26/8/14

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Luleeed en el hombro sin decir ya regreso

Luego estuvimos colgados del marlboro durante varios minutos aunque el sol seguía de pie o bajando, y la ciudad crecía en todas direcciones, marcha de la mancha. Para no volver, aspiré el humo como en una gran bocanada hasta que cada partícula se apoderó y llenó los huesos y algo de los pies. Los huesos salieron de a uno y en orden y en silencio de mi cuerpo; yo miraba cómo la llama consumía al tabaco y miraba los huesos que aún tenían ojos, así como una o dos mandíbulas que se dirigían, iban en busca de tomar asunto y salían por la nariz, también hacían eso de dirigir a otros huesos en su salida por el ano, entonces o también los vi reptar por debajo del pantalón, y mis compañeros de taller pensaron que la presión se me había caído y luego buscaron en sus maletas y colocaron kaumales en mi boca. Yo me sentía un poco mareado pero no sentí lo que los demás hacían, eso de llenar mi boca, o lo veía todo en brumas y luego dije ahora vuelvo, y tomé los escalones y no recuerdo qué sucedió. Luego alguien llevaba mi ropa, en realidad era que la piel parecía y al tacto resultaba como una pila de ropa por lavar, alguien murmuraba cerca, y también algo u otro tallerista se había adherido a mi hombro y quizás fuera quien me dirigió y a quien tenía junto pues nos encontrábamos en el suelo, escuchábamos la respiración. Pero también al ponerme de pie, sin huesos, observé que MB, como alguien desconocido, caminaba a dos o tres pasos de la pila en pie. Me pareció extraño, porque no había llegado a la planta baja precisamente caminando, y ya estaba a unos metros de un montón de trapos y no a unos metros de mí, o entre ambos, o en ambos lados al mismo tiempo. Luego noté que estaba en el museo gregorio y al mirar el esqueleto de Luleeed sentí que debía darle vida, y además no perdía nada ya que para entonces yo era un montículo de pellejos y con él podía conocer la vida al límite y salvaje y tendría a alguien para inflar la vena.
De repente sentí algo similar a la furia y al mismo tiempo debía detener con las manos mi cabeza, que parecía algo inflamada, como si intentara dejar el cuerpo, y era quizás por un gas que la hacía hincharse, una cosa menos densa que el oxígeno, pues, al tiempo que daba un paso también parecía dejar el suelo, y otros esqueletos nos miraban y unas joyas doradas y también unos estómagos de barro, o de piedra pómez, algo de la cultura norayupanqui, eso decían los carteles, y era la cera que descansaba sobre el pedestal.

Bueno, ese esqueleto (¡de cera!) me sirvió para dejar de arrastrarme y para dar unos pasos extraños; cada paso acompañado de una especie de levitación. Lo bueno es que nadie cuidaba la puerta, ya de lejos resultó ser “ese pequeño museo” y donde también las estatuas de cera de hombres pequeños estaban cubiertas por ponchos bien oscuros, hechos con totora y lana curtida, se veían pesados y casi mitológicos.
Sus manos eran enormes, y cuando estuvimos frente al otro ambos las estiramos, y el encuentro terminó en un fuerte apretón y al mismo tiempo como si acabara de empezar. 

