22/8/15

Que lo perdido te encuentre.

Miro ese gran elefante corriendo detrás de nosotros y más bien está levantando su trompita y su trompita es como un cromo o como un sticker que corre tras las páginas y los rectángulos de un álbum, y sus gordas patas que ya se juntan y cada vez parecen recortar, parecen rebanar y nada vuela en pedazos, ni brazos, ni bufandas o restos, jirones u hombrecillos de papel unidos por pies y manos pero ocurre que aquello es la gran gran ilusión, así nos vemos pues es nuestro nivel del mar de más uno cero y menos uno, nuestra azul y no muy profunda pecera que más bien nos recuerda a una autopista, como si cualquier cosa sirviera para explicar y para abrir bien duro con un rastrillo para ya sembrar Guppies, pero nosotros manoteando, guardando de parecer algas o dando largas brazadas, en vez de espuma saltando la brea, una espuma negra y el agua celeste que nos cubre y parece dibujada.

Brincamos, nuestros pequeños pies suben y ahí, entonces el llanto.

Nuestros pequeños pies que no tocan el suelo y lo de saltar y en el salto empujando otros pequeños brincos, y durante un lapso o una inhlación lo de ser un emparedado, lo de manotear y patalear para seguir arriba o para que la caída sea lenta o quizá nunca termine.

Una pecera y los adhesivos corriendo y sus patas gordas que no rebanan ni tampoco tocan el suelo.

Las patas como en los dibujos animados y detrás el fondo repitiéndose una y otra vez.

Los ojos llenos de azul, los dientes duros y algo brillando de roto, jirones. Juntos los dedos que son como solo tres dedos, tres gordas y triangulares aletas, junto o juntas o apretados como si así las cosas abrieran cualquier cuerpo. No sé qué hora es y todos tienen un gran reloj que inflama sus redondos muslos y que seguro no funciona, un cable atado que quita el pulso y nos obliga a aplaudir y a empujar para que nadie esté demasiado cerca; seguro y es solo un dibujo o una goma enrollada y da ganas de meterle el diente o morderla hasta llenarse de babas. Cada tanto debo hacerme un cromo o girar para entrar como lo haría un cedé; vibro, el rumor nos agita pero además debo o deseo perder el pulso o la secuencia y los compases y ojalá nada de ráfagas pues lo siguiente sería languidecer sobre un cable, como papel encerado y verano hoy, verano y la mitad de lo que queda del verano. 

Luego estoy sobre mis pies y son dos rancias rocas o dos casi ladrillos que empiezan a ponerse duros.

No sé que hacemos pero nos tomamos todo el tiempo y todo el tiempo es un lapso tan breve que uno cada tanto está pidiendo que las cosas ocurran de nuevo, ruega que lo que hizo una vez provoque lo mismo, resulte en un nuevo y más duradero paso hasta no saber si está empezando o acaso y ya termina. Nuestros dedos se dan modos para arrancar yerba o quizá para no dejar marca pues todo es como un gran led, si sobrevolaran las gradas o los breves jardines con kikuyo tan alto, resultaríamos en seres redondos dentro de una pantalla led, puntos, pixeles. Apenas giramos, eso de subir en el otro pero ya bien rápido dejarse a un lado y dejar que alguien más lo haga. No sabemos la hora y suenan tantas cosas, como si un gran parlante y al fin a demasiados kilómetros se esforzara por acercarnos muchos ruidos. 

Luego pudimos decir algo serio, algo que nos ayude a vivir otros siete días. 

No sé que sonaba, de todos modos era algo muy electrónico y lleno de loops y cuerdas con la manía de hacerse una onda húmeda, me volví un auto, sus pies o botas de segunda mano cada tanto golpendo mi pecho, y yo era un auto y en esas películas hay un auto que se conduce solo y que tiene un número pintado en el capó y ese auto escapa o lleva niños dentro, los pasa de un país a otro, los pasea pero los niños al mirar esos enormes cielos azules que alcanzan para cubrir cualquier vistazo de niño que acaba de llegar ya no lo son más, ya nunca quieren volver y todo es quitarse lo que llevaban puesto. Y eso es enorme, y el llanto está en todas partes, llena los muslos, las botas que aún caen sobre el estómago, y los pequeños pies que se han enterrado en una suerte de fango.

Uno sonríe o chilla o quizá tiene un gran tubo empalado y huele a nubes de colada morada.

