Algo de lo que te puedo hablar con mucha naturalidad, dijo, echándose hacia atrás, es del origen de la muerte.
Un hombre sano debe primero contaminarse antes de considerárselo un muerto. Una contaminación suele suceder en un espacio habitado, por ello es necesario que nuestro sujeto deba exponerse a un ambiente promiscuo. Una sodomización sin la debida protección como acostumbraban los antiguos griegos suele ser el lugar ideal para pinchar con una primera muerte. Sin embargo y a falta de personas dispuestas a ese tierno ejercicio bien puede ser útil el frecuentar, las calles o mejor aun el parque del barrio. En estos, la fauna de dealers, yonkies y prostitutas suele acomodarse a las necesidades del sujeto quien, sumido en sensaciones de miedo y excitación correrá a casa de alguno de sus amigos y al timbrar escuchará que por los altavoces una voz de hombre pero algo afeminada le invita a pasar, expresándole lo mucho que lo estaban esperando. Este primer encuentro servirá de abrebocas o pequeña muestra de lo que aprobamos o respetamos.
Un hombre correcto suele ser noticia en un periódico. Un hombre honesto suele pedir permiso para respirar. Un hombre muerto puede cegar al más correcto de los hombres. Un hombre muerto no necesita respirar. Luego de aquel abrebocas queer y lésbico y mágicamente maquillado, el sujeto, desprendido de sí creerá haber tomado las llamadas riendas de su mal llamada vida, y crecerá tanto en amigos como en vicios. A cada nueva noche nacerá un emperador y se quemarán iglesias de la mano de viejos con aliento a tabaco. La casa será cualquiera donde haya una letrina y la cama será aquella donde lo alcanze la borrachera. Nada más saludable
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