Al hablar dijo algo del galpón, y yo en realidad no quería ir para allá, pero luego entendí que Luleeed tenía planes pues mis pies seguían dando pasos a pesar de que yo tenía la cabeza debajo de un muro y pegada a la columna que acababa de observarnos y allí esperaba seguir. También dijo québueno, igualnomeinteresa y yo seguía dando pasos y quise tirar a Luleed y luego caminaba y me di cuenta que Luleeed sobre mis hombros nos daba la apariencia de un hombre mecánico, y también en las fotos lucíamos como dos personas independientes o individuales, dos porque Luleeed tiene amigos o colegas que parecen momias o un mamífero de lazonabajadepaute y yo puedo encontrar pellejos y luego hacer cosas, y luego nos llamamos por teléfono y eso de preguntar por el clima y por la mejor hora para salir hacia laFAE, y luego sentí cosas raras, no teníamos sombra, eso a pesar de que caminábamos encima del otro: una sombra larga, como la de una jirafa o la de un poste de teléfonos en medio de una pileta, nada, y eso que el sol quemaba y las nubes eran casi una piedra roja y dos talleristas o dos mamíferos decuaque o dos salvajes camino al salvaje galpón en busca de algo que no sabíamos ni habíamos visto llegar avanzaban uno encima del otro. Metro noventa.
Esperaba que dijera algo como qué haces sobre mis hombros o cómo estás de arenoso. Polen dije, o pensé, pero luego ya preguntaba o hablaba sobre el clima y las habitaciones, y eso de si ya me había llegado “eso” que todos decían, eso acerca de no tener en qué mierda pensar teniendo todo el cartón. Respondí algo y luego no sé si Luleeed y yo caímos, Luleeed sonreía mientras apretaba algo contra su cuello, su quijada, los hombros derretidos; y miraba el filo de algo, o el borde de un muro, no lo sé, no estoy seguro, por eso digo que en ese momento quizás estaba junto, tendido junto a sus pies, al caer de mis hombros, y miraba quizás el filo de la acera o las líneas amarillas y blancas pintadas sobre el pavimento y al cerrar los ojos escuché las ruedas sobre el asfalto.

Abajo, y habiendo pasado el estacionamiento y a los autos que giraban en torno buscando un sitio antes de volver a encender el motor, ambos tomamos vías distintas, y luego estuve entre dos perchas y detrás de un coche de supermercado y una persona dijo algo y yo creí que yo era su madre y por eso dije ya vuelvo, y entonces caminé por algunos pasillos durante unos segundos.
Luego me dio ganas de estar en otro lado y sentí que al mismo tiempo mis pies y mis brazos seguían en la fila, y quizás para ese momento flotaba, y quizás Luleeed estaba de regreso sobre su pedestal, o quizás hacía fila. Aunque me sentía bien ligero quise creer que seguía cerca, y luego miré al aire acondicionado del lugar y era como si me empujara.
Al dar vuelta, en el cuarto y quinto pasillo, miré y para eso metí el cráneo dentro de una caja de milkibar. El milkibar era líquido y su presentación era nueva, en su propio envase.

Al observar su rostro, mi rostro, me di cuenta del esqueleto, y desde el piso mis ojos enormes pestañaban sobre el montón de ropa o pellejo, que parecía un montón de toallas por lavar. Hoy, pienso, que debí darme ánimos para buscar en jardinería una pala y una escoba para recoger ese montón que estaba bien desparramado y antes de que lo lavaran en agua fría. Luego, creo, me parece que el hombre de uniforme blanco dijo algo, porque, todos empezaron a caminar hacia las cajas y los que estaban en ellas se apretaron un poco, como si la fila se acortara, y también exhalaban vapor porque la nieve había pasado de las puertas, junto a la caja, y eso incluía al bancorojo y a los atms de letrero rojo. Luego sentí varios pies sobre el cuello pero los hombros ya no pesaban tanto, y luego vi que sus zapatos estaban cubiertos de milkibar al igual que mi cintura, justo en la parte donde se unen las dos mitades de piel y por donde cortan para sacar bebés.
Silbé y me sentí tranquilo pues pensé que eso de hablar y de pedir coca colas en el kiosko aún se me iba a dar, a pesar de que últimamente ya me anda gustando un poco más la cola de naranja.

Uno de los hombres de uniforme verde con manos grandes y con un M16 colgando de sus hombros dijo: tienealgo colgandodelcuello, ¿no habrá miradodentrodelosrefrigeradores?

Luego estuve siendo estudiado bajo luces de colores que iban del rojo al anaranjado, y también antes de entrar unSantaclaus levantó su mano para saludarme, o quizás se saludaba a sí mismo, pues, el vidrio detrás del que yo estaba debía ser especular. Quizás nada de esto pasó, y quizás la fila avanzó tan pronto que se trataba de cirios encendidos la noche anterior, era de ver, todos avanzábamos como un brazo migmag kuka arm.

