19/11/12

La puerta bajo el agua.

Los ojos descansaron sobre varios sitios. Primero, arrinconaron al grupo de la pared derecha. En la mitad de aquellos jóvenes resaltaba la figura de un hombre corpulento. Los dientes del hombre sentado en medio de los jóvenes se acercaron hacia la puerta, dejaron por cortos segundos su boca. La puerta tenía dos cristales verdes y tratados de manera que parecieran una cortina hecha con agua. A mi lado izquierdo el sol entraba como si fuera previamente filtrado por una coladera, varios rayos dividían aquella mitad de la habitación. Un escritorio sostenía a una silla colocada sobre su superficie. Era la primera vez que observaba una silla plástica de formas tan humanas. Junto a la puerta de salida al balcón trabajaba otro grupo de cinco personas. Mi presencia junto a la puerta parecía inesperada de modo que procuré volver a estacionar la vista. Dentro de aquel grupo las cosas parecían destinadas a tener que repetirse. El trabajo consistía en relacionarse con los equipos. Uno de los jóvenes manipulaba un trípode al cual se lo podía direccionar hacia distintas posiciones. Una de las jóvenes parecía estar encargada de mantener los cables separados, andaba agachada cerca del trípode con los cables en sus manos. Otra de las jóvenes parecía estar dispuesta a dar la vida por su equipo, su mirada llegaba hacia un sitio mucho más lejano tras aquellas paredes blancas. Incluso, a pesar de ser corta de estatura lograba salir de aquellos muros altos como las habitaciones de los hospitales. Desde abajo pude ver que ella era ya una estatua, uno de aquellos antiguos mitos. Uno de los jóvenes llamaba su atención. El joven vestido con zapatos azules, tomaba su brazo derecho y lo lanzaba hacia la vista de la estatua. Varias veces el brazo cayó en la mano del muchacho. Uno de los jóvenes me miró bajo la puerta pero en realidad parecía que era yo quien miraba pues reconocí gestos que luego reproduje como propios, la inexpresividad y la curiosidad por ejemplo. La joven de los cables parecía atada a un hombre siniestro al cual pregunté su dirección. Su respuesta fue extraña, pues habló de un sitio al cual yo nunca debería volver. El hombre siniestro parecía tener atrapada del cuello a la joven de los cables a través de un cable invisible pero al que pude ver luego de un corto intento de la joven por cortarlo.  El hombre más antiguo del sitio dio la mano a mi guía y juró que mi cuerpo iba a estar seguro entre los demás. Al rato giré dos veces sobre mis pies intentado encontrar el sitio que me permitiría estar lejos del hombre viejo. Pero, en cada giro encontré a otros jóvenes que parecían haber dejado de girar. Incluso hallé estatuas más chicas, figuras hechas con bronce y varios bustos de roca con pequeñas piernas, delgadas pero rápidas. Uno de los jóvenes abrazó mi cuerpo mientras el hombre viejo dejaba caer su mano sobre su muslo. Mis brazos envolvieron su espalda antes de iniciar mi relación con el equipo. Mis manos tomaron las manillas mientras el resto de jóvenes señalaban los sitios hacia donde debía apuntar. Cuando quise apretar el botón rojo, el joven, aquel que lanzaba el brazo sugirió que era mejor hacerlo el próximo día. Miré la construcción de aquel armatoste y quedé sorprendido por las ruedas que permitían girarlo en cualquier dirección. Pronto estuve girando otra vez mientras los jóvenes parecían estar preparados para salir a través de la puerta con las cortinas de agua. Creí que ese era el final de la jornada la cual parecía alargarse hasta llevarnos hacia la planta baja. El hombre corpulento hablaba sobre cosas únicas mientras las estatuas caminaban dejando sus rastros sobre la madera recién pulida. Los pasos y su sonido parecían concentrarse en una nube que siempre mantenía la misma temperatura  y la misma dimensión. Al regresar a mirar a la habitación noté que junto a la puerta había una pequeña pared transversal y junto a ella otra puerta con vidrio amarillo. El sol rebotaba sobre aquella puerta y el efecto era el de una llama. Las estatuas continuaron bajando la grada mientras opinaban sobre la actividad del día próximo. El hombre viejo caminaba tras la puerta de vidrio amarillo. Junto a él caminaban dos o tres jóvenes uno de ellos extremadamente alto.  

Las habitaciones habían sido rediseñadas, los pisos eran nuevos, la iluminación extremadamente moderna, habían extensos sitios donde los claroscuros permitían pensar que aquel sitio no era solo una institución de educación, sino, que en realidad uno estaba dentro de un museo. Además, mientras los chicos gritaban en el subsuelo y dentro de la sala audiovisual, el piso de arriba era cubierto por una música muy ligera. Los parlantes habían sido colocados dentro de la pared de modo que era imposible saber la procedencia de la música, incluso puede ser que aquellas canciones hayan salido del techo. Las canciones que se reproducían y llenaban los pasillos eran viejos temas instrumentales que parecían ser la banda sonora de alguna película de la United Artists. Un ligero juego de cuerdas era seguido de metales sobre el ritmo embriagado de una persecución. Cruzar el pasillo principal permitía arrastrar la música hasta las escaleras donde el ruido era el de una máquina o un generador. Entonces era posible sentir un choque de corrientes de aire. Por un lado la corriente del pasillo y la madera que rodeaba las paredes. Por otro lado el del mármol y la roca verde que servían como escalones, escalones que cubrían los motores o la planta de energía que producía un rumor como de nave. En aquel pasillo era posible encontrar fotografías enmarcadas de estrellas del cine, la televisión y el teatro. Por ejemplo, en un antiguo escenario dos actores discutían sobre la verdad en el cine inglés de postguerra. Tras sus sillas se levantaba el logo de la empresa que patrocinaba su encuentro didáctico. El logo patrocinador constaba de un pedazo de película ondeado como si cayera desde el techo. Dos letras H se intercalaban una sobre la otra y entre ellas un círculo enmarcaba a la película. En la fotografía, los hombres se miraban a los ojos como si se trataran de dos gemelos, dos hermanos que trabajan para la misma persona. La pared donde colgaban las fotografías estaba pintada de un rojo puro, un rojo sólido. Los extintores que colgaba de los vértices de algunas paredes hacían juego con los marcos de las ventanas, ventanas bajas por donde podían salir los muchachos. Mientras nosotros bajábamos, y mientras cruzábamos el pasillo, el resto de los alumnos recibían clases dentro de las habitaciones rediseñadas. Todas tenían colocado un rótulo que indicaba el número del aula en un recuadro blanco de letras negras. Las habitaciones del primer piso tenían todas números impares. Los números estaban escritos en ruso. Junto al mapa de la escuela colgaba una tabla de equivalencias entre el ruso, el español, el alemán y muchos otros idiomas. Un letra parecida a un T, representaba al número nueve. Por lo menos diez traducciones tenían los números y ciertas frases elementales así como el nombre de las instituciones de la ciudad, y de los números telefónicos de emergencia. Las luces principales incluso parecían calentar el aire. Pero el aire sólo llegaba hasta las gradas. En aquel lugar, las fotografías ya no eran de personajes ficticios o de filmes antiguos. Las gradas, que tenían forma de espiral mostraban imágenes de producciones hechas dentro de la institución. Cada fotografía estaba enmarcada dentro de unos arabescos oscuros de bronce o de hierro, los cuales daban o tenían la apariencia de ser muy antiguos. En cada de una de las fotografías aparecía el sello institucional, en un sitio estratégico de la fotografía. Si la imagen era horizontal, el sello ocupaba el centro de la imagen. Si la foto era vertical, el sello ocupaba el costado izquierdo. Los arabescos parecían haber representar el descongelamiento del hielo o el vapor de una taza de café. Debían existir por lo menos ochocientas fotografías y todas producidas por gente distinta, los nombres parecían no repetirse. Las imágenes menos divertidas eran aquellas donde la fotografía había sido al parecer intencionalmente desenfocada. Esas imágenes parecían fotografías tomadas con un lente macro pues la piel y sobre todo los músculos parecían inflamados. Entre esas imágenes había mandíbulas abiertas, brazos extendidos, balones o pelotas de tenis, por ejemplo la pelota fotografiada parecía dirigirse directamente a la cámara mientras al fondo, como en una sombra se podía advertir el movimiento de una raqueta. Uno de los jóvenes miraba las fotografías al igual que yo. Entonces él me pregunto que qué pensaba de aquellos sellos repetidos en cada imagen. Tras responder, el resto de jóvenes estaban de regreso.

