Luleeed en el
hombro sin decir ya regreso
Luego
estuvimos colgados del marlboro durante varios minutos aunque el sol seguía de
pie o bajando, y la ciudad crecía en todas direcciones, marcha de la mancha.
Para no volver, aspiré el humo como en una gran bocanada hasta que cada
partícula se apoderó y llenó los huesos y algo de los pies. Los huesos salieron
de a uno y en orden y en silencio de mi cuerpo; yo miraba cómo la llama
consumía al tabaco y miraba los huesos que aún tenían ojos, así como una o dos
mandíbulas que se dirigían, iban en busca de tomar asunto y salían por la
nariz, también hacían eso de dirigir a otros huesos en su salida por el ano,
entonces o también los vi reptar por debajo del pantalón, y mis compañeros de
taller pensaron que la presión se me había caído y luego buscaron en sus
maletas y colocaron kaumales en mi boca. Yo me sentía un poco mareado pero no
sentí lo que los demás hacían, eso de llenar mi boca, o lo veía todo en brumas
y luego dije ahora vuelvo, y tomé los
escalones y no recuerdo qué sucedió. Luego alguien llevaba mi ropa, en realidad
era que la piel parecía y al tacto resultaba como una pila de ropa por lavar,
alguien murmuraba cerca, y también algo u otro tallerista se había adherido a
mi hombro y quizás fuera quien me dirigió y a quien tenía junto pues nos
encontrábamos en el suelo, escuchábamos la respiración. Pero también al ponerme
de pie, sin huesos, observé que MB, como alguien desconocido, caminaba a dos o
tres pasos de la pila en pie. Me pareció extraño, porque no había llegado a la
planta baja precisamente caminando, y ya estaba a unos metros de un montón de
trapos y no a unos metros de mí, o entre ambos, o en ambos lados al mismo tiempo.
Luego noté que estaba en el museo
gregorio y al mirar el esqueleto de Luleeed sentí que debía darle
vida, y además no perdía nada ya que para entonces yo era un montículo de
pellejos y con él podía conocer la vida al límite y salvaje y tendría a alguien
para inflar la vena.
De
repente sentí algo similar a la furia y al mismo tiempo debía detener con las
manos mi cabeza, que parecía algo inflamada, como si intentara dejar el cuerpo,
y era quizás por un gas que la hacía hincharse, una cosa menos densa que el oxígeno,
pues, al tiempo que daba un paso también parecía dejar el suelo, y otros
esqueletos nos miraban y unas joyas doradas y también unos estómagos de barro,
o de piedra pómez, algo de la cultura norayupanqui,
eso decían los carteles, y era la cera que descansaba sobre el pedestal.
Bueno,
ese esqueleto (¡de cera!) me sirvió para dejar de arrastrarme y para dar unos pasos
extraños; cada paso acompañado de una especie de levitación. Lo bueno es que
nadie cuidaba la puerta, ya de lejos resultó ser “ese pequeño museo” y donde
también las estatuas de cera de hombres pequeños estaban cubiertas por ponchos
bien oscuros, hechos con totora y lana curtida, se veían pesados y casi mitológicos.
Sus manos
eran enormes, y cuando estuvimos frente al otro ambos las estiramos, y el
encuentro terminó en un fuerte apretón y al mismo tiempo como si acabara de
empezar.
Al hablar
dijo algo del galpón, y yo en realidad no quería ir para allá, pero luego
entendí que Luleeed tenía planes pues mis pies seguían dando pasos a
pesar de que yo tenía la cabeza debajo de un muro y pegada a la columna que
acababa de observarnos y allí esperaba seguir. También dijo québueno, igualnomeinteresa
y yo seguía dando pasos y quise tirar a Luleed
y luego caminaba y me di cuenta que Luleeed
sobre mis hombros nos daba la apariencia de un hombre mecánico, y también en
las fotos lucíamos como dos personas independientes o individuales, dos porque Luleeed tiene amigos o colegas que
parecen momias o un mamífero de lazonabajadepaute
y yo puedo encontrar pellejos y luego hacer cosas, y luego nos llamamos por
teléfono y eso de preguntar por el clima y por la mejor hora para salir hacia laFAE, y luego sentí cosas raras, no
teníamos sombra, eso a pesar de que caminábamos encima del otro: una sombra
larga, como la de una jirafa o la de un poste de teléfonos en medio de una
pileta, nada, y eso que el sol quemaba y las nubes eran casi una piedra roja y
dos talleristas o dos mamíferos decuaque
o dos salvajes camino al salvaje galpón en busca de algo que no sabíamos ni
habíamos visto llegar avanzaban uno encima del otro. Metro noventa.