Un hombre de camisa blanca y chaleco rojo dijo por favor siga, y luego dijo tenga una bolsa y luego me miró y sonrió y añadió promete una tarde terrible. Son dos cajas de milkibar, diez unidades cada uno, una caja de lápices de gel verde con tres unidades, una playdude, una caja de lavativas, un whiskyredlabel y… aquí tiene su compra, sus cupones para el álbum del diez de agosto, ha sido unplacer, este es su cambio… eso, y luego tenía listo un auto frente al galpón, y uno de los árboles del pequeño bosque hidropónico nos empujó, y éramos otro árbol, y las ramas nos lanzaron al suelo, o sobre la aceras opuestas y los autos pasaban sin prisa y ya yo miraba su espalda, y era como si ambas estuvieran pegadas y se estiraran al alejarnos, y alguien hizo detener una taxi. Luego yo estuve caminando y el sitio seguía ahí, el cielo también, igual el sol en una suerte de iglesia, brillando musculosamente, un poco hacia todo lado, y luego el sol dijo eres un mentiroso.

25/8/14

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una lata con una arveja

Ese día queríamos que sucediera de una vez la revolución. No sucedió, pasó, más bien, que hablamos sobre las cosas que alguna vez encontramos tiradas en el suelo, cosas que saltábamos al dar largas u obligadas caminatas alrededor del centro. Una tallerista descargaba su decepción “contándonos” cómo un día ella maldijo a su celular. Malditocelulardelmedioevo había dicho, y también contó cómo luego no lo encontró, eso cuando guardó cosas en su maleta. Dijo también que esa tarde, o mañana, no estaba segura, había salido durante diez segundos de su casa, y al ver pasar a alguien, creo, dijo, habertiradointencionadamenteelaparato.
Antes de dormir, antes del día para talleres de comucaciónyredes, tuve un sueño en que caminaba por unas calles amplias de veredas igual amplias, y en esta encontraba, sitio desconocido y familiar como una calle de la infancia, un aparato celular, similar, al que tengo ahora, al que uso diariamente. Lo extraño fue que en el sueño sentía profunda alegría, tranquilidad, como si al hallar eso hallara una calma profunda.

En el sueño también sentí pánico y unos tipos caminaban hacia mí desde el fondo de la calle. Debe estar cerca de casa, pensé. Luego observé que los hombres vestían como linyeras, y llevaban bolsas plásticas y zapatos grandes, zapatos que debían ser de otra persona. Luego yo daba algunos pasos y ellos parecían hablar de las cosas y por sus voces intuí que acababan de golpear a alguien. También dijeron algo de seguirme.

Entraron los talleristas, y muchos dejaban sus maletas colgadas, o solo sobre las mesas, y luego abrían sus portátiles o algunos con los ojos casi cerrados colocaban el rostro sobre las mesas, descansaban como si bajaran de un barco. Alguien dijo que debíamos cancelar el taller y que buscáramos al profesor para explicarle que debíamos repasar los exámenes de ciclo y que nos diera sus horas. Supongo que se trataban de tareas por terminar, pero, nadie dejó las sillas y los talleristas, con las caras sobre las mesas, apenas si temblaron, como si suspiraran, o como si un escalofrío diminuto los alcanzara desde los pies. Alguien me empujó hacia afuera, y como no tenía nada que hacer, o por el contrario como no sabía cómo empezar, tomé el pasillo en busca de problemas.
A veces y desde la habitación sonaba como si en el pasillo los talleristas formaran mazmorras; al caminarlos encontraba un silencio y la luz de cuatro bombillas amarillas. También los cuadros de Bacon apoyados en el suelo, y el suelo roto, montañas de escombros y azulejos por pegar.
Dos puertas amarillas guardaban la entrada a las habitaciones de administración. Dentro había una televisión o una radio encendida, también una mesa con pequeñas porcelanas con las bocas hacia abajo; por las tardes, la radio pasaba temas o canciones de música popular, en su mayoría canciones sobre amores rotos o sobre encontrar el olvido. I dijo que debíamos asustar a los otros, y empezó los rumores y luego, cuando se fueron, tiramos la lista que todos firmaron pero también copiamos dos o tres correos. Jugaba con el dial de la radio, luego I dijo que lo intentase, yo dije tu turno, I cambió de emisora y yo callé hasta el día siguiente. Afuera los talleristas miraban los horarios, y consultaban u ordenaban unas carpetas con hojas sueltas y también los apuntes. Para volver a la habitación tuve que empujar, y también me animé a levantar los brazos y era como ir de aquí para allá; sentí que varios hombros (o eran codos) se empotraban en mis pulmones y luego hice lo mismo, pero creo que me pasé, escuché toses graves y otras como de can.
En la habitación tomé uno de los libros que llevaba en la maleta, y luego subrayé la frase: entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y son peores las postrimerías del tal hombre que las antípodas.
Luego quise dormir y al mismo tiempo quise nadar sobre algo líquido, algo denso también. Luego leí, y mientras leía pensaba que me había dormido.