El café se evaporaba dentro de los vasos blancos. Los jóvenes llevaban en sus manos pequeñas piezas de pan, otros acompañaban la bebida con un cigarrillo, yo jugaba con mi vaso lleno de chocolate y giraba sobre mis pasos buscando un sitio seguro. De ese modo conocí a los personajes que habían pasado por aquel lugar, por ejemplo se decía que Bjork se había inspirado en las salamandras de la sala principal para escribir su tema Sacrifice. Me parecieron verdaderas deidades aquellas salamandras que brillaban en el centro de la sala, al acercarme pude sentir el fuego que guardaban en su estómago. También alguna joven hablo de la importancia de aquellas mesas hechas con la madera de la casa de un poeta excéntrico de la era industrial. En un país como este un poeta sólo podía provenir de la aristocracia, y eso se notaba en las mesas que parecían estar pegadas al suelo de aquel sitio. Intenté grabar mi nombre pero no quedaba espacio, escribir era innecesario pues todo estaba escrito. Sin embargo besé las patas de aquella mesa con el fin de convertirla. Otra joven que venía desde la luz del sótano dijo que acababa de pelear con Orson. El muy canalla, dijo ella. La luz del sótano parecía salir de una garganta, también se escuchaban unos gritos en un idioma parecido al inglés, abajo las cosas se quebraban, cristales, sillas, yo imaginé una gran llamarada donde sobresalía una pintura, un retrato enmarcado en un marco plástico. Alguien me confundió con uno de aquellos personajes de la televisión humorística, igual firmé un autógrafo, besé la cabeza de un bebé vestido todo de negro que hizo una mueca tan perfecta como sus zapatos negros. Los llamados alumnos del nivel inmediato hablaron en voz alta, tanto que una de las salamandras palideció. Entre las peticiones había la de aquel que quería a Buñuel de regreso, otro que juraba haber tocado con Alice in chains, otro que mientras fumaba uno de sus cigarrillos camel, sonreía mientras explicaba que ellos eran Alice in chains. No cabía duda, pues el tema que tocaban era uno llamado The seat, yo lo llevaba tarareando desde que salí de Lima. Aquellas vueltas me llevaron a tomar asiento junto a Helen Sandferd quien leía un periódico del año 1981. Le pregunté por las noticias de la mañana pero ella explicó que las noticias no estaban escritas. Miré el periódico y los titulares referían a fórmulas químicas, quizás, o a algún tipo de receta para preparar un platillo exótico. En una de las hojas interiores estaba impresa la fotografía de un plato lleno de carne, tomates, un huevo frito. Los ojos de Helen eran azules como el hielo, es decir, brillantes, y como si dentro hubiera encerrado un pedazo de caramelo. Al terminar mi chocolate la salamandras agitaban sus puertas hasta cuando un joven obeso las cerró usando una llave antigua. El joven caminaba sin mirarnos, como si supiera el camino de memoria, incluso parecía que al cerrar a las salamandras no usó sus manos. Creo que miré por debajo de la mesa y pude ver que el joven obeso no tenía pies, Al salir de la sala la mitad de los jóvenes había desaparecido, quedaban las sillas sobre el suelo que empezaban a ponerse de pie por sí solas. Al salir de la sala miré en busca de algún director de teatro famoso, pensaba que podría llevar mi guión a los escenarios pues acaba de terminarlo gracias a la imagen y los cristales rotos dentro del sótano. Junto a mí cruzó Peter Mayhew pero su lengua parecía sufrir algún tipo de transtorno ya que lo que dijo era un insulto a cualquier madre de familia. Lo seguí con la mirada pero los extintores de la pared lo ocultaron. Luego se acercó Violeta para recomendarme la nueva sala de visualización. La seguí mientras las puertas se abrían como en una de esas películas de la trilogía Air y en la sala encontré a varios jóvenes que como yo tenían unos segundos extras. Los jóvenes apuntaban datos sobre pequeñas libretas mientras las imágenes en las pequeñas pantallas se movían con demasiada rapidez. Donde antes estaba un rostro luego sin demora se abría y cerraba una mano. También las imágenes pasaban del color al negativo y de un iris a la pata delgada de un insecto. Violeta al igual que yo miraba pero a diferencia de mí parecía sorprendida. Cuando habló, las imágenes dejaron de vivir, es decir, dos líneas grises e irregulares las cruzaban como en una mueca, la segunda del día. Entonces yo miré mis manos y noté que empezaban a desaparecer. Sonreí profundamente. 

2/10/12

Etsa mejoraba cada día su puntería. Se sentaba cerca se ellas y esperaba. Las aves parecían quedarse quietas, como si supieran que alguien estaba allí por ellas. Esa era la actividad que ocupaba su día, no la favorita pero sí la que tomaba más tiempo: cada mañana debía buscar aves para Iwia, a pedido de él recorría cada palmo del bosque armado de su serbatana, sus dardos y su shigra. Iwia, su padre adoptivo comía aves como postre a cualquier hora del día, por ello Etsa no temía atrapar todo tipo de aves, grandes, redondas, dulces, rellenas de fruta o envueltas en achira. Sólo las aves mantenían tranquilo a Iwia. Etsa, afinaba el ojo hasta que los cuerpos caían apenas pertubados al ser alcanzados por los dardos. Durante ocho años Etsa nunca falló un solo disparo, ahora él tenía ya 16 años.

