Etsa mejoraba cada día su puntería. Se sentaba cerca se ellas y esperaba. Las aves parecían quedarse quietas, como si supieran que alguien estaba allí por ellas. Esa era la actividad que ocupaba su día, no la favorita pero sí la que tomaba más tiempo: cada mañana debía buscar aves para Iwia, a pedido de él recorría cada palmo del bosque armado de su serbatana, sus dardos y su shigra. Iwia, su padre adoptivo comía aves como postre a cualquier hora del día, por ello Etsa no temía atrapar todo tipo de aves, grandes, redondas, dulces, rellenas de fruta o envueltas en achira. Sólo las aves mantenían tranquilo a Iwia. Etsa, afinaba el ojo hasta que los cuerpos caían apenas pertubados al ser alcanzados por los dardos. Durante ocho años Etsa nunca falló un solo disparo, ahora él tenía ya 16 años.
Etsa poco a poco olvidaba el rostro de sus padres, con el tiempo y luego de intentarlo varias veces había aprendido a no esperar recuperar su imagen. Cuando Iwia le contó que unos Ledes, seres de una tribu extranjera los habían secuestrado Etsa sintió tristeza pero el abrazo de Iwia lo reconfortó, entonces por primera vez lloró en su hombro. Muchas veces mientras caminaba iendo o regresando del bosque pensaba en cómo lucirían los seres de la tribu Lede. Los imaginaba monstruosos, de formas inexplicables, Iwia había dicho que ellos vivían colgados de las ramas en los árboles aunque luego del diluvio ellos parecían haberse extinguido. Etsa siempre antes de cazar miraba hacia las copas de los árboles y aunque se sintiera mareado no dejaba de buscar esperando conocer a los Ledes, a ver si atrapaba uno y hacía que le devolviera a sus padres. Después de mucho mirar sólo encontraba ramas y tras las ramas un cielo a veces azul otras veces oscuro.
A veces Etsa atrapaba aves astutas como la lechuza de páramo, un ave grande y gris que bajaba a la selva en busca de un sitio húmedo para construir nidos. Una mañana en que Etsa resbaló por una pequeña pendiente, descubrió un nido al que Etsa estudió por varios días. Lo que descubrió le abrió el camino a un nuevo tipo de caza ya que bajo la pendiente halló un nido subterráneo en el que las aves permanecían varias semanas. A hurtadillas se acercaba para no sólo atrapar a la lechuza pues bajo ella habían huevos aunque no eran sabrosos. De uno de los huevos atrapados una vez salió un ave muy pequeña. Hasta las montañas se escuchaban a sus madres graznando, ese era el mejor momento para atraparlas pensaba Etsa, las tomaba del cuello, para Etsa resultaba una doble caza. Varias veces las guardó dentro de su shigra de piel en la que cabían raciones para dos días. De regreso a cada las aves guardaban silencio. Etsa volvía silbando canciones shuaras, a veces las aves dentro de la shigra parecían escucharlo o, haberse quedado dormidas.
Iwia era un ser extraño. Sólo después de deborar las raciones de días y para varias personas él sonreía, pero cuando se descubría a sí mismo tan contento parecía contenerse, entonces su rostro parecía oscurecerse. Etsa e Iwia vivían solos en una casa hecha de raíces en un lugar bajo. Cuando Etsa le preguntaba por su enojo Iwia respondía que las aves estaban muy jóvenes, aunque cuando las aves eran grandes, Iwia respondía que debía atrapar especies para Iwia, no para niños. Iwia es como el sol decía hablando de si mismo, necesita toda la fuerza para volver cada día. Sin embargo, pensaba Etsa, Iwia no hacía mucho más que caminar alrededor de la casa, aunque quizas perdía energía luego de gritarle a los árboles. Para Etsa era gracioso ver a su padre adoptivo pedir a los árboles que crecieran más, cubran mi hogar decía, la sombra es buena para el agua explicaba a Iwia. Los árboles parecían escucharlo pues el viento hacía que sus ramas se movieran como si se comunicaran entre ellos. Sin embargo nunca ocultaban el paso del sol.
A Etsa no le gustaba ni mucha luz, ni mucha sombra, había comprobado que podía ser feliz con un poco de lo uno y de lo otro. Lo descubrió una tarde cuando el sol fue escondido, escondido dijo Aren, uno de los niños que se animaba a caminar por los dominios de Iwia. En las noches Etsa sentía que la tierra temblaba, además de él también lo sabían los animales como los reptiles que seguían despiertos. Incluso era posible escuchar a las plantas crecer, Etsa colocaba el oído en el suelo, lo afinaba y percibía a las raíces incrustándose y creciendo de manera invisible. A veces soñaba con plantas que tocaban un punto anaranjado, brillante como una llama, entonces despertaba lleno de calor.