Mientras lo hacía recordé que alguien seguía enfurecido, y se me ocurrió que al mismo tiempo (inútilmente) yo lo desafiaba. Dentro de la habitación había diez talleristas y todos tenían la cabeza echada un poco sobre la mesa, y sobre sus apuntes o sobre sus portátiles. Luego el profesor apareció, y alguien dijo que los demás estaban por llegar, y luego escuché que esperaríamos hasta estar completos. El profesor tomó algo del escritorio (o lo hizo a un lado para colocar un maletín grande que parecía vacío o lleno de bolas de papel) y luego colocó un maletín bordó y también lo recostó. Esas manías resultaban entusistas, lo llenaban a uno de esperanzas, ya me daba ganas de realizar cuestionarios de aplicación, y de ser un tipo responsable con documentos oficiales llenos de sellos de goma. Uno ya quería el futuro para cargar con todo lo clasificado, y lo subrayado, y luego mi observaba en el profesor que acababa de mandar a buscar unas fotocopias, y yo quise que me lo pidiera y así para aprovechar de mirar el  archivero de los hombres de corbata azul, y cuando pensaba, alguien estaba ya en el pasillo, así que para reconfortarme me felicité y luego O dijo que lo acompañe. O acababa de venir y yo lo seguía mirando su cuello lleno de pliegues y entonces F salió de otra habitación, y F me miró y U que acababa de cerrar la puerta tomó del brazo a O y yo me quedé esperando que alguien más saliera. Una desconocida que llevaba un chal rojo se colgó de mi espalda, y equilibraba su café mientras yo caminaba, y sentí que algo frío caía sobre mis muslos y pensé que luego estaría con los paños y con eso de los buenos deseos y sanos consejos, quitando la mancha y haciendo una pelota con el vaso del café.
Luego intenté recordar cuándo y dónde había escuchado la palabra enchastre.
Dejé que el café cayera al suelo, y luego alguien decía que no era ningún problema, y yo me pegaba hacia el muro para dejar espacio libre, y observé unos paños amarillos y los pies se pegaban como en el piso de los cines, recordé la inauguración enlatacunga.

La segunda ocasión fue similar, y ya no tenía ganas de salir pero igual me arranqué de la silla azul, y G venía sermoneando sobre nuestros deberes; le buscamos un marlboro, y yo sabía aquello, pero igual me dije pilotear conpiloto así que seguí derecho y pedí una bocanada.

Estuvimos sobre un muro con la colilla apuntando hacia el sol, ese sol que quería y ya había iniciado con eso de incendiar las nubes, unas llamas justo encima de la boca deforme de la montaña. Para no aburrirme, dirigí al sol hacia la montaña, y su circunferencia calzaba perfecta en aquella boca. Luego jugué a que la montaña vomitaba o hipaba, como si devolviera, “regurgitara” al sol; y el sol se enojó y entonces calentó algunas nubes hasta que estas se volvieron rojas, y luego ya no quiso salir, y supongo que encontró el modo de ser montaña, y eso debía tomarle máximo doce horas. No, me dije y me pregunté qué hacer, ya que debía, era su obligación, aparecer al día siguiente; y estuve bien preocupado, como si esa circunferencia fuera la última.