Y no sabemos, parece que no queremos nada más, es como si todo fuera por fin suficiente para cerrar bien fuerte los ojos, un rayo imposible del que no se tiene rastro, dirección. Uno es capaz de erguirse como una palmera, todo es rojo rojo, cada fibra equivale a una porción y debe ser cuello y el cuello también derramado y que nace de los hombros; eso de ahogarse, eso de hundirse cada vez hasta que al fin no hay movimiento, nada de doblar una falange, nada de respirar hinchando el estómago. 

Queda una trompita tomando lo que queda de las horas y llenando aquel agujero, dándonos moléculas para los siguientes siete días.

Cientos de minotauros enterrados con sus trompitas sobresaliendo, tomando lo que queda del sitio o vaciándolo. Una enorme luz sobrevolando las pulgadas, tomando data, mejorando lo que formamos, la gran harina con agua morada, buscando nuestros mejores contrastes, reparando en nuestros filos. Resultamos un gran cuadro o una gran pantalla led que debería ser vista con el cable desenchufado y así pixelar menos, así desde el anillo de algún satélite. Un gran led gris u oscuro o nada brillante y con ese aspecto mate que uno no sabe muy bien si tocar o acariciar. Supongo que somos dos tíos que han cargado cada molécula hasta ser tan duros como un yunque, como si eso fuera el premio de haber dejado casa por unos días. Una cosa de cerrar con todos los picaportes pero también lo de tomar un taxi hacia donde nos quiera dejar. Todo muy hippie, muy grunge. Y así es, y así debe ser hasta que uno recuerda que ha dejado encendido el modem, y la última vez tardaron meses en repararlo, y cada vez todo parece una última vez, la última vez de algo. 

Está muy oscuro para arrancar algo de pasto, pero debo tomar aire, y miro sus largos muslos y supongo que no falta demasiado para volverme un tapete. Algo suena, no sé qué es, pero todo tiene un maldito sitio, si alguien se recuesta, hay alguien que se pone en pie, si miro algo con atención luego ese algo desaparece o quizá solo es tan grande que no se lo puede distinguir.

15/8/15

de dónde se comunica? sospecha parroquia La Calera Grande

Estuve dándole muy largo y fue media mañana de revista y así pasaron duros minutos. Que qué vi? Estuve dándole mucho tiempo a eso de mirar y comprobar los datos, lo del pronóstico de curvas, luego varios días como si fuera de nuevo capaz de mirar hacia atrás y empujando además para que ya llegara y de nuevo mirara hacia atrás, como se mira al día que está aún en camino. Una nube recorría desde la última ventanilla y quien ocupaba el último asiento viajaba también en el asiento libre. Al bajar el cristal sentí varias moléculas pues todos regresaban o quizá se iban desprendiendo de los otros autos.

Pasé mi dedo entre diminutas frases y cada tanto diminutos nombres de dos sílabas parecían indicar que habían pasado doce horas desde la última vez que escribí en la agenda. Un rostro llenaba la mitad de la pantalla y me emocionó muchísimo el hincharlo o encogerlo con solo mover mi pulgar. Me dolían ciertas falanges y cada vez el cristal se llenaba de mis huellas redondas. Una gran mancha redonda y porosa brillaba dentro de un marco opaco, del mismo modo del otro lado pero más bien coloqué el cristal sobre mi muslo hasta que todo fue de nuevo opaco pero atravesado de ciertas líneas sin ningún orden preciso, como el melgacho en una caja de cerillas. 

Tomamos por la ruta hacia Cobas. En Cobas debimos dejar que la fila fuera ordenándose sola. Sucede que la tarde anterior los incidentes de las doce dejaron tramos descubiertos, por ejemplo a la entrada de Pares. En el auto pusimos algunas cintas y cada tanto se escuchaba cuando uno de los lados llegaba al indicador rojo y entonces una tira de cinta blanca raspaba la cabeza de cobre. No recuerdo pero tras la ventanilla pude ver algo similar a una nube, una mancha muy grande que recortaba sobre el perfil de montañas. 

La tarde aún tenía para continuar unas horas aunque cada vez nos dirigíamos con menos intensidad; incluso los tramos más amplios estaban poblados de GMC; a un lado los breves puestos ofertando algo de fruta recién cortada, la línea blanca casi desapareciendo debajo de una película muy fina, varios camiones como si por primera vez avanzaran a un ritmo menos explosivo. Tan solo dos o tres camiones hicieron aquello de pasarnos echándonos encima todo el material y el lodo de la cota, todos iban como al mismo sitio, como si quedara nada mas que una población, y como disponiendo de la misma cantidad de tiempo. Dejé que el viento entrara y mi rostro se sintió bastante tibio, y las moléculas iban quemándolo y la nube sobre el perfil de la montaña más bien era como algo ligero o gaseoso, uno no sabía si pronto habría una gran tormenta de gotas muy delgadas o acaso se quedaría siempre de ese modo. Avanzábamos como si aún quedaran cosas por hacer pero como si no sucediera nada si se las dejara para otro momento.