Etsa poco a poco olvidaba el rostro de sus padres, con el tiempo y luego de intentarlo varias veces había aprendido a no esperar recuperar su imagen. Cuando Iwia le contó que unos Ledes, seres de una tribu extranjera los habían secuestrado Etsa sintió tristeza pero el abrazo de Iwia lo reconfortó, entonces por primera vez lloró en su hombro. Muchas veces mientras caminaba iendo o regresando del bosque pensaba en cómo lucirían los seres de la tribu Lede. Los imaginaba monstruosos, de formas inexplicables, Iwia había dicho que ellos vivían colgados de las ramas en los árboles aunque luego del diluvio ellos parecían haberse extinguido. Etsa siempre antes de cazar miraba hacia las copas de los árboles y aunque se sintiera mareado no dejaba de buscar esperando conocer a los Ledes, a ver si atrapaba uno y hacía que le devolviera a sus padres.  Después de mucho mirar sólo encontraba ramas y tras las ramas un cielo a veces azul otras veces oscuro.

A veces Etsa atrapaba aves astutas como la lechuza de páramo, un ave grande y gris que bajaba a la selva en busca de un sitio húmedo para construir nidos. Una mañana en que Etsa resbaló por una pequeña pendiente, descubrió un nido al que Etsa estudió por varios días. Lo que descubrió le abrió el camino a un nuevo tipo de caza ya que bajo la pendiente halló un nido subterráneo en el que las aves permanecían varias semanas. A hurtadillas se acercaba para no sólo atrapar a la lechuza pues bajo ella habían huevos aunque no eran sabrosos. De uno de los huevos atrapados una vez salió un ave muy pequeña. Hasta las montañas se escuchaban a sus madres graznando, ese era el mejor momento para atraparlas pensaba Etsa, las tomaba del cuello, para Etsa resultaba una doble caza. Varias veces las guardó dentro de su shigra de piel en la que cabían raciones para dos días. De regreso a cada las aves guardaban silencio. Etsa volvía silbando canciones shuaras, a veces las aves dentro de la shigra parecían escucharlo o, haberse quedado dormidas.

Iwia era un ser extraño. Sólo después de deborar las raciones de días y para varias personas él sonreía, pero cuando se descubría a sí mismo tan contento parecía contenerse, entonces su rostro parecía oscurecerse. Etsa e Iwia vivían solos en una casa hecha de raíces en un lugar bajo. Cuando Etsa le preguntaba por su enojo Iwia respondía que las aves estaban muy jóvenes, aunque cuando las aves eran grandes, Iwia respondía que debía atrapar especies para Iwia, no para niños. Iwia es como el sol decía hablando de si mismo, necesita toda la fuerza para volver cada día. Sin embargo, pensaba Etsa, Iwia no hacía mucho más que caminar alrededor de la casa, aunque quizas perdía energía luego de gritarle a los árboles. Para Etsa era gracioso ver a su padre adoptivo pedir a los árboles que crecieran más, cubran mi hogar decía, la sombra es buena para el agua explicaba a Iwia. Los árboles parecían escucharlo pues el viento hacía que sus ramas se movieran como si se comunicaran entre ellos. Sin embargo nunca ocultaban el paso del sol.

A Etsa no le gustaba ni mucha luz, ni mucha sombra, había comprobado que podía ser feliz con un poco de lo uno y de lo otro. Lo descubrió una tarde cuando el sol fue escondido, escondido dijo Aren, uno de los niños que se animaba a caminar por los dominios de Iwia. En las noches Etsa sentía que la tierra temblaba, además de él también lo sabían los animales como los reptiles que seguían despiertos. Incluso era posible escuchar a las plantas crecer, Etsa colocaba el oído en el suelo, lo afinaba y percibía a las raíces incrustándose y creciendo de manera invisible. A veces soñaba con plantas que tocaban un punto anaranjado, brillante como una llama, entonces despertaba lleno de calor. 

Etsa también intentaba atrapar el sol, cavaba un agujero en la tierra y lo llenaba de agua. Al medio día encontraba el reflejo del sol en su espejo de agua y lo cubría con ramas u hojas de palma. Luego de unos minutos quitaba las hojas para llevar al sol a las cuevas Mitas pero descubría que su pequeño reflejo ya no estaba. Otro día pensó que sería mas fácil atrapar la sombra. Esa mañana estuvo muchas horas sin moverse tratando de comprender por que su sombra sí lo hacía al igual que la de los árboles y la de los pumas. Por la noche no había sombra, a menos que hubiera luna, ellas temen a la noche se decía, y saltaba de alegría pensando ser más valiente que ellas pues él a veces salía de caza por un postre nocturno cuando se le antojaba a Iwia. Un día corrió lo más rápido que pudo, su vestido parecía la cola de una Guacamaya, quería dejar atrás a su sombra. La sombra siempre estaba a sus pies.Tiene la misma fuerza que yo por que ambos crecimos en la selva pensó Etsa.

Un día el bosque se encontraba en silencio. Eso era raro pues el bosque nunca calla pensó. Lo que ocurriría parecía haber sido anunciado en sueños. Luego de cazar tantas aves, éstas se habían terminado. Terminar entendió Etsa quería decir que algo que una vez hubo, como las aves, nunca más iba a estar, el fin del canto, o el vuelo o el esconderse entre las ramas de él y su serbatana. Etsa no supo si sentirse feliz o preocupado. Qué llevaría a Iwia, quien siempre advertía que sin aves era mejor no regresar. Al mismo tiempo se sintió importante, creyó que al haber acabado con todas las aves había hecho algo único, se miró a sí mismo, tan chico aún, recorriendo toda la selva, la que ya conocía y que inexplicablemente comenzó a extrañar. Sin saber muy bien qué hacer se sentó junto a una Garratoa y cerró los ojos pero sin quedarse dormido. En algún momento entre aquel silencio sintió que estaba siendo observado. Cuando abrió los ojos descubrió frente a él a una perdiz que lo observaba a poco más de un metro de distancia. Ambos se miraban como si se conocieran de hace mucho tiempo. El ave era pequeña y roja a diferencia de él que ya tenía más de quince años y llevaba pintado el rostro de azul. Ninguno tuvo interés, ni la perdiz ni Etsa de moverse. Un viento recorrió la selva de un extremo a otro.