Al salir de la habitación todos me aporrearon, y luego pensé que estaba en secundaria aunque en verdad nunca me habían empujado; dejendetirarmalaonda dije, y luego todos rieron, y yo no sé qué chuchas era gracioso ya que, hace un minuto me tiraban cosas y ahora estaban contentos y hasta lucían como interesados. Ríen, e incluso callan, miran con atención (como a una mascota) y luego parecen estudiar y consultan y discuten sobre el pánico y el smog en Santateresa. Tiempos bien trascendentes. Al igual que al hombre de corbata azul que me alcanzó la revista, esa publicación impresa, la del papel couché, y apenas la vi fue recordar a lachicachaleconelsón; y anoté un número y luego debía recomendar eso del CS5. Pensaba en pólvora y madrugadas en medio de un círculo de coyotes, y también nunca antes había visto a un coyote. Luego dejé la revista en manos de otro tallerista, perdón dije y también quise quedarme pero ya bajaba los escalones, y el profesor se había adelantado y estaba ya en el piso seis, y luego también en el quinto y luego lo vi o lo vimos de espaldas frente al incendio, la mano levantada y creo que dirigía al sol hacia la boca de la montaña. Escuchamos que el orificio decía algo, miré hacia los escalones y unas luces parpadeaban en lapatria, o era laríodejaneiro.


Recogía los jirones de la chaqueta y luego la frase tembló: como entre las costillas, y luego yo pensé que sería una idea genial el volverme diminuto hasta desaparecer. Luego fui pequeño y noté que estaba dentro de una lata de arvejas y una arveja más chica, (seguro era verde), se paseaba por dentro y luego pude ver algo brillante, y me faltaban uñas y luego vi debajo de esas uñas, pero todo estaba dentro de los zapatos y de verdad sentí horror, y creí que las personas que no habían entrado en la iglesia, quienes llenaban el museo y hacían fila frente a la fuente, prefirieron saltar desde un trampolín de goma hacia las aguas verdes y humeantes; y para eso se tomaban, como para cumplir, unas fotos frente a las rocas húmedas y frente a los bordes ferrosos.
Cada oración me dirigía hacia el orificio, y hacia la terraza, y quizás me exigía administrar un galpón en mitad deCarapungo.
Luego la arveja se quedó quieta pero ahora que lo pienso bien, vivo con una arveja que me ocupa la mitad del colchón. Luego escuché de nuevo eso de eresunmentiroso, pero era raro, y yo no sabía y me pregunté dónde estaba; supongo estaba entre los árboles o frente a los autos masticando las barras que había adquirido tras terminar la fila, pero también creía que la barras estaban siendo comprimidas, como esas pelotas amarillas cubiertas de pelusa, eso de apretar mientras se hacen caminatas, o casi trotes, y al mismo tiempo decía eso de eres unmentiroso pero yo no sabía dónde estaba, y quería acercarme para pedirle que no aplastara las barras porque luego tendría que buscarse una barra de jabón para quitarse el dulce, quitarse si no quería que las manos se le llenaran de pelusas. Entonces comprendí que mentir era creer en todo, y extrañamente sabía el lugar de las barras, supe en qué momento habían llegado, aunque también observé un auto que venía, el parabrisas lleno de eresun mentiroso pero me calmaba o decía deja de decir que eres un mentiroso porque estás mintiendo, y luego dije ¿qué era un mentiroso? y luego pensé que quien había dicho eres un mentiroso era el número impreso en la barra, el número que indicaba el mes de abril y el día tres; el hombre de uniforme amablemente preguntó si necesitábamos que alguien fuera a casa a enseñarnos las recetas de pan con canela, o ron con limón, seguro otras cosas y en otros galpones.


Como no entendía mucho me busqué un rato sobre los escalones y sobre algunas talleristas que caminaban de la mano de otros talleristas, y entre los tres, o cuatro, porque quizás habían otros, escribimos en el muro, pero luego nos volvimos gases, o árboles porque el invierno se acercaba y porque los escalones habían desparecido y todo el suelo parecía un pedazo desanandrés y sanandrés queda a veinte minutos de Guano. 
Gas y callamos y eresunmentiroso.

