27/10/10

A la radio, como todas las noches, la dejé encendida. En esa habitación me sentí diminuto, como si de golpe, mis brazos y mis piernas se ahogaran entre montañas y mares de almohadas y colchón, como si la radio aspirara las paredes o como si un hombre enorme inflamara las paredes de una casa que no era más la familiar, como si de golpe el nuevo dueño se apoderara de ella y de todos los que aún vivíamos bajo esos techos.
La radio reproducía canciones en inglés, viejas que como manchas jamás fueron borradas de la memoria o de lo poco que quedaba de ella. Como
A mí la verdad no me interesa nada de la vida y no miento ni intento ser interesante del tipo, soy distinto, a mí lo que me interesa ya me ha llegado y por consiguiente puedo decir yo ya he vivido.
El que siga contestando sus cartas responde a un cierto estado que me produce el saber alguna intimidad de ustedes. El que me tome mi tiempo para leer su correspondencia no es otra cosa que una respuesta al conocido placer de fisgonear. Meto la cabeza donde no me han llamado cual rata pequeña que cabe perfecta en la palma de una mano. Sin ninguna culpa puede contarles lo mucho que me he reído cada vez que alguien pronuncia mi nombre sin la debida seguridad del caso o lo que es más común todavía, cuando alguien usa alguno de mis diminutivos. Yo no elegí como llamarme y como muchos jamás he elegido, como mucho he levantado una mano
La bala tardó cinco segundos en llegar a su frente. Como en un comic las imágenes se fueron sucediendo una encima de otra, primero la detonación, apuradas, pacíficas y explosivas, rojas en cualquiera de los casos y es que al mirar a la muerte cercana, vestida de venganza,

Desde el asiento de atrás observó con cuidado a su tío Marcelo. Con cuidado casi sin respirar, al igual que unos minutos atrás cuando su tío sin apagar el cigarro entró en ese edificio lleno de estatuas, donde varias personas intentaban conversar haciendo preguntas con las cámaras adelante mientras el chico apuraba el paso y los hombres con micrófonos y vestidos con trajes negros lanzaban frases que nadie contestaba como en una red que intentaba atrapar la atención de aquel hombre que visto desde ese lugar podía pasar por una estatua de piedra de acero. Desde el asiento de atrás el niño estudiaba a su tío y comprendía que

El hombre cubrió con su sombrero el rostro, mientras con la mano libre empujaba a las cámaras que se interponían a su paso. La preguntas venían de todos lados

El temía, más que a la sentencia, a los periodistas. Imaginaba cada una de las preguntas a las que se enfrentaría y él, sin rencor y con profundo orgullo contestaría que fueron 30, sin contar claro con las bolivianas, que esas eran parte de otra lista.

No puede ser tan difícil pensé, posó para algunas fotos, contesto algunas de sus preguntas, lanzó frases sueltas como dardos cargadas de acusaciones que auqnue fueran falsas explotaran como ácido

No puede ser tan difícil pensé y ese pensamiento me acompañó durante los siete meses que duró el juicio. Es cierto que todas las noches observaba con nitidez su rostro y también es cierto que era imposible que como si estuviera acostado junto a mí, en esa cama de 1 plaza,

No me atraparan

Las duchas de las niñas estaban separadas de las de los niños. Un dibujo clavado en una pared de baldosas blancas lo indicaba a través de dos flechas que también eran blancas.

De la pared colgaba el cartel que diferenciaba la ducha de niñas de la ducha de niños. Mi sueño era estar en la ducha de niñas

Por unos pequeños parlantes salía la voz de Gilmour y en ese lugar de baldosas blancas, la música, que nadie había puesto rebotaba como una pelota de ping pong. Dentro de la piscina los niños hacían piruetas, algunas en extremo difíciles como caminar con las manos en vez de hacerlo con los pies, maniobras que por otro lado eran permitidas y además aplaudidas, los padres de esos niños además de los vasos de limonada que sostenían en sus manos utilizaban cámaras y otros artefactos para detener, en uno de esos álbunes que reposan empolvados en las mesas de algunos hogares, las instantáneas de cuando alguna vez tuvieron hijos. Además de los padres, un hombre de pantaloncillo azul ocupaba su tiempo en dar órdenes e indicaciones que muchos de los niños a veces ejecutaban, como salir de la piscina y esperar al sonido de su silbato para entrar. A pesar de ser solo un curso para niños el hombrecillo de azul se tomaba tan a pecho su trabajo, como cuando trabajaba de instructor en el ejército nacional enseñando a sus alumnos las técnicas preferidas para ejecutar maniobras de buceo. Los niños que nada tenían de militares observaban a las niñas que aunque en menor cantidad asistían

25/10/10

The lost art of keeping a secret

Ella decía amarme, mientras, me daba las espaldas y volvía a su trabajo o a sus tareas de compositora. Sin embargo, a qué venía el que ella me declarase su incondicionalidad? No recuerdo haber conversado de temas tan trascendentales, más bien tengo grabadas palabras como inútil, lávate los dientes! o ve a comer algo! bueno, más que palabras frases enteras, más que frases órdenes directas que de haber sido golpes me habrían dejado boca abajo con la cara partida y miles de dientes corriendo alrededor de la alfombra como niños en un parque o como conejos decapitados. Al reordenar mis ideas la encontré de espaldas retocando unas fotografías, -esa es la última imagen que poseo de ella- momento en que aproveché para levantarme y dejando el edificio dejarla mientras ella pronunciaba palabras sueltas y el ipod reproducía Washer; canción de la banda Slint que como sacada de una banda sonora acompañaría mi huida y mis posteriores abandonos.