Etsa también intentaba atrapar el sol, cavaba un agujero en la tierra y lo llenaba de agua. Al medio día encontraba el reflejo del sol en su espejo de agua y lo cubría con ramas u hojas de palma. Luego de unos minutos quitaba las hojas para llevar al sol a las cuevas Mitas pero descubría que su pequeño reflejo ya no estaba. Otro día pensó que sería mas fácil atrapar la sombra. Esa mañana estuvo muchas horas sin moverse tratando de comprender por que su sombra sí lo hacía al igual que la de los árboles y la de los pumas. Por la noche no había sombra, a menos que hubiera luna, ellas temen a la noche se decía, y saltaba de alegría pensando ser más valiente que ellas pues él a veces salía de caza por un postre nocturno cuando se le antojaba a Iwia. Un día corrió lo más rápido que pudo, su vestido parecía la cola de una Guacamaya, quería dejar atrás a su sombra. La sombra siempre estaba a sus pies.Tiene la misma fuerza que yo por que ambos crecimos en la selva pensó Etsa.
Un día el bosque se encontraba en silencio. Eso era raro pues el bosque nunca calla pensó. Lo que ocurriría parecía haber sido anunciado en sueños. Luego de cazar tantas aves, éstas se habían terminado. Terminar entendió Etsa quería decir que algo que una vez hubo, como las aves, nunca más iba a estar, el fin del canto, o el vuelo o el esconderse entre las ramas de él y su serbatana. Etsa no supo si sentirse feliz o preocupado. Qué llevaría a Iwia, quien siempre advertía que sin aves era mejor no regresar. Al mismo tiempo se sintió importante, creyó que al haber acabado con todas las aves había hecho algo único, se miró a sí mismo, tan chico aún, recorriendo toda la selva, la que ya conocía y que inexplicablemente comenzó a extrañar. Sin saber muy bien qué hacer se sentó junto a una Garratoa y cerró los ojos pero sin quedarse dormido. En algún momento entre aquel silencio sintió que estaba siendo observado. Cuando abrió los ojos descubrió frente a él a una perdiz que lo observaba a poco más de un metro de distancia. Ambos se miraban como si se conocieran de hace mucho tiempo. El ave era pequeña y roja a diferencia de él que ya tenía más de quince años y llevaba pintado el rostro de azul. Ninguno tuvo interés, ni la perdiz ni Etsa de moverse. Un viento recorrió la selva de un extremo a otro.
Luego de escuchar la historia de la perdiz, Etsa se sintió abrumado. Sus ojos miraban a todos lados, buscaban algo, algo que parecía lejano. Ahora él también sabía que ella era la última ave en la selva. Etsa se preguntaba si todas las aves que él atrapó también sabrían hablar, Wanata leyendo su mente dijo que sí que no sólo las aves lo hacían sino todos los animales de la selva, hablaban pero de modo que no lo supiera Iwia, un ser al que temían. Él es la oscuridad repitió Wanota, asi es como se llamaba la perdiz. Etsa aprovechó para preguntar por sus padres, pues sentía que habían cosas que se le habían ocultado. Wanota habló de Iwia y de los seres que habitaban dentro de él, son seres de luz que hablan desde la oscuridad, por mucho que oscurezcas a un ser de luz nunca lo podrás callar dijo Wanota. Etsa recordó el vuelo de todas las aves sobre los rayos del sol, su memoria dibujaba las siluetas a contraluz desapareciendo entre las copas de los arrayanes. Wanota habló de sus padres, de cómo Iwia los había secuestrado y devorado, Iwia te ha atrapado porque te teme dijo Wanota, él adopta la forma humana para vivir sin ser molestado.
Etsa sabía que ya no tenía por qué volver. Ahora lamentaba haber acabado con todas las aves, sólo para alimentar un engaño se dijo sin quitar la mirada de su serbatana. Por un momento recordó cómo preparaba las armas para la caza, como cortaba la corteza para preparar el paralizante. Pronto supo diferenciar un Amanita de un Lluigo, aunque ambos crecían bajo las mismas rocas. Divangando sintió que su cuerpo perdía fuerzas y también escuchó varias voces que le hablaban de la selva, que parecían estar muy molestas.
Wanota había dejado la parte más importante para el final. Viendo a Etsa tan desmejorado le habló con un tono solemne, con una voz propia de seres más antiguos que el viento. Tú no puedes sentirte mal dijo, túeres el hijo del sol. Etsa no entendió, creyó que Wanota le culpaba de que el sol desapareciera por las noches. Wanota explicó con calma, tú eres Etsa dijo, tu nombre significa poderoso sol, amado sol. Tus padres te llamaron de este modo por haber iluminado sus vidas. Etsa recordó a sus padres, ambos vestían trajes rojos como la piel del tucán. Etsa vió a un hombre levantándolo hacia el sol, el brillo lo cegó por un segundo. Dime como quitarme la oscuridad dijo. Wanaota voló para quitar la serbatana al muchacho. Sopla a través de ella las plumas de las aves que atrapaste, dijo. Etsa sopló las plumas a través de su larga serbatana. El silbido atravesó los costados del bosque hasta la medianoche.
De la serbatana salieron todas las especies que Etsa había atrapado. Era un lluvia de varios colores. Etsa olvidó todo lo que había vivido, como si fuera la primera vez que se sintiera libre. Las voces molestas ahora parecían cantar, Etsa sentía que la selva lo hacía parte de ella, como si lo aceptara.
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