Esperaba
que dijera algo como qué haces sobre mis hombros o cómo estás de
arenoso. Polen dije, o pensé, pero luego ya preguntaba o hablaba sobre el
clima y las habitaciones, y eso de si ya me había llegado “eso” que todos
decían, eso acerca de no tener en qué mierda pensar teniendo todo el cartón.
Respondí algo y luego no sé si Luleeed
y yo caímos, Luleeed sonreía mientras
apretaba algo contra su cuello, su quijada, los hombros derretidos; y miraba el
filo de algo, o el borde de un muro, no lo sé, no estoy seguro, por eso digo
que en ese momento quizás estaba junto, tendido junto a sus pies, al caer de mis
hombros, y miraba quizás el filo de la acera o las líneas amarillas y blancas
pintadas sobre el pavimento y al cerrar los ojos escuché las ruedas sobre el asfalto.
Abajo, y habiendo
pasado el estacionamiento y a los autos que giraban en torno buscando un sitio
antes de volver a encender el motor, ambos tomamos vías distintas, y luego
estuve entre dos perchas y detrás de un coche de supermercado y una persona
dijo algo y yo creí que yo era su
madre y por eso dije ya vuelvo, y entonces caminé por algunos pasillos
durante unos segundos.
Luego me
dio ganas de estar en otro lado y sentí que al mismo tiempo mis pies y mis
brazos seguían en la fila, y quizás para ese momento flotaba, y quizás Luleeed estaba de regreso sobre su pedestal,
o quizás hacía fila. Aunque me sentía bien ligero quise creer que seguía cerca,
y luego miré al aire acondicionado del lugar y era como si me empujara.
Al dar
vuelta, en el cuarto y quinto pasillo, miré y para eso metí el cráneo dentro de
una caja de milkibar. El milkibar era líquido y su presentación
era nueva, en su propio envase.
Al
observar su rostro, mi rostro, me di cuenta del esqueleto, y desde el piso mis
ojos enormes pestañaban sobre el montón de ropa o pellejo, que parecía un
montón de toallas por lavar. Hoy, pienso, que debí darme ánimos para buscar en
jardinería una pala y una escoba para recoger ese montón que estaba bien
desparramado y antes de que lo lavaran en agua fría. Luego, creo, me parece que
el hombre de uniforme blanco dijo algo, porque, todos empezaron a caminar hacia
las cajas y los que estaban en ellas se apretaron un poco, como si la fila se
acortara, y también exhalaban vapor porque la nieve había pasado de las puertas,
junto a la caja, y eso incluía al bancorojo
y a los atms de letrero rojo. Luego
sentí varios pies sobre el cuello pero los hombros ya no pesaban tanto, y luego
vi que sus zapatos estaban cubiertos de milkibar
al igual que mi cintura, justo en la parte donde se unen las dos mitades de
piel y por donde cortan para sacar bebés.
Silbé y
me sentí tranquilo pues pensé que eso de hablar y de pedir coca colas en el kiosko aún se me iba a dar, a pesar de que
últimamente ya me anda gustando un poco más la cola de naranja.
Uno de
los hombres de uniforme verde con manos grandes y con un M16 colgando de sus hombros dijo: tienealgo colgandodelcuello, ¿no
habrá miradodentrodelosrefrigeradores?
Luego
estuve siendo estudiado bajo luces de colores que iban del rojo al anaranjado,
y también antes de entrar unSantaclaus
levantó su mano para saludarme, o quizás se saludaba a sí mismo, pues, el
vidrio detrás del que yo estaba debía ser especular. Quizás nada de esto pasó,
y quizás la fila avanzó tan pronto que se trataba de cirios encendidos la noche
anterior, era de ver, todos avanzábamos como un brazo migmag kuka arm.
Un hombre
de camisa blanca y chaleco rojo dijo por favor siga, y luego dijo tenga
una bolsa y luego me miró y sonrió y añadió promete una tarde terrible. Son
dos cajas de milkibar, diez unidades cada uno, una caja de lápices de gel verde
con tres unidades, una playdude, una caja de lavativas, un whiskyredlabel y…
aquí tiene su compra, sus cupones para el álbum del diez de agosto, ha sido
unplacer, este es su cambio… eso, y luego tenía listo un auto frente al
galpón, y uno de los árboles del pequeño bosque hidropónico nos empujó, y éramos
otro árbol, y las ramas nos lanzaron al suelo, o sobre la aceras opuestas y los
autos pasaban sin prisa y ya yo miraba su espalda, y era como si ambas
estuvieran pegadas y se estiraran al alejarnos, y alguien hizo detener una
taxi. Luego yo estuve caminando y el sitio seguía ahí, el cielo también, igual el
sol en una suerte de iglesia, brillando musculosamente, un poco hacia todo lado,
y luego el sol dijo eres un mentiroso.