Luego quise exigir a la tía de la pequeña cabina que nos dejara pasar y que ya levantara el brazo mecánico. La tía llevaba una fuerte mascarilla sobre su pequeño rostro, sus mejillas casi desapareciendo detrás de redondos y pesados filtros, sus ojos como dos ranuras detrás de unas gafas rectangulares no dejaban de observar su unidad azul. Quise hacerlo pero H ya había extendido la magnética y fue cosa de cambiar de naranja a verde. La tía devolvió la magnética y el auto hizo algo como un carraspeo. Adelante y en mitad de los descansos dos camionetas negras estaban siendo aseguradas con largos cables y eslingas, cargaban con veladores o cofres de palosanto, cajas térmicas ensunchadas y esponjas anarajandas de dos por doce. El asfalto era más bien como una larga lengua que no había sido cepillada por días. Una lengua con manchas breves y con orificios que dejaban ver su verdadera naturaleza.

Quise pararme a tomar un par de fotografías pero ese más bien ya era el centro del horror. Cada tanto una serie de pequeñas casas y pequeños cerramientos hechos por cable y entalonados sobre medianas vigas. Dentro de estos los animales parecían hacer las cosas de todos los días, mordían el pasto y también tenían su atención sobre lo que llevaban a sus hocicos; las vacas de piel oscura más bien se veían grises o como si envejecieran. A uno de le entraba ganas de bajarse con esponja y una gran manguera para quitar todo ese envejecimiento. Un auto rojo hizo una ese frente a nosotros y luego pasó como un pez junto a un camión de Froztec.

De la mitad hacia el sur ya se respiraba con poco trabajo. La mitad hacia el norte aún merecía un trabajo no planificado. Ambas partes lucían una luz única; ambos lados debajo de un manto, pero además como si no hubiera un límete muy preciso, como si cada porción creciera hasta donde la vista alcanzaba. Aún dudo de aquel mar que nos cubrirá, J dice que soy el mismo inocente y que se acaso no escucho los noticieros. Me pongo rojo y los pómulos de repente son corazones que laten hacia cada lado o como puños que quieren tirar a J al suelo y eso sucede desde hace casi cinco años, solo que ahora que nos vemos poco sucede con mayor intensidad o como si de verdad mis pómulos sin que nadie se los ordene lo fueran a hacer. Luego de dos segundos de pensarlo digo que la cosa está de tal modo y J escucha. Luego continúan las preguntas y más bien hablamos de las cosas que hicimos en ese momento del día, todos estamos sentados en grandes sillones y es como si no tuviéramos opción, y respiramos pesado pero cada cual da su versión de las cosas. No encuentro demasiadas cosas mías en los otros y quizá si me identifico con la incomodidad de manejar un auto para luego traerlo de regreso al mismo sitio sin un descanso intermedio. Tomaría una ducha pero J dice que no desea refrescarse. Luego me alegro pues siento como si dejara de respirar.

Tuve que sentarme bien quieto en mitad del asiento. Una tía trajo tres pequeños bols y luego los llené de picante y la salsa anaranjada brillaba como un globo. Estuve con bastantes ánimos y más bien pedí un bebida de malta y el cristal estaba todo escarchado, el fondo oscuro de la botella provocaba quedarse debajo de un árbol o por lo menos con las piernas largas y sin calzado. H bajó su malta de un bocado y un grupo en las otras mesas no dejaba de admirarnos. Supongo que ocupábamos más espacio y también hacíamos más ruido. Bebí y al fin dejé de carraspear. G fue hacia la trastienda y no la vi por un buen momento. H ahora charlaba con una tía bastante anciana, y la tía parecía acostumbrada a charlar y sobretodo a dejar en claro cosas que quizá ella mismo oscurecía. Una bandera roja o verde roja flameaba y cada tanto caía al suelo. La anciana volvía a sostenerla entre sus manos y no tenía apuro en dejarla junto a la columna. En la columna había además un cable como anillo que seguro servía para avisar que el sitio estaría abierto. La anciana se dirigía a otro tío y yo puse mi mano en su hombro para decirle que todo estaba bien. Fui hacia las mesas y también regresé al auto. La autopista era una lengua con breves espacios grises y una nube recortaba toda la montaña. Era medio día pero podían ser también las seis.