24/8/14

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Impugnar: rephutar, revatir, contestar, oponer, reclamar, rechasar, contradezir, reconbenir, ovjetar, imstar, nejar 
  
Las sillas estaban cubiertas por maletas y ordenadas en filas como largas perchas en un supermercado. Sin prisa fueron ocupadas por los talleristas y algunos vestían pantalones acampanados y sombreros largos y oscuros como los de los hechiceros y ellos al sentarse guardaban silencio como si esperaran que fueran las mesas y las sillas quienes dieran algo similar a un permiso, una aprobación. Yo, había dejado sobre la maleta las alcaparras y una caja de marlboros y todo era mínimo y delgado. En el fondo esperaba que aún nadie notase el parche que había cosido la tarde anterior al tirante de mi maleta, un parche redondo que decía Flúor de Charles y que pienso solo yo entendía; mi intento de parodia al autor y al título de su texto de mediados del XIX.
Varios talleristas de quinto empezaron una discusión en la puerta del salón y lo hacían de pie y otros cruzaban detrás de ellos hacia las habitaciones. Hace pocas semanas la puerta rota había sido cambiada por una nueva, una de maderas oscuras y fuertes, también costaba un poco más cerrarla o abrirla y a veces podía detenerse a mitad de trayecto, es decir, como si la dejaran media abierta o media cerrada o ambas cosas. Su discusión trataba temas domésticos: alguien comparaba una casa en un relato de ficción con la sala de un aeropuerto. Una casa horizontal y aeropuerto real. Vivir en aeropuertos es abrir una revista y convertirse en equipaje... Por el contrario, los baños se tornan populares, sin diferenciar géneros, llenos de charlas enormes que tras días y días siguen en el mismo sitio. Algo en la discusión se refirió a la señalización o cómo esos sitios colaboran para no dejar nada personal en su interior de modo que uno jamás pierde ni su tiempo ni sus maletas y es más bien como conocer el sitio donde se guardan el dinero o las llaves de todos los autos. Quise acotar algo sobre mi padre el escritor que suele viajar cada mes a un punto distinto y  con eso explicar cosas como lo de perderse en la trastienda de un sweetbutter, y eso de mirar teve y el canal sueco en la sala de una aerolínea privada, o también lo de retrasar vuelos o hacerlos detener a mitad de la pista.
Luego supuse que una casa debía ser como viajar dormido sentado junto a una ventanilla y siguiendo las alegorías pensaba que un aeropuerto sería lo que miramos por la ventanilla mientras dormimos, hombres tomando cortados, maletas en el piso y en la cinta móvil, maniquíes embalados en plástico transparente, fotos antiguas y maquetas de la zona de desembarco, cosas que no impedirían o aportarían a que el aeropuerto desaparezca.
Y solo pensé que para vivir en un aeropuerto uno debería ser una maleta, o un balde y un trapeador; una de esas que se pierden y que son enviadas aLisboa por accidente y un balde rojo lleno de detergente y madera y algodón.
La casa vuela y la tripulación mira los perros colgando pues antes habían sido amarrados y eso dura hasta la primera escala. Luego alguien descubre la maleta olvidada y la embarca pero eso dura casi siete días y antes ya se deben comprar shorts y calcetines nuevos y una máquina para afeitar y cepillos o toothbrushes.
Luego todos hablaron del relato. Yo tomé mis cosas, es decir, regresé a la mesa y las guardé y decidí esperar a que cualquier cosa pasara, en realidad esperaba al hombre de corbata azul o suponía que él debía regresar.

Varios hombres llegaron, uno junto a otro y ellos eran grandes como ataúdes y también eran como un grupo de detectives. Todos llevaban trajes oscuros y corbatas oscuras, no como la de los hombres de corbata azul, sino, corbatas similares a la lengua de un animal, quizás un pez, y eran rojas, y pensé que esos hombres trabajaban cortando y pesando carne y era como vestir o colgar un bife del cuello y todo era extraño.
Estaban de pie y nos miraban como esperando que la sala se ordenara como en los décimos años y parecía que la sala (el taller) esperara que ellos dieran indicaciones. Así pasaron algunos minutos y por la ventana pude ver al sol bajar y perderse por unos minutos hasta de nuevo por el otro lado. Tal vez no lo vi, pero sí las sombras largas que se estiraban hacia la ventana y luego no tenía sombra y luego no tenía sombra y luego el círculo de nuevo tras el cristal. Eran las seis de la tarde pasadas. Yo esperaba la clase y luego un tallerista pidió permiso a los hombres antes de dejar una revista o un folio sobre el escritorio. Ahí estuvo hasta que un hombre de corbata oscura levantó la revista pero no la pudo hojear ya que estaba dentro de una bolsa plástica.