Luego de escuchar la historia de la perdiz, Etsa se sintió abrumado. Sus ojos miraban a todos lados, buscaban algo, algo que parecía lejano. Ahora él también sabía que ella era la última ave en la selva. Etsa se preguntaba si todas las aves que él atrapó también sabrían hablar, Wanata leyendo su mente dijo que sí que no sólo las aves lo hacían sino todos los animales de la selva, hablaban pero de modo que no lo supiera Iwia, un ser al que temían. Él es la oscuridad repitió Wanota, asi es como se llamaba la perdiz. Etsa aprovechó para preguntar por sus padres, pues sentía que habían cosas que se le habían ocultado. Wanota habló de Iwia y de los seres que habitaban dentro de él, son seres de luz que hablan desde la oscuridad, por mucho que oscurezcas a un ser de luz nunca lo podrás callar dijo Wanota. Etsa recordó el vuelo de todas las aves sobre los rayos del sol, su memoria dibujaba las siluetas a contraluz desapareciendo entre las copas de los arrayanes. Wanota habló de sus padres, de cómo Iwia los había secuestrado y devorado, Iwia te ha atrapado porque te teme dijo Wanota, él adopta la forma humana para vivir sin ser molestado.

Etsa sabía que ya no tenía por qué volver. Ahora lamentaba haber acabado con todas las aves, sólo para alimentar un engaño se dijo sin quitar la mirada de su serbatana. Por un momento recordó cómo preparaba las armas para la caza, como cortaba la corteza para preparar el paralizante. Pronto supo diferenciar un Amanita de un Lluigo, aunque ambos crecían bajo las mismas rocas. Divangando sintió que su cuerpo perdía fuerzas y también escuchó varias voces que le hablaban de la selva, que parecían estar muy molestas.

Wanota había dejado la parte más importante para el final. Viendo a Etsa tan desmejorado le habló con un tono solemne, con una voz propia de seres más antiguos que el viento. Tú no puedes sentirte mal dijo, túeres el hijo del sol. Etsa no entendió, creyó que Wanota le culpaba de que el sol desapareciera por las noches. Wanota explicó con calma, tú eres Etsa dijo, tu nombre significa poderoso sol, amado sol. Tus padres te llamaron de este modo por haber iluminado sus vidas. Etsa recordó a sus padres, ambos vestían trajes rojos como la piel del tucán. Etsa vió a un hombre levantándolo hacia el sol, el brillo lo cegó por un segundo. Dime como quitarme la oscuridad dijo. Wanaota voló para quitar la serbatana al muchacho. Sopla a través de ella las plumas de las aves que atrapaste, dijo. Etsa sopló las plumas a través de su larga serbatana. El silbido atravesó los costados del bosque hasta la medianoche.

De la serbatana salieron todas las especies que Etsa había atrapado. Era un lluvia de varios colores. Etsa olvidó todo lo que había vivido, como si fuera la primera vez que se sintiera libre. Las voces molestas ahora parecían cantar, Etsa sentía que la selva lo hacía parte de ella, como si lo aceptara.

18/9/12

Thorgerson


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Vivir la vida de otro. Tener el superpoder de otro. Llenar la bañera con la piel prestada. Morir seis veces. Resurección, perturbación, caminar sobre pliegues, hundir los pasos hasta el cuello, colocar cemento en las venas, secar al sol, ser regado por una manguera, estirarse hasta entrar en los tubos, el cuerpo ocre, los brazos húmedos, la risa desencajada, la piel arrugada. Llevar ropa en los bolsillos. Usar guantes en los genitales, colgar los libros en el tendedero, usar pinzas amarillas, rezar, inventar un mantra y quitarse la cápsula del cráneo, quitar el oxígeno, guardar en el refrigerador los pulmones, llenar una taza con avena, retar al sol de la tarde, sentar un precedente, escribir una escena, vidas prestadas, alicia fabrica llaves, pintar el balcón, cerrar la jaula, beber agua roja, radiografía, funda plástica sobre el rostro, mirada zen, capa reversible, un pájaro, un avión, sentarse al borde con la mirada sobre los cortados contornos del continente.

La hora y el fin de la clase. Los últimos ajustes, la mano, la fila tras el interruptor, el que apaga, la mano sobre los hombros, el fin de la coincidencia, una cucharada, goteo, sonda.

Su llanto llega a mis pies. Su tamaño es el de un pulgar. Un pulgar de alto. Pesa, la espalda es su rocinante, tenemos jorobas por cabezas, él descansa, usa el hueso como almohada, el sol revienta, las puertas son más pequeñas, desaparecen, caben llaves en ellas, una llave de alto, ella cuelga sus ojotas, ella tiene la cabeza en los pies, ¡cuánto tiempo!, el sol revienta, él grita para que lo carguen, los camiones aceleran, la multitud se conmueve, los televidentes encienden sus radios en los comerciales, la moto aparca, hay formas pero él las evita, él baja con el embrague aplastado, hay una coincidencia, pues nadie lo vio venir, quizás el guardia, a él ya no lo escucho, debe estar con su biberón, él es un sobreviviente, trabaja pero no para él, por giros son vecinos, yo los miro, tras la tela, mi corazón inflama al pecho, miro mis pies y el borde, toma aire, ellos piden cocol.

Miro la pared. Parece no tener intenciones de moverse, muevo mis manos saludándola, no reacciona a mis gestos. Camino frente a ella. La cruzo por delante, de izquierda a derecha o lateralmente, desde adentro hacia fuera o acercándome y alejándome. Al regresar siento su superficie con mis dedos, apoyo mi rostro en ella, abro los brazos para tomarla, la atrapo por segundos, empeño toda la fuerza, la cargo, la levanto por segundos, quedo desintegrado. La pared sigue de pie. Tengo los brazos abiertos en el suelo, al igual que las piernas. Un camión cruza, su ruido es intenso, mueve, estremece. El pito de un auto más chico sirve luego de preámbulo para otros ruidos menos fuertes como el de un auto de motor más chico, una ráfaga de viento, una bicicleta que avanza sin ser pedaleada, una funda plástica o quizás una hoja de periódico, otro auto de motor pequeño. Yo continúo en recuperación, cae, desplómate, digo, ella sigue en pie, yo hago tijeras.

Camino hacia la ciudad. La pared emite un campo de atracción. El campo detiene su efecto antes de que mi cuerpo la toque. Internamente lucho por despegarme de aquel campo. Internamente sufro las consecuencias que incluyen acercarme más a ella por lo que dejo de tirar. La posición última de mi cuerpo es escandaloso, como la de un contorsionista, como si avanzara y olvidara hacia donde iba, los ojos fuera de órbita, como si llegaran y los trajeran de regreso, pero también como si aún estuvieran allá y alguien los regresara. El campo. Los dedos logran movimiento. Los estiro y los contraigo, arranco materia oscura y monóxido. Un camión veloz cruza muy cerca, internamente estremece, cuando algo interno sucede muerdo mi lengua. El camión veloz salta sobre un bache. Un ciclista frena a raya. La materia oscura es firme. Mis brazos forman un bolsillo hecho de materia. Pienso que debo haber rasgado el tejido. La pared debe estar pidiendo órdenes antes de atraerme. Logro colocar los codos dentro del bolsillo. La materia es firme aunque la deforme, la materia está fría, los codos me sirven de palanca, cuando los afirmo sobre la materia digo: a la cuenta de...

