Que si la prefiero rubia o con el cabello corto? que si me excita su cuerpo, que si la deseo todo el tiempo? que si tengo algo que decir o incluso hasta una opinión?
Omar contaba sus calamidades cada vez que peleaba en casa. Llamaba con intensidad al teléfono. Timbraba varias veces, las llamadas se perdía en el centro de otras llamadas, mensajes de texto cada cinco minutos, mensajes de voz que repetían frases de asómate, estoy en la zona.
De lejos observaba a Omar levantar su jarro amarillo mientras masticaba con intensidad puñados largos de maníes. Entonces prefería dar una vuelta a la manzana, hacer tiempo meditando, aunque ya todo era predecible.
Me quieres, no me quieres, me quieres no te quiero pues chugcha, repetía Omar en un tono que parecía querer sonar irónico, me quieres, no me quieres mientras la cerveza se corría por la mesa y los golpes caían sobre Marcos y sobre mí y el bar nos expulsaba y la próxima semana regresaríamos como siempre ha sido aún con las advertencias y con Omar jurando vengarse del guardia como si el guardia tuviera la culpa como si acaso no existiera otro bar.
Marcos miraba la escena, algo habitual para él siendo su mejor amigo Omar. Yo buscaba el auto y al encenderlo me dí cuenta que me había olvidado manejar. Cerré los ojos hasta cuando un hombre de gorra me preguntó algo y entonces me sentí perdido. Tráeme una club le dije y reí más por nervios mientras intentaba tomar algo con las manos en caso de necesitar aturdir.
Marcos tomó el volante. Parecía una figura de bronce. Camino a otro bar, dejamos que el ruido de la calle llene la cabina del SJ. Un festival itinerante de cine proyectaba una película chilena sobre una pantalla que no era más que una pared en blanco. Con el SJ parqueado y con las ventanillas bajadas dejamos que las voces del cono nos consolaran, como a tres pequeños mutantes. El blanco y negro hacía más digerible los ronquidos de Omar. Un colombiano tocó la puerta y ninguno de nosotros le dió razón. En la película dos niños conducían un auto sin documentos, aunque no los necesitasen ya que manejaban dentro de una urbanización. El colombiano tiró unos papeles y yo le tiré unas monedas, los niños en la película estacionaban su auto con verdadera maestría. El teléfono de Omar sonaba, seguro era su esposa.
Mejor se queda en mi casa
Fuímos al Rod joy y dejamos a Omar bocabajo. Quizás debimos haberlo bajado.
Omar contaba sus calamidades cada vez que peleaba en casa. Llamaba con intensidad al teléfono. Timbraba varias veces, las llamadas se perdía en el centro de otras llamadas, mensajes de texto cada cinco minutos, mensajes de voz que repetían frases de asómate, estoy en la zona.
De lejos observaba a Omar levantar su jarro amarillo mientras masticaba con intensidad puñados largos de maníes. Entonces prefería dar una vuelta a la manzana, hacer tiempo meditando, aunque ya todo era predecible.
Me quieres, no me quieres, me quieres no te quiero pues chugcha, repetía Omar en un tono que parecía querer sonar irónico, me quieres, no me quieres mientras la cerveza se corría por la mesa y los golpes caían sobre Marcos y sobre mí y el bar nos expulsaba y la próxima semana regresaríamos como siempre ha sido aún con las advertencias y con Omar jurando vengarse del guardia como si el guardia tuviera la culpa como si acaso no existiera otro bar.
Marcos miraba la escena, algo habitual para él siendo su mejor amigo Omar. Yo buscaba el auto y al encenderlo me dí cuenta que me había olvidado manejar. Cerré los ojos hasta cuando un hombre de gorra me preguntó algo y entonces me sentí perdido. Tráeme una club le dije y reí más por nervios mientras intentaba tomar algo con las manos en caso de necesitar aturdir.
Marcos tomó el volante. Parecía una figura de bronce. Camino a otro bar, dejamos que el ruido de la calle llene la cabina del SJ. Un festival itinerante de cine proyectaba una película chilena sobre una pantalla que no era más que una pared en blanco. Con el SJ parqueado y con las ventanillas bajadas dejamos que las voces del cono nos consolaran, como a tres pequeños mutantes. El blanco y negro hacía más digerible los ronquidos de Omar. Un colombiano tocó la puerta y ninguno de nosotros le dió razón. En la película dos niños conducían un auto sin documentos, aunque no los necesitasen ya que manejaban dentro de una urbanización. El colombiano tiró unos papeles y yo le tiré unas monedas, los niños en la película estacionaban su auto con verdadera maestría. El teléfono de Omar sonaba, seguro era su esposa.
Mejor se queda en mi casa
Fuímos al Rod joy y dejamos a Omar bocabajo. Quizás debimos haberlo bajado.