Ya en la calle encendí un cigarro, miré el horizonte y escuché el sonido de cada uno de mis pasos. Habían pasado casi tres años desde la última vez que caminaba sola, así con una mochila a mis espaldas y sin el compromiso de tener que parecer interesada o amarrada a algo. Fue extraño, en cada cuadra había un hombre que me obsequiaba flores. A mí las flores me gustan, es más, hoy he decidido, tener una casa con jardín.

24/10/10

La imaginación de las sombras

Sentado bajo aquel manzano, la figura de un mundo distinto -donde me tocase un pedazo de la pequeña torta que hace rato se habían partido- era más que un deseo, una verdadera posibilidad. De no haber creído firmemente en un orden superior, las tardes en que esperaba a que ella cruzase frente a mí, las hubiera aprovechado estudiando las materias que aún desconocía con la sapiencia de mis amigos y de aquellas personas que -a pesar de no ver- me consideraban un personaje digno de alguna confidencia. Incluso, esas tardes en que esperaba que ella cruzara frente a mí, las pude haber gastado en aprender a tocar un instrumento, ya que la música -y todos sus productos- lograron con el tiempo salvar irrecuperables vidas. Sin embargo, todos los esfuerzos fueron inútiles. Cada día creía con mayor seguridad que mi lugar en el mundo ya no era ese bosque, después de todo en él había nacido y por un efecto de proximidad éste me pertenecía o por lo menos tampoco intentaba desalojarme. Con ese bicho de la exploración, intenté comprender cuales eran los beneficios de ser un producto de los dioses o por el contrario convertirme en hombre y por extensión en mi propio dios. Aquella mañana, dejé para siempre el paraíso, mientras, Eva con una costilla, hacía parar un autobus.
El cuerpo había crecido. Quien antes era un punto, pequeño, lejano e insignificante, ahora ocupaba varios asientos, manejaba, con su cuerpo adentro un trailer y comía sopas con palas y en barriles de combustible

20/10/10

Boom

El año: ¿era 1971, o 1984?; revisé el calendario, quizás al aterrizar tomaron mis documentos, quizás sea mejor el procurar parecer adelantados, como en una canción, vivir sin fechas y sin planes, invisibles, como tiburones domésticos; 1974, creeré en un día, mejor, crearé un onomástico, creeré que soy un empleado, que trabajo en una feria ambulante, que ya no soy invisible, que manejo un lotus, que salgo en la tele, que me he vuelto heredero, que viajo en el asiento del medio. Sí, que escucho caribe, que veni, vini, vici.

Dentro del taxi él, adelante yo; dentro del taxi el chofer. Dentro parecer molesto. Dentro lejanos, hartos como en una película de bandidos.

El taxi avanza. La ciudad, deforme masa gris. Hay calles de un solo sentido. Cops no cops, bares cada dos casas.

La dirección. El taxista exige pago. Él saca arma. Yo aparento. CrasH, PaW. 14h00. Su primera vez. DoW, sangre, mano, posible desmayo. Él no suele reír, su sonrisa es la de un chacal.

19/10/10

La playa

Las uñas golpeaban su rostro. Letargo. Esquirlas. Bunker de músculos, puerta bloqueada, desayuno!, posible hombre amarillo, huelga de jamón, tomar ducha, vivir hambrientos.

Afuera, en los parqueaderos, la lluvia lava los autos desde la madrugada, es posible que llueva incluso la mañana. Gente armada con sombrillas, gente uniformada que recibe a gente en shorts. Los deportes de verano reducidos a una mesa plástica, a dos palmeras, una hamaca y un set 6-6, vía aero digital. Café, para mirar hamacas en la teve. Mamíferos sueltos, desatados, metiendo sus narices y sus patas. Perros, húmedos, desinflados, metiendo sus patas, buscando entre las sobras. Perros desplazados en grupos. En un parqueadero un partido improvisado. A pesar de la lluvia hay grupos que se dedican a alentar a sus equipos.

Él, que ahora descansa con el cuerpo desnudo, sentado sobre un sofá negro, duerme o pretende que así lo hace, aunque de vez en cuando, él suelta sonidos parecidos a un ronquido. Ella, que continúa sobre la cama, disfruta de verlo acostado aunque recuerda estar molesta y cambia de lugar su mirada. Con su mano explora entre sus piernas e imagina que bucea con gafas, con un tubo esnorkel. De no ser por el sonido que sale mínimamente de entre sus labios, y los imposibles ronquidos de él, ambos escucharían el rumor de bar que se filtra por los pasillos de ese hotel. Gente masticando camarones, sorbiendo gaseosas, mezclando café y leche dentro de pequeñas tazas blancas de porcelana, con pequeñas cucharas doradas como las que reposan sobre una bandeja con ruedas junto a un pedazo de sandía y un hueso de aceituna. Escucharían a una banda de jazz, abundante como es el jazz de salón, al jefe de meseros dando todas las pautas, delegando la atención de cada mesa, de cada familia, a unos niños masticando su primer pulpo y a su padre recordando el nombre de aquella canción, . También se escucharían los naipes de una partida imposible si no fuera por la estática de un televisor que nadie ha decidido arreglar. Ese ruido recuerda viajes llenos de sal, islas, pantanos, cuevas, fotografías, a un hombre haciendo equilibrio, unos labios quebrados por el mar.
La televisión lo despierta a él y en ese momento él decide dormir de verdad. Entonces para dormirse comienza a cantar una canción pasada de moda, ella que detesta esa canción por decir algo, lo invita a él a callar.