Miro ese gran elefante corriendo detrás de nosotros y más bien está levantando su trompita y su trompita es como un cromo o como un sticker que corre tras las páginas y los rectángulos de un álbum, y sus gordas patas que ya se juntan y cada vez parecen recortar, parecen rebanar y nada vuela en pedazos, ni brazos, ni bufandas o restos, jirones u hombrecillos de papel unidos por pies y manos pero ocurre que aquello es la gran gran ilusión, así nos vemos pues es nuestro nivel del mar de más uno cero y menos uno, nuestra azul y no muy profunda pecera que más bien nos recuerda a una autopista, como si cualquier cosa sirviera para explicar y para abrir bien duro con un rastrillo para ya sembrar Guppies, pero nosotros manoteando, guardando de parecer algas o dando largas brazadas, en vez de espuma saltando la brea, una espuma negra y el agua celeste que nos cubre y parece dibujada.
Brincamos, nuestros pequeños pies suben y ahí, entonces el llanto.
Nuestros pequeños pies que no tocan el suelo y lo de saltar y en el salto empujando otros pequeños brincos, y durante un lapso o una inhlación lo de ser un emparedado, lo de manotear y patalear para seguir arriba o para que la caída sea lenta o quizá nunca termine.
Una pecera y los adhesivos corriendo y sus patas gordas que no rebanan ni tampoco tocan el suelo.
Las patas como en los dibujos animados y detrás el fondo repitiéndose una y otra vez.
Los ojos llenos de azul, los dientes duros y algo brillando de roto, jirones. Juntos los dedos que son como solo tres dedos, tres gordas y triangulares aletas, junto o juntas o apretados como si así las cosas abrieran cualquier cuerpo. No sé qué hora es y todos tienen un gran reloj que inflama sus redondos muslos y que seguro no funciona, un cable atado que quita el pulso y nos obliga a aplaudir y a empujar para que nadie esté demasiado cerca; seguro y es solo un dibujo o una goma enrollada y da ganas de meterle el diente o morderla hasta llenarse de babas. Cada tanto debo hacerme un cromo o girar para entrar como lo haría un cedé; vibro, el rumor nos agita pero además debo o deseo perder el pulso o la secuencia y los compases y ojalá nada de ráfagas pues lo siguiente sería languidecer sobre un cable, como papel encerado y verano hoy, verano y la mitad de lo que queda del verano.
Luego estoy sobre mis pies y son dos rancias rocas o dos casi ladrillos que empiezan a ponerse duros.
No sé que hacemos pero nos tomamos todo el tiempo y todo el tiempo es un lapso tan breve que uno cada tanto está pidiendo que las cosas ocurran de nuevo, ruega que lo que hizo una vez provoque lo mismo, resulte en un nuevo y más duradero paso hasta no saber si está empezando o acaso y ya termina. Nuestros dedos se dan modos para arrancar yerba o quizá para no dejar marca pues todo es como un gran led, si sobrevolaran las gradas o los breves jardines con kikuyo tan alto, resultaríamos en seres redondos dentro de una pantalla led, puntos, pixeles. Apenas giramos, eso de subir en el otro pero ya bien rápido dejarse a un lado y dejar que alguien más lo haga. No sabemos la hora y suenan tantas cosas, como si un gran parlante y al fin a demasiados kilómetros se esforzara por acercarnos muchos ruidos.
Luego pudimos decir algo serio, algo que nos ayude a vivir otros siete días.
No sé que sonaba, de todos modos era algo muy electrónico y lleno de loops y cuerdas con la manía de hacerse una onda húmeda, me volví un auto, sus pies o botas de segunda mano cada tanto golpendo mi pecho, y yo era un auto y en esas películas hay un auto que se conduce solo y que tiene un número pintado en el capó y ese auto escapa o lleva niños dentro, los pasa de un país a otro, los pasea pero los niños al mirar esos enormes cielos azules que alcanzan para cubrir cualquier vistazo de niño que acaba de llegar ya no lo son más, ya nunca quieren volver y todo es quitarse lo que llevaban puesto. Y eso es enorme, y el llanto está en todas partes, llena los muslos, las botas que aún caen sobre el estómago, y los pequeños pies que se han enterrado en una suerte de fango.
Uno sonríe o chilla o quizá tiene un gran tubo empalado y huele a nubes de colada morada.
Y no sabemos, parece que no queremos nada más, es como si todo fuera por fin suficiente para cerrar bien fuerte los ojos, un rayo imposible del que no se tiene rastro, dirección. Uno es capaz de erguirse como una palmera, todo es rojo rojo, cada fibra equivale a una porción y debe ser cuello y el cuello también derramado y que nace de los hombros; eso de ahogarse, eso de hundirse cada vez hasta que al fin no hay movimiento, nada de doblar una falange, nada de respirar hinchando el estómago.
Queda una trompita tomando lo que queda de las horas y llenando aquel agujero, dándonos moléculas para los siguientes siete días.
Cientos de minotauros enterrados con sus trompitas sobresaliendo, tomando lo que queda del sitio o vaciándolo. Una enorme luz sobrevolando las pulgadas, tomando data, mejorando lo que formamos, la gran harina con agua morada, buscando nuestros mejores contrastes, reparando en nuestros filos. Resultamos un gran cuadro o una gran pantalla led que debería ser vista con el cable desenchufado y así pixelar menos, así desde el anillo de algún satélite. Un gran led gris u oscuro o nada brillante y con ese aspecto mate que uno no sabe muy bien si tocar o acariciar. Supongo que somos dos tíos que han cargado cada molécula hasta ser tan duros como un yunque, como si eso fuera el premio de haber dejado casa por unos días. Una cosa de cerrar con todos los picaportes pero también lo de tomar un taxi hacia donde nos quiera dejar. Todo muy hippie, muy grunge. Y así es, y así debe ser hasta que uno recuerda que ha dejado encendido el modem, y la última vez tardaron meses en repararlo, y cada vez todo parece una última vez, la última vez de algo.
Está muy oscuro para arrancar algo de pasto, pero debo tomar aire, y miro sus largos muslos y supongo que no falta demasiado para volverme un tapete. Algo suena, no sé qué es, pero todo tiene un maldito sitio, si alguien se recuesta, hay alguien que se pone en pie, si miro algo con atención luego ese algo desaparece o quizá solo es tan grande que no se lo puede distinguir.