los ojos palidecen, se rellenan, visten mas bien, parpadear es una necesidad, la pupila entra a la lente, obscenamente succiona el perímetro, el decorado, los espejos los multiplican, una tormenta rebota entre los botones, sobre las hebillas, a mano alzada y con la más baja intensidad va inflamándose el pellejo de un ascensor soldado dentro de miles de brazos calibrados, sugeridos apenas por la química y el trueno dentro de aquel círculo negro y dilatado que, bajo el dominio del pulso, absorve como un enema el cuerpo que hace de sanduche entre ese juego de espejos donde el techo bien puede ser el suelo.