Fucking, no sabía, o no me enteré o no quise saber. Acabar de ver blue velvet, sentir el aliento de Frank Boots en la boca, en el paladar, tomar agua y contraer el cuello como en un delirante estado catárquico no es nada comparado con mirarla a los ojos. Es que es eso, ella decía, son nuestras miradas, miradas tan... tan, tan, tan qué me pregunto y le pregunto con una voz en off mientras ella se aleja como diciendome te ve luego. Im dead.
He muerto y nose lo he contado. Admiro mis manos y la cicatriz poco profunda de algun duelo o de acompañar a Fausto con su mujer, porque Fausto es así, y su mujer me hace reir, pero es mas gracioso cuando ambos nos reimos de Fausto y el semáforo nos detiene y ella me tira una gillete y yo veo algo brillante y al tomarla una gota corre friamente por mi mano. Pero yo ya estoy muerto si mal no recuerdo, y Fausto mata sin juicio y su mujer vende flores y en esa pared Carla y yo escribimos nuestro nombre, ella y yo, yo y él, o sea también yo pero sin ella porque ese día no miraba, o Carla solo contaba misioneros o no quise entender y mil veces fui violado en el round 16 y tome y fume y probe y me desorbité y todo perdió sentido y la tareas parecían no acabar y algo desde la otra ventana observaba y descubría cada estupido acto de una mañana rara y mal poblada como no las habia vivido desde mi paso por la eternidad.
Y ella decía esas miradas y una mano cerraba la puerta y una cabeza con voz o una voz sin cabeza, bien peinada y de gafas como los que a veces calzo me repetía, sigues acá!? y en el espejo observé como mis facciones no habian cambiado desde los 15 años, cuando en un arrebato desordenado prendí fuego a cada foto de mi cuarto y con el spray, hairspray queen, encendí de negro una habitación que de ahora en ese entonces sería el centro nervioso de una sinfonía sin épica, sinepica.
Al mirar al conductor del colectivo, tronar y fungor y desmayar tuve que tomar los controles, olvidar los frenos y llevar al artefacto directo al suicidio. Las madres se preguntaron entre ellas y en su berrinche pidieron que las llevara directo con sus esposos. Un corno, si por lo menos tuvieren algo porque vivir, y en esa violencia estalló un júbilo y todas se frotaban los coños y parecía que todos los semáforos se corrían en una avenida asfaltada de nieve. Mis ojos sobresalían inyectados de furia y por el retrovisor observé que algunos de los que iban sentados preferían mirar a los lados y era obvio que jamás habían estado en las calles que era donde realmente deseaban estar.
Nos llevamos uno y dos e insondables camiones y sus conductores bajaron a reirse del monto que les tocaría pagar mientras declaraban que el que manejaba era un dios, de esos que vivian en El Carmen de esos al que agarralo lo colgarían por arrogante hecho el que sabe y fálico. Eso úlitmo me gustó. No se dónde sucedió pero antes de el gato de Gris, dimos tantas vueltas que lá única certeza fue el espejo y una estrella de david que se salvaron por obra del mismo Dios. El motor totalmente fundido, lucía como una plasta hecha de plastilina, roja como la mierda del diablo. Al despertar, con ese claro estremecimiento, encontré sus ojos en la misma almohada, mi aliento que pendía de una palabra y al gato de gris acomodado entre nuestros pies.
Me alegré de no ser un gato.
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