Los hombres hablaron de temas importantes para el centro de investigaciones. Luego insistieron en su charla y exposición y lo hicieron sin detenerse como si llevaran apuro; a veces se los veía juntar sus manos sobre el pecho, sobre todo cuando hablaban de lo importante que era que el centro de idiomas lograra su propia gestión, y también se acomodaban los anteojos o nos miraban por sobre los marcos. No regresé a mirar a quienes estaban detrás, y me parecía que dormían y también como si ya antes hubieran escuchado la exposición. O quizás solo pasábamos por un momento de total atención. Luego algunos de los hombres que parecían grandes roperos, roperos de pie, hicieron un movimiento como inclinándose hacia nosotros, y alguien alargó un corto, solitario aplauso que luego estalló, como una llama que enciende unos tablones luego de varios intentos, y además envuelto en abrazos cortos o palmadas en la espalda, dos o tres grupos; recordé un filme bien antiguo sobre un saxofonista que vive en un barrio caro de losángeles y una escena cuando su mujer palmea la espalda a su esposo, una cosa de planos de referencia y primeros planos, y era como saber demasiadas cosas de quienes estaban al frente. Aquí no había música pero uno de los hombres sudaba y otro tenía los ojos como enterrados; las palmadas parecían despertarlos y las órbitas lucían enormes, profundas, casi animales. Inició una ronda de preguntas, y como sin otra opción, el hombre de traje, un hombre pequeño de cabello blanco que fue quien más había hablado, levantó la mano para pedir a sus acompañantes que lo esperaran, luego nos dijo que por favor lo entendiéramos.

Horas después todos despegábamos los rostros de las mesas y a veces debíamos retirarnos madera y mdf de los rostros. Algunos tenían sus lápices de gel dentro de los bolsillos y los bolsillos brillaban como al cargar kaumales y caramelos de menta, y todo tenía un olor refrescante y fresco. Al salir noté que me faltaba una porción de muslos y de nalgas ya que todo se había adherido a las sillas y sobre el pasillo los jirones de carne nos servían como alfombra. Ahora supongo que el nuevo piso convertirá la carne en subsuelo y ruinas. Al terminar el pasillo encontré cuadros o ilustraciones de Alonso Quijano apoyados contra el muro. Esos cuadros intentaban dotar al Quijano de un aura o de un aspecto noble, como de quien va por la vida decidiendo o separando la paja del trigo. Una frase a carboncillo explicaba que aquel hombre se había vuelto insano tras leer todos los libros de caballería. No explicaba cuáles eran esos libros ni si era diferente estar insano y ser un loco. En otro cuadro se observaba un Quijano similar, más delgado, casi una sombra sobre el rocín. Esa sombra llevaba una lanza larga que amenazaba salir del cuadro. En proporción era similar al primer Quijote, sin embargo, también el dibujo tenía unos trazos gruesos, como apurados, trazas y manchas de colores: parecía uno de esos empastes hechos por los niños en educación inicial, faltaba el sello del docente o la carita sonriente. Detrás de él y del rocín corría un sendero, se extendía hasta un espacio en apariencia vacío, como el horizonte, las antípodas del campo. Sobre el sendero había huellas, las supuestas pisadas del rocín. Me parecía, (quizás una mancha) pero creí observar una huella nueva; la huella de un paso que aún no había dado el caballero y su rocín, una huella futura, una anticipación. Quizás se trataba de un borrón, la huella de un dedo, una mancha producto del sol. La pared donde colgaban los cuadros acababa de ser pintada, sobresalía el clavo que las sostenía, tres clavos cubiertos por pintura. La huella podía pertenecer a la pata izquierda, y en proporción, por cercanía al observador era más grande, la huella de un casco que amenazaba salir del cuadro.

