Ella apura la subida al vagón. Él, antes de sentarse la mira de reojo, y con un gesto la invita a acercarse. Ella dobla su abrigo, lo coloca sobre sus piernas y en silencio apoya su cabeza sobre el hombro de él. El metro parte y en teoría el viaje no debería tardar más de quince minutos. Él enchufa un auricular en el oído derecho de ella mientras conecta el auricular más corto en su oído derecho también. El vagón antiguo y hecho de madera se agita a cada lado en intensas sacudidas sobre todo cuando el metro a alcanzado una cierta velocidad, cuando ha llegado al climax permitido entre una y otra estación. Ni ella, ni él se mueven aunque él de vez en cuando es observado fijamente por una mujer adulta, quizás de unos sesenta años. La estación en la que el metro se detiene se llama Piedras, un letrero hecho de porcelana indica las escaleras de salida.
La siguiente estación en teoría es Lima, pero al no haber conexión el metro no se detiene lo que le da una cierto impulso e incluso deja notar el buen estado de la máquina. Él consulta su reloj y no puede dejar de sentir una cierta culpa, e imagina la fila, los asientos, el silencio y la primera escena. Como si ella lo estuviera escuchando dice nos queda la función de las cinco y media y él piensa en la librería y el dinero que no puede gastar. El metro se detiene en la estación Rivadavia donde se baja la mujer adulta de sesenta años. Entonces compraremos los boletos dice él.
Las estaciones Gardel y Abasto se suceden casi inmediatamente, como en un sueño, y en segundos ellos se encuentran afuera, quemados por la fuerza del viento. Ella desdobla su abrigo mientras él coloca el paraguas bajo su brazo. Él, la ayuda a colocarse el abrigo y ella se toma medio minuto hasta sacar la bufanda de la mochila. Está noche habrá tormenta repite un periodista y a él, ese hombre de la televisión le parece una cara conocida. De pie sobre la escalera eléctrica, él recibe un aviso como un flash en la sien, duro como una broca invisible en lapsos rápidos y repetitivos y otros pesados como un martillo.
Mientras ella le hace preguntas, y él intenta recobrar el sentido, sobre un plato transparente, un postre de tres leches es decorado con caramelo.
La siguiente estación en teoría es Lima, pero al no haber conexión el metro no se detiene lo que le da una cierto impulso e incluso deja notar el buen estado de la máquina. Él consulta su reloj y no puede dejar de sentir una cierta culpa, e imagina la fila, los asientos, el silencio y la primera escena. Como si ella lo estuviera escuchando dice nos queda la función de las cinco y media y él piensa en la librería y el dinero que no puede gastar. El metro se detiene en la estación Rivadavia donde se baja la mujer adulta de sesenta años. Entonces compraremos los boletos dice él.
Las estaciones Gardel y Abasto se suceden casi inmediatamente, como en un sueño, y en segundos ellos se encuentran afuera, quemados por la fuerza del viento. Ella desdobla su abrigo mientras él coloca el paraguas bajo su brazo. Él, la ayuda a colocarse el abrigo y ella se toma medio minuto hasta sacar la bufanda de la mochila. Está noche habrá tormenta repite un periodista y a él, ese hombre de la televisión le parece una cara conocida. De pie sobre la escalera eléctrica, él recibe un aviso como un flash en la sien, duro como una broca invisible en lapsos rápidos y repetitivos y otros pesados como un martillo.
Mientras ella le hace preguntas, y él intenta recobrar el sentido, sobre un plato transparente, un postre de tres leches es decorado con caramelo.
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