Antes de domir doy giros sobre la cama. La cama es baja y no hace ruidos. Busco el sitio, encontrarlo para inmovilizarme, lo encuentro pero en dos segundos desaparece. La ventana recibe las intensidades. En la pared se forma una sombra. Lo noto después. El sonido ha cambiado. Hay un ruido estático. Pueden ser las corrientes. La oscuridad es parcial. La cortina está encendida. La pared llena de orificios. Uno o dos de gran tamaño. El silencio está cerca, respiro con fuerza, ese es el sonido, lo hago durante rutinas, veinte inhalaciones y exhalaciones, las cuento, salto cifras, llego a cincuenta, el aire es fluido, la congestión ya no está, la limpieza es negra, al exhalar limpio la habitación, su solidez estimula, una bomba no la derribaría, son seis paredes, comprendo la cifra, exhalo en múltiplos de 3, hay tres sonidos tenues, hay dos perros que ladran, hay un ruido de ventana de hierro, el tercero soy yo, intento cubrir ruidos imperceptibles para recuperar el sueño, está en el sitio que inicialmente encontré, regreso lo cubierto, cuento hacia atrás los giros, el perro ladra cada vez que me detengo. Los orificios quietos, nos miramos, sonreímos.

Por la mañana inicié el trabajo. Coloqué medias limpias a mis pies, eso se notaba en el paso, en el caminar. Intenté seguir un ritmo parejo hasta que las huellas fueran acostumbrándose. La casa está en la parte alta de la ciudad lo que le añade varios pisos, realmente mi trabajo está mucho más allá de los límites, más cuando subo la escalera. La escalera siempre tiene medio cuerpo fuera pues la grada no es muy profunda. Soy yo y los vecinos del 20 quienes escuchan música para entregarse con furia, sin luces, iluminados por la voz de los Elevadores y de los Hermanos Pastel. Ya no cierro la ventana como solía hacerlo, pero pronto deberé asistir a trabajar con auxiliares, y si ellos ocupan el espacio, cómo colgaré los parlantes. Ahora mismo al colocar la escalera los llevo puestos, suena algo de los ingleses, Pequeña alma dice la pantalla y alguien le dice princesa eres la pequeña alma en este pequeño sitio llamado universal. Tomo el primer foco, hay que considerar el ritmo, pues cada escalón es parte de la secuencia o loop o línea, sonido rumbero en ralenti, depeche latina, miro el foco, si lo fabricara serían los Modewatt. De ese modo voy quitándoles los focos a la casa con cuidado y al ritmo del ramdom, me llevará una hora, en total un número par de bombillas distintas entre ellas, tanto que mi correa ha sido adaptada para cuatro tamaños, desde abajo se puede ver las diferencias en los arcos de cuero. Son cinco habitaciones, todas tienen la bombilla colgada en el centro, cuando subo suelo girar el cuello pues las obligo a mirar. Eso es raro pues con el cuello de ese modo parezco un ganso atrapando insectos.

La pared tiene pintura blanca. Yo me acerco a ella pero también procuro retroceder los mismos pasos que adelanto hacia ella, siempre de adelante hacia atrás, primero tengo un plano cercano de la pared en el que distingo sus fisuras y el material del que está hecha y luego al retroceder intuyo su tamaño, ella es más alta que yo, y de lejos noto zonas donde parece faltar una mano de pintura, es decir hay zonas manchadas. Al volver a acercarme encuentro en ella pequeñas perforaciones, quizás espacios donde antes estuvieron clavos, el orificio continúa a pesar de haber sido cubierto, es decir es visible y eso provoca que ella no tenga su superficie regular. Luego doy de nuevo cuatro pasos hacia atrás siempre avenzando de espaldas o de frente como si lo hiciera sobre una cuerda, es decir, cada paso cuesta el triple, es decir, merecen demasiado equilibrio, tras caminar de esa manera la sangre parece fluir de otro modo, más espeso como si más bien tuviera pintura látex en los nervios sobre el cerebro. Aunque la pared es blanca, tras ese mareo adquiere otro noto, algo rojo u ocre y parece que ella se acercara, quizás vencida espera que yo la sostenga.

Más tarde vuelvo con el tema de la pared blanca. Pero esta vez enciendo la luz. Las marcas vuelven a presentarse, la superficie está llena de varios poros y líneas que empiezan en algún lugar y terminan en otro sin dar cuenta de un patrón. Toco las líneas y las sigo con los dedos e intento que las líneas se alarguen o lleven a un sitio distinto pero profundamente quiero que las líneas no posean dirección. De modo que aunque encuentre alguna característica distinta no la considero, la salto, el dedo la cubre. Lo extraño es que aparecen nuevas características, de pronto la pared tiene muchos rostros y líneas y direcciones por lo que los dedos faltan y comprendo que debo buscar más manos. Lo que encuentro es un marcador de color negro. Luego de pensarlo y de varios intentos por escribir, decido aclarar las marcas de la superficie. Añado y subrayo lo que voy hallando, evitando que las figuras puedan reconocerse a primera vista. Un punto del marcador tiene haces desiguales, pero ya que es un marcador que necesita una pared no los hago perder tiempo y los convierto en parte el uno del otro. Luego de pulsar el marcador sobre la pared hay varios puntos que no tienen dirección ni forma ni propósito. Los miro sentado frente a ellos y al fin dejo de cantar internamente aquel mantra que empezó cuando vi la pared blanca por primera vez, un mantra que me obligaba a mover como un pedal los dedos gordos de ambos pies, de algún modo creo que antes de dormir volveré a estirar esos dedos. Sin embargo y antes de levantarme decido estirar una última vez los dedos. Hay varios músculos del cuerpo a los que desearía estirar.

Sostengo los brazos a una altura cercana a los ojos. De esa forma ubico en ellos las huellas y las marcas que ha dejado el paso del tiempo. Al mismo tiempo observo el clavo del cual colgaba un reloj de pared. Su mecanismo ya es sólo un recuerdo, pero la habitación aún es receptáculo de toda clase de ruidos empezando por los de mi piel. Entre el antebrazo el brazo mismo cuento por lo menos 10 zonas dentro de las cuales se pueden hacer otras subdivisiones. Pero a breves rasgos hay 10 lugares que miro con insistencia intentando memorizarlos. La nariz parece estar al tanto de el examen pues se despierta con ánimos de que la rasquen y después de hacerlo hay más zonas como la de los testículos que piden ser atendidas. Un avión cruza a cientos de metros de altura con dos motores que requieren atención, su sonido es más agudo señal de avería. Miro el tarro lleno de ropa por lavar para subrayar la idea del motor. Llevo cuatro minutos dentro de la cama, desnudo, el estómago hinchado y peludo forma una burbuja con el edredón.


