrisas en
las calles, en los ventanales, en las ventanas de los buses, como en una
pasarela contienen mis partes, las hebillas, las diademas, y otros metales con
los que he decorado el perfil, su hambre y su historia. Cruzo como con un nudo en
los pies, la tormenta radioactiva despierta la pesadilla de los eclipses.
Exhalo, me obligo a toser para devolver la risa al espíritu, una mesa metálica
se extiende como un transformer, es mejor no apretar ningún botón me digo, entonces
convierto a las rodillas en gatillos y los pies despiden pólvora, imprimo la
puntería sobre varios carteles con fuentes rojas, lamo los labios y los acomodo
cerca del freezer, la compuerta del estómago, una tormenta de frescuras me da
vueltas hasta llevarme hacia otra tormenta, recobro el aliento a través de mi
propias encías, intoxicado escucho mis carnes hincharse.
Por costumbre miro el
reloj, elaboro un plan maestro, entiendo los ángulos de aquel espacio, un tren
perfora las mansiones de aquella villa, sobre una piedra se preparan los
alimentos de un volcán, derretido me agarro de unas raíces, cavo con el pulso y
el un muñón.
Me alimento de un balde plástico que lleva las etiquetas
pvp y pyka cubiertas por el ruidos de las vísceras, es un balde alto, llega a
topar la altura de mis rodillas, como en festividades está surtido, menudo, lo
he llenado desde la mañana, no ha sido sencillo, para ambientar el día he
programado el discmanva que repita las 17 canciones del único disco que ha
sobrevivido a las calles, es un disco que lleva serigrafiado en alto relieve
una mándibula, unos dientes, y dos micrófonos, es conveniente y hasta
recomendable no dar títulos, es mejor y hasta terapéutico investigar por todos
los medios cuál de todos los títulos contenidos en los bancos ilegales es aquel
que corresponde con la descripción. De esa manera, improvisada, más bien,
dibujando con los ojos cerrados he traspasado las calles culebreras del día,
más en forma de sombra, retrocediendo, rebobinando y hablando tras varios hilos
de voz, como lo haría un profesional, aplicando técnicas avanzadas, manipulando
el parietal de un uniformado, soltando más de la cuenta, observando a través de
las olas un espiral, la lucha con golpes de cola, cortos pero rápidos aleteos,
fotogramas de labios rasgados, ha sido, es una astucia, el aceptar aquella
sugerencia, no ha costado un centavo, más bien, he aprendido a reciclar,
alambre siempre hay me digo, ha sido cosa de preguntar, dar dos vueltas,
apretar el alicate, dentro, al fondo, bajo esa corriente las vueltas no
liberan, ha sido habilidad, ahora fabrico con los ojos oscuros, en la profunda
cortina observo el procedimiento, las imágenes son las de estas manos hábiles y
entrenadas, su fortaleza es la de un Samurai, de cabeza sobre una porcelana él compone
un origami que respira, bajo todas esas toneladas la boca vuelve a rasgarse, la
superficie tiñe, la calle filtra los fondos, levanto la caña, espectacularmente
divido con el nylon, un arco se evapora y desintegra, abro la boca, de pie
junto al balde, rasgo las encías, divido la sombra del paladar, arranco el
anzuelo, ese anillo entrenado a través de la carne, la calle tiembla, la cola
se agita, el movimiento es propio de un pez adulto que aletea y viaja en el
estómago del cardúmen, el disco salta, caemos en cuenta de nuestra posición
convexa, la cortina cubre mis manos, asisto a su obra chinesca, mi ojo pestañea
dentro del balde, el ojo de oro atraviesa las cejas, busco un rincón, conquisto
el centro exacto del pez, aquel hígado surte de defensas, ha sido calificado
por sus hermanos, levanto los brazos, me invento un rito a base de mantras, me
apodero, soy el rey bautista de los ruidos, entonces parto aquel ojo de oro,
recuerdo varios brazos levantados, asisto al ocaso del último sol, entramos,
sin empujones, respiro el contenido, la tarde quema.
Asalto y robo al tren
me digo. Sobre las líneas imagino colocar monedas que serán planchadas, rostros
o perfiles sin textura, también son habitantes de estos bolsillos juguetes
redondos frágiles pero más veloces que una rueda de vapor. Coloco el oído,
escucho los latidos de aquella falsa superficie, estiro y prolongo las antenas,
soy un ave me digo, mis ojos perforan la montaña, mi cuerpo es alargado, se
cubre de arena, quiero creer que también soy un saltamontes. Los rumores acarician
a las hojas quienes parecen juntarse para responder en coro. Un brazo espartano
oculta al Cayambe, es posible que tras su movimiento los volcanes, lo valles,
se encuentren nuevamente recostados sobre las ruinas de una ciudad convertida
en colchón, un colchón superado por los cuerpos, poblado de madrigueras,
envuelto en sí como un capullo.
Exhalo. El aliento se
hace visible, una nube negra se aproxima de entre los cipreses. Ajusto las
monedas sobre la riel, al igual que sentado tras el panel de mando, escojo no
escuchar, elimino las vibraciones, la membrana se estira al máximo, resulta en
coordenadas, en una serie geométrica de triángulos que al chocar producen más
triángulos. He abandonado el mundo a través de los sentidos me digo, correcto
sería señalar que por curiosidad he optado vestirme de astronauta, naufragar
pienso, a través del rumor que rebota dentro de mi propio casco. Una nube
cercana al smog empaña el cristal. Mi rostro la absorbe como un pañuelo.