Abajo buscamos un marlboro. Yo quise, pero también en el fondo no tenía ya ganas de volver. En realidad me dije, noregresasnunca. Luego estuvimos junto a una ventana, mirando la ciudad o mirándonos con caras de ¿y tú qué me ves? Toda esa situación me dio pie para pensar en otras cosas y en otras actividades, como fumar dentro de un baño, como fumar sobre un yate en medio del pacífico, como fumar debajo de una cornisa y escampando de un torrencial día y fumar mirando los buses y a las personas mientras iban corriendo con las bolsas blancas llenas en las manos. Tanto pensar empecé con eso de los muros y luego un muro me invitó a jugar algo de túeresmirocinante. No sé quién, pero ya alguien o algo estaba sobre mi hombro, dirigiéndome hacia los escalones y también parecía que ya estábamos saltando, pues, sentí el aire y el sobrevuelo y la turbina de tres cohetes que alguien acababa de lanzar ajúpiter, supuse que se trataba de un cohete al que llamar coheteeuropa y algo había de botones que no encendían y sobre todo de agujeros dentro de otros agujeros.
Los cohetes se detuvieron para echarme un aventón, y yo dije que mejor me echaran unos litros de aceite para hombros porque quise pensar que ya administraba un spá o algo así porque siempre estaba con el tema de los hombros y con los pies pesados, y luego estuve contando el número de escalones que me quedaban antes de llegar a la planta baja. 

Luego el hombre de cabello blanco empezó con eso de aquíestáelAK; luego pensé que alguien había encendido una radio y luego faltó poco para que la gente empezara a bailar y a corear esos temas pegajosos de aquíestáelAK, con las manos en las caderas y con los pies girando y con las cabezas hechas (inside) uno o dos trompos, y luego eso de psfff o como sea que hace una clubifría. Como no entendí nada de lo que estaba por decir, el hombre bajó de su escenario, y luego de abrir sin esfuerzo mi cabeza, colocó el aquíestáelAK en algunos rincones, como si fueran pizcas de azúcar o imanes oscuros, y el cerebro tenía un tono amarillo y era como un poco duro y aceitoso, marrón como la nuez. Luego yo estuve repitiendo el mismo recorrido, del décimo piso que aún no existía y rodando a la planta baja, eso varias veces durante el mes de septiembre, o era marzo, mientras me preguntaba el significado de eresunmentiroso o deaquíestáelAK. También miré al interior del gran orificio pero de allí solo salían sillas amarillas y mesas de tres patas. Luego escuché un estruendo como de algo que intentaba volver y supuse eran las cuartas patas. También por el orificio cayó mi maleta y entonces volví a caminar de la planta baja hacia el décimo piso que aún no había sido construido preguntándome si ya sabía que significaba eresunmentiroso
y
aquíestáelak.

Dentro del orificio estuve contestando llamadas durante lo que quedaba del día. El sol ya había incendiado las nubes y ya los autos empezaban a encenderse solos y a estacionarse sobre los árboles y sobre los pies de la gente fuera del galpón. Eso no lo vi pero supuse que si lo miraba en ese muro inerte era porque estaba ocurriendo. Todos insistían saber si eso ocurrió. Luego empecé una historia fantástica donde dos hombres discuten por un castillo: Ambos quieren comprarlo pero el vendedor pone varias condiciones. Cuando el vendedor accede, sin saberlo, ya ambos son dueños del mismo castillo. A la mañana con la cosas de la mudanza se encuentran frente a la puerta, ambos con una llave dorada en la mano. Luego gastan una fortuna y tras el fracaso reconocen que el vendedor ha desaparecido, los ha engañado. Al regresar, las llaves se han vuelto inservibles; en realidad nunca tuvieron tiempo de usarlas, aquella mañana iniciaron la larga búsqueda. Tras golpear, un hombre molesto aparece tras la pesada puerta, pidiendo que expliquen quiénes diablos eran los caballeros que molestaban su siesta.
En el cuento, el hombre que no ha dejado de mirarlos contrata a los dos como jardinero y como mayordomo.

Una de las últimas llamadas preguntó si yo deseaba comprar una terraza amarilla, en un sitio bien cercano y con posibilidades de expansión. Dijo que acababan de pintar el sitio, que era un sueño, una ilusión. De haber dicho que lucía como si elmismodios hubiera escupido, supondría un final distinto.
¿Cuál dios, eldiossol?