Cuento las marcas sobre cada pectoral, encuentro una simetría de seis zonas sobre cada uno. El foco parece vibrar y su resplandor toma una coloración verdosa que debe ser el producto de una cerración de los conos. Pienso en palabras vulgares y sobre todo ofensivas lo que provoca que alguien en la casa vecina mueva algo pesado o sacuda una alfombra por la ventana. También pienso que ese sonido es familiar pues por las noches parecen realizar actividades de limpieza. Varios puntos de cuerpo como la cintura y la raíz del cuello y la muñeca sufren alteraciones que me hacen pensar y mirar con insistencia el modo en que estoy armado. Las uñas alcanzan esos sitios pero no sólo rascan sino que las obligo a entrar y lastimar. Un auto cruza velozmente por la autopista cercana. Las uñas tienen podredumbre de color café. Los dedos como los meñiques tienen marcas de los pellejos que han sido arrancados. Cerrar los ojos es inútil pues el ruido de la piel rasgada es poderoso.

La cama tiene el respaldar contra la pared. Tengo la espalda apoyada al respaldar, de esa manera doy la espalda a la pared que de todas formas mide más de tres metros por lo tanto observa mi actividad. Continúo rascándome el cuerpo con insistencia y poco cuidado. Decido buscarme otro rostro que se parezca al rostro de un simio tan violento como King Kong. No es difícil y más bien siento que los músculos toman unas posiciones largamente conocidas. Pruebo a mirar al techo donde se junta en un vértice la pared, pruebo a estirar los músculos para dar forma a una gran sonrisa en caso de que se trate de un King Kong made in Broadway, miro mis zapatos rojos para subrayar la idea, luego pruebo a colocar el rostro de lado como si se tratara de la pared de uno de esos asuntos policiales, hago el movimiento para que la imagen resulte en un perfil derecho y un perfil izquierdo al mismo tiempo que la sombra que sobre la pared tiene una altura inferior a la de mi cuerpo. Lo que tengo del gorila además de la mugre en las uñas es el estómago que hincha como burbuja la manta y la sábana. Un camión cruza la autopista, luego de un silencio largo.

Luego de pensar en las palabras vulgares y ofensivas recibo varias respuestas que intentan calmar el ánimo, que al mismo tiempo intentan intimidarme. También hay observaciones y pedidos para restablecer la calma, voces alarmadas que parecen pedir respuesta como si ya no esperaran un final feliz o un mundo distinto. Entre los libros encuentro uno azul titulado: nuite.

La pared es amarilla con varias direcciones y líneas cruzando y dibujando capas o territorios internos conquistados. Mi sombra antes que ocultarlos los vuelve más firmes como si los profundizara. Los dedos de la mano tiene también varias líneas sobre todo en la zona de los nudillos. Quizás, pienso, la mano es una prótesis del muro. Intento que el muro abra las puertas a la extremidad, la llamo del mismo modo que uno llama a una puerta. El refrigerador enciende su motor o su sistema nervioso. Acerco la vista a la pared pero no hay luz que filtre, del otro lado parece no existir más que un pozo y otra pared. Comprendo que la segunda pared ha intentado salir a través de la primera pues no se entiende que hayan tantas marcas. Mi rostro sobre la pared es una circunferencia donde se podrían dibujar unas manecillas y algunos números en orden descendente. Miro la toma eléctrica de la que cuelgan dos cables, el uno que se dirige hacia arriba y el otro que se dirige hacia abajo. Busco otro símbolo pues resulta que uno de los cables es blanco y el otro negro. Miro hacia la boquilla y la encuentro sin focos.

La pared me mira. Yo me detengo frente a ella. Procuro no respirar hasta que todo pase. Su insistencia me empuja a salir apresuradamente. En realidad ya estoy lejos. En realidad puedo ir y volver, para demostrárselo giro los globos oculares con rapidez, los traigo de un extremo al otro varias veces hasta cuando parecen querer dirigirse al frente. Eso no parece intrigar a la pared pues ella sigue de pie y parece no tener ninguna intención de transformarse. Yo he seguido de pie frente a ella como un hombre que camina frente a una pared al que de repente le pausan la existencia. Es decir por mis mínimos movimientos además de los oculares represento un fotograma pero según se lo mire también un cuadro figurativo. Es inútil describir lo que hay adelante de mi cuerpo, porque, la imagen o el fotograma ha sido tomado de frente a la pared y de perfil a mi cuerpo. Sin embargo y acercándonos un poco con un lente capaz de acercarse notaremos propiedades existentes entre la pared y yo. Por ejemplo la sombra que parece no ocupar espacio. También las partículas de hidrógeno que rebotan y desaparecen.

La sombra entre la pared y mi cuerpo parece no ocupar espacio pero si colocara varias sombras una encima de otra ocuparía el espacio real entre la pared y mi cuerpo. También puedo llenar ese espacio acercándome a la pared pero ello ocasiona distorsiones y falsas proporciones. Pruebo a alejarme hasta perder la sombra pero el espacio que pierdo en la parte trasera me obliga a dar dos pasos hacia adelante. Comprendo que quien haya pausado mi desplazamiento no ha estimado la futura ausencia de espacios vacíos. En realidad puedo solo respirar y dejar que el corazón siga bombeando sangre pero supongo que el oxígeno pronto reventará esta imaginaria nube más cercana a una funda plástica que me rodea. Luego veo otro futuro como el de las salchichas envasadas al vacío. Es producto de la pausa física. Busco con dificultad dentro de los bolsillos un objeto puntiagudo pues de ese modo perforaría la envoltura. Al no hallarlo siento el cuerpo caer hacia adelante pero con fricciones. Un plan distinto sería pronunciar palabras agudas o con hiatos. Grito hiatos hasta que la pausa termina.

La pared mantiene silencio. Al igual que yo parece respirar la menor cantidad de oxígeno del ambiente, lo cual supongo conveniente pues entre ambos acabaríamos con las reservas del sitio. Supongo que hemos llegado a un tipo de acuerdo pues nuestra comunicación parece ser una de tipo ideal: yo susurro palabras sobre su superficie y ella me devuelve silencios y movimientos que sólo yo logro interpretar. De ese modo, interpretándola, dejamos que la tarde caiga sobre nosotros cubriéndonos de su sombra y su brillo amarillo que nos empuja motivo por el que debo constantemente cambiar mis posiciones. Si ella es empujada yo debo susurrar con más fuerza lo que siento por ella, al punto que las palabras se vuelven líneas e hilos que nos acercan o nos unen como si se trataran de una prenda de vestir hecha de hilachas, o cabellos largos y separados por una mano invisible que en realidad es una corriente de aire. Ese movimiento de membranas no es visible pero entre la pared y mis palabras o sea la superficie y las palabras hay una calle en un sentido por la que circulan autos a varias velocidades y con las luces encendidas o con los baldes llenos de personas que bajan y saltan antes que el semáforo los detenga. Al caminar esas personas sin saberlo cruzan entre la superficie y los labios.