El convoy camina
sobre el puente. Veo que mi risa vibra como las alas de la mosca. Los juguetes
víctimas de la gravedad me miran, busco un gesto, corro el telón. Un telón
blanco y horizontal. La atmósfera silva, exige, suplica como Grasse los huesos
de Grenouille. Abajo la nieve cubre todo rastro del incendio.
Los ojos palidecen, se rellenan, visten más bien,
parpadear es una necesidad me digo, la pupila entra a la lente, obscenamente
succiona el perímetro, el decorado, los espejos los multiplican, una tormenta
rebota entre los botones, sobre las hebillas, a mano alzada y con la más baja
intensidad va inflamándose el pellejo, es un ascensor alicatado me digo sobre
miles de brazos ajustados , sugeridos apenas por la mecánica y el trueno dentro
de aquel círculo negro y dilatado que, bajo el dominio del pulso, absorve como
un enema el cuerpo que hace de sanduche entre ese juego de espejos donde el
techo bien puede ser el suelo.
He
visitado lugares que no pueden verse aún, de Saint-Exupéry me ha dejado
pilotear una de sus cuatro naves, juntos hemos cubierto en varias décadas la
geografía de un continente sospechoso, los bordes y los confines de mi propia
historia. Aquí no hay nada nuevo, las huellas son impares, los rostros lucen
rejuvenecidos, hay mamíferos jugando a ser mascotas, tantos como árboles, como
marcas de caramelos, parados sobre sus dos patas, cruzando como cometas el
cielo, respirando con los labios tras de un cristal, ¿labios o boca? mirando,
perforando, buscando oro a fuerza de miau, de croac, de beee, oro que no
existe, piedras a las que tengo que inventar. Con sus juegos alcanzo un abismo
que transforma mi piel en gelatina. De estas y otras sombras está formado el
mapa, lo recorro con un dado en la mano, un dado que marca siempre de manera
previsible, nada se pierde retirándose, es posible, tras la sensación del
juego, detenerse en medio de aquel tablero y sentir la gravedad a litros, la
posibilidad de dar un paso en Roma sin moverse nunca de Roma. Bajo los pies o
sobre el avatar, o como anillo en su cintura, exactamente conteniendo la
atmósfera de polo a polo, un asterisco de flechas señala en dirección a todos
los caminos.
Decir todos quizás sea exagerado, quizás lo más apropiado
sea decir nosotros. Decir con mayúsculas y sin miedo: Nosotros estamos mal.
Recuerdo, sueño, y, esa, la parte dolorosa, complicada por nudos, es, sin que
yo me lo proponga la que me despierta, con sus engranajes oxidados, bañando de
sudor el pecho, llenando la garganta de flemas, invadiéndome con nombres
próximos, familiares, lobotomisándome con imágenes recurrentes, atroces,
alcanzado por esquirlas, por vísceras, intestinos que en sueños veo colgar de
cuerpos mutilados, cuerpos armados con partes agrícolas: a veces un rastrillo
por mano, una mochila de fumigar por estómago, cuerpos remendados, alejados o
doblemente cercanos al fuego, blindados, inmunes, cuerpos que se reciclan, que
ya no comen sobre mesas, que no miran con dos ojos, ni tampoco olvidan, más
bien, presencian el mismo sueño cada día, bajo la luz del sol que suele salir a
través de la luna, sueñan estar viviendo despiertos, sueñan sin haber dormido,
con la misma ropa de un dibujo animado, con la mirada oblicua, con los
ojos y sobre todo las pupilas trasplantadas de una vaca. Amanita muu.
Él tiene el brazo extendido, la mano, el gesto, la orden.
Adentro, montado sobre un columpio, las direcciones hechas de hormigón cruzan
entre grullas de pie sobre superficies y plataformas, es el asfalto el que se
mueve, el traslado es horizontal, un tetris pienso bajo la mirada de un par de
gárgolas. Cuando intento la fotográfica ellas han despegado. Sobra el texto, la
memoria vive en cavernas, tú eres un hijo del oro dice aquel hombre, vestido de
camisa azul y pantalones floreados con aquella cadena que forma una V, el clima
lo nublará todo repite mientras su cigarrillo inunda la ventanilla y me impide
revisar los clasificados entre los que destacan dibujos de Peyo, debe ser acá
digo al llegar hasta aquel letrero con las iniciales S.A.V. Andrés cuelga de un
gancho sobre una fila de revistas de la quincena anterior, la dirección
coincide con los números de tinta y pulpa. Andrés tiene en los ojos dos
semillas, una anciana cruza el cristal además usa el diario de la tarde como rodapiés.
Él suelta los ganchos, puedo verlo leer la primera novela de Karen Beats, el
horrendo cuadro que ella no ha elegido, lee mis hazañas, no usa la corneta
porque empieza a subir el medio día. Un anciano cruza un semáforo, entonces
Andrés parece volverse vapor.
La anciana prepara el ascensor, tengo un pie sobre la
escalera, un hombre levanta su sombrero, levanta su frente, de ser un pistolero
me habría volado, tiene un dedo en el gatillo, hay un ojo tuerto tras otro volante
que traslada un columpio con dos asiáticos a los que se les ha ponchado la
motocicleta, preparo las rodillas, demuelo gestos, dientes montados, es él, la
cabina amarilla-un tatuaje de la mano cordoveza el que me sugiere continuar.
Bajo los números una línea oblicua y horizontal parece juntar las habitaciones.
Termino la escalera, tras un cristal, yo mismo en aquella habitación soy
transparente, evito el sodio, las recargas y posibles taxes, yo mismo pronto
estaré lleno y visitado como un hotel.