La pared tiene una superficie muy irregular. La mano sobre ella no podría detener una hipotética caída. Hago presión hasta cuando siento que la piel de la palma no puede con aquella superficie. Igual detengo el hipotético desplome más de lo que una mano o piel podrían haberlo hecho. El resultado es bastante predecible. Cuento los agujeros en la palma. Son varias perforaciones que han enrojecido las líneas y los montes que de por sí ya eran rojos. Supongo que este nuevo mapa abrirá el abanico que la ciencia había buscado. Coloco entonces el rostro sobre la superficie pero no para aguantar el desplome sino más bien como quien quiere ser impregnado con la sabiduría o el poder de otro. El poder de la pared es doble, es el de su superficie, la que ahora está marcada en el rostro y la de su imposible interpretación. Comparo los agujeros de la palma que empiezan a desaparecer con los del rostro y los de la misma superficie siempre elevando los mapas hacia la luz del reflector más cercano como si en esa luz estuvieran los químicos reveladores. Luego desaparecen y mi cuerpo queda separado de los rastros. Tomo un papel y un lápiz y transcribo o calco una parte, quizas un uno por ciento de toda la escritura. Antes de doblar el papel lo levanto hacia la luz de tungsteno. Una pareja cruza junto a nosotros cargando entre ambos una bolsa oscura.

La pared tiene varios objetos sobre ella. La música invita a levantarse pero parece que los dedos sobre los teclados bailan su ritmo, cada vez con más frecuencia y a veces deteniéndose en una pausa larga sobre la que bailan otros cuerpos como los de monedas y billetes recién fabricados. Sobre la pared hay un espejo alargado que oculta uno de sus lados. El espejo tiene una dimensión considerable que sobresale de la pared. Su filo tiene una coloración verdosa. Intento que mi rostro se refleje en él pero los obstáculos impiden conocernos. En vez de mi rostro aparecen los bordes de un mueble de madera y los orificios de un ventilador. También sobre ellos se refleja una caja que parece ser un motor para producir neón por las noches. Junto al espejo hay un cuadro que contiene la fotografía de un mapa del mundo. Un mapa donde se distinguen las principales elevaciones de los continente. Por los parlantes sale la voz de Blondie. La foto parece tomada por satélite, incluso los polos tienen esa textura tan propia de los hielos y del agua congelda. Su marco es azul, algo estrambótico para la imagen pues llama la atención por sus formas curvas, como si fuea de fantasía. La voz de Blondie se apaga cada tanto pero bajo ella corren los ruidos de camiones o buses que circulan a pocos metros de la pared. Sin embargo tengo mi brazo junto a ella que parece interesada en evitar la entrada de la calle. Yo la miro, creo que no sabe, la miro usando los conductos nasales.

La pared no emite sonidos, aunque sus rocas busquen la superficie del suelo. Es peligroso detenerse frente a ella y casi siento su peso balancearse como un martillo sobre mi cuerpo que logra mantenerse sin ser empujado bajo tierra. Esto se debe principalmente a la composición interna de mis órganos que han drenado los metales y componentes férricos. Sin embargo tampoco logro flotar y elevarme del todo, pues, aquel peso invisible de la roca, actúa otra vez como un campo de fuerza, más bien como si fuéramos dos polos opuestos. Entre nosotros se inflama aquel campo. Sus usos serían ilimitados de no ser porque cada roca vive dentro de sus confines, que en este caso equivalen al doble de mis brazos abiertos. Horizontal y verticalemente. Realizo varias cruces con los brazos abiertos hasta abarcar totalmente la superficie. Más bien actúo como un asterisco. No hay señales de mi puntuación, pues, el campo es invisible, y las huellas desaparecen como si se evaporaran. Abro y cierro las manos intentando evaporar al campo para marcar la superficie. Mis manos tras varios intentos se contraen. Al fin observo que uso los instrumentos inadecuados. Entonces tomo una fotografía de la pared.

La pared está dispuesta a no dejar que la resuelva. Le muestro los libros que he leído en el último mes. Se los pongo delante para que escoja uno. En cuetión de minutos estoy sentado con las piernas cruzadas leyendo uno de los párrafos. El párrafo habla sobre los seres humanos y los seres inhumanos. La pared escucha sin emitir ruidos y sin intentar levantarse o salir corriendo. Dada la atención que pone la pared en mi lectura pruebo a escoger palbras sueltas. Tras preguntar a la pared si puedo escribir sobre ella me siento como si estuviera dentro de un tubo lleno de miel. Entonces escribo la palabra trópico sobre la superficie. Delante de la pared vuelvo a tomar asiento. Vuelvo sobre la lectura. Tras un corto párrafo comprendo que debo festejar esta nueva empresa. Del otro lado observo una tienda de licores. Indico que no tardo para que la pared no se preocue. Intento llevarla pero ella prefiere esperar. Mientras camino hacia la tienda voy pensando en la letra de una canción italiana. Claro que no sé italiano pero me basta con repetir una palabra como mantra. Al regresar tengo los labios en la botella y al sentarme junto a la pared continúo con la lectura.

La pared seguía en pie. La aparté con mis pies pero ella parecía inmóvil. La miré con mucha atención, en uno de sus costados tenía un bloque pintarrajeado. Me coloqué de espaldas hacia ella y con dos gestos la invité a ir a otro sitio pues la mañana había llegado. Ella no hizo ningún intento por subirse a mis espaldas o por adelantarse. Pensé que pronto llegaría algún morador con el fin de mirar si ella seguía en pie, la idea no era oportuna pero tampoco me convenció como para dejar el sitio. Tracé un círculo alrededor de mi cuerpo y volví a dormir. Al despertar seguíamos en aquel sitio. Cuando un oficial se acercó yo tenía todas las excusas para vencerlo. Al escucharlas el oficial sintió furia, su mano se elevó con el cacharro en la mano y por mi resistencia fui también derribado. La pared observaba toda la escena y su sombra llegaba casi hasta la esquina. Desde allí pude correr y tocar aquel bloque pintarrajeado de apariencia grotesca, una lengua de cemento saludaba a la luz del sol, las lenguas entre los bloques. El oficial volvió con sus cacharros pero esta vez los hizo sonar tan fuerte que la gente prefirió echar un vistazo. No importaba ello pues yo tenía los zapatos puestos. Sin embargo algo estaba saliendo mal pues corrían ríos por las comisuras, para ello mis pies dejaban rastros que seguían los pasos del enorme oficial. 

La pared está atrapada dentro de su cuerpo. Encuentro al subir sobre ella varias ranuras por donde se produjeron intentos de escape. Esas huellas han quedado como evidencia en caso de que se intentaran nuevas fugas. Las fugas son inútiles pues alrededor de la pared hay campo y pequeñas colinas que parecen pegadas al filo del territorio. El sol hace su trabajo y esconde los sitios seguros a donde la pared podría dirigirse. La única forma de escapar bajo esta luz solar es dando saltos, la pared podría brincar para evitar el control solar. Dar un salto hasta el agujero negro. Hay partes de otra pared que parece haber saltado. Están regadas y su rastro aparece y desaparece cada ciertos metros. El cielo está completamente azul. La pared debió haber entrado en el agujero. Discretamente me separo del sitio donde están aquellos rastros, aunque, no haya sitio seguro. Cada tanto vuelvo la cabeza hacia el cielo y cada tanto siento que el agujero sigue devolviendo su contenido. La pared sigue en pie y no da brincos. Intento saltar al agujero pero mis rastros parecen estar de regreso.

La pared mide treinta centímetros de ancho. Necesito ambas manos para detenerla antes de que se anime o infle. Ella deja que mi cuerpo la cabalgue, aunque literalmente ni ella ni yo nos movamos. Aún así las cosas adquieren un tono cómico, mis pies se clavan en la pared al tiempo que mis manos la acarician como si ya lleváramos kilómetros de selva, aunque haya el cielo azul de siempre, casi ella sobre mí o yo sobre sus treinta centímetros que dan un pie. Agotado descanso el cuerpo y la espalda sobre su superficie. Mi mano la acaricia pero ella sigue sus pasos sobre nuestro sendero, pues se mantiene firme nota mi presencia y mis manos pero ella sigue en los senderos sin planes de regresar o de aplastarme con su superficie tras perder toda su energía. La pared sigue de pie apuntalada de algún modo con mi cuerpo. El sueño cae apuntalando lo que queda del día. No han pasado muchas horas y tampoco parece haber vida cercana, pues, los sueños se vuelven claros y ausentes de palabras. Antes de despertar soy arrastrado por una imagen donde la arena de una costa o de una duna parece estar salpicada por plantas que se arrastran. La diferencia al despertar se debe a la insistente presencia de la alfombra. Al subir de nuevo miro la alfombra temo por la pared. Una auto diminuto cruza la autopista haciendo un ruido gigantesco.

La pared tiene una fuga por donde fluyen líquidos entre ellos algo que parece ser agua. Debe existir un ruido diminuto producto del paso del líquido, la historia que baja de toda montaña. Me acerco con todo hacia aquella huella oscura, cubriendo con los brazos abiertos cualquier filtración del exterior. Imagino que el sonido será gordo o grave o tan delicado como si agujas invisibles explotaran bombas de sonido alrededor y frente a la superficie, explosiones de aire. Tengo los oídos pegados al espacio entre la pared y yo, aunque ajusto mi posición la zona sigue insondable, pronto será la respiración y su sombra la que infle la membrana. Sin embargo decido anular los sonidos internos hasta dar con el de la pared pues llego a concluir que aquel líquido es la misma pared que está a punto de volverse vidrio. Las yemas brillas al tocar el vidrio que sigue silencioso dando sitio a algo que intento descifrar. El cuerpo que es mapa al mismo tiempo es bañado por las explosiones invisibles que inflaman la membrana mayor. Comparo mi superficie con la de la pared a fin de descifrar el significado de las explosiones las que han marcado sitios difíciles de alcanzar, entre los dedos y sobre la vereda por ejemplo.

La pared no se mueve a pesar de que llevo horas empujando su cuerpo. Mis pies resbala ya que el piso es de tierra. Sin embargo he cavado para que los pies se apoyen dentro de unos agujeros que parecen estar destinados a ceder en cualquier momento. De modo que es imposible empujarla de ese modo pues a cualquier momento puedo caer y golpear mi rostro con su superficie. Sin embargo intento profundizar los agujeros con el fin de un último intento que tiene la probabilidad de tenermo recostado y sin memoria hasta que salga el sol. Los agujeros tienen la dimensión de mis pies. No hay nada dentro de ellos además de tierra y pequeñas rocas, supongo las partes de rocas mas antiguas. No pierdo el tiempo ni me lleva demasiado trabajo hacer más profundos los orificios, de hecho hay diversión en usar los dedos dentro de esta maniobra, pues, la tierra ha sido compactada por las lluvias anteriores. Luego uso un trozo de madera para ablandar el sitio. La pared mira desde su acostumbrada posición y no se impacienta aunque tampoco decide cobijarme bajo su sombra. Sin embargo me canso rápido y busco su cobijo durante cinco minutos que parecen horas. Vuelvo con el pedazo de madera luego de picar en su superficie lo que me anima a destruir uno de sus costados de modo que ceda caiga y la pieda arrastrar. La veo de frente al sol y me aterra la idea de que al ser picada en sus bases y antes de caer decida saltar sobre mi diminuto cuerpo haciendo de él una papilla. No intento disculparme pero algo me hace alejarme antes de que ella pueda saber a ciencia cierta que ocurre, que tramo pues ella es capaz de descubrirlo. Antes lanzo el pedazo de madera el cual rebota mientras los orificios quedan descubiertos.

La pared me envuelve de pies a cabeza como a un tamal o una mazorca pues mis cabellos sobresalen por su lado superior. Si alguien encendiera un fósforo mi cabello mostraría los sitios donde la pared tiene problemas de pintura. Lugares que han perdido la uniformidad al haber sido golpeados por superficies similares, que se mantienen en posiciones distintas a la de una pared que envuelve algo que no es pared. Intento recostarme para probar la horizontalidad pero la pared mantiene su posición aunque quizás sucede que ella no sabe que la están ocupando. Alrededor mi cuerpo tengo su superficie pintada de blanco. Hay severas imperfeciones, sitios marcados por la presencia de otras paredes que quizás golpearon su superficie al tomar una posición distinta. La pared mantiene su altura como la de un humano de pie, la pared no es humana ni intenta serlo y espero que nunca intente serlo pues de esa forma no estaría siendo envuelto por una pared sino estaría siendo abrazado por una pared o lo que es peor siendo apreciado por una pared. Desde adentro tumbar a la pared, lograr que tome asiento o que de una vez se recueste. Ella es poderosa pues vive de la fuerza que yo propongo sobre ella, a mayor empuje mayor resistencia. Tras quedarme dormido sueño que abrazo a un muro.

La pared tiene un sonido que parece provenir del rebote de los ruidos que hacen los pies de las personas que caminan cerca así como de las llantas y los ejes de los autos que circulan a altas velocidades en direcciones diversas. La pared mide quizás una cuadra de largo y su altura y superior a la punta de algunos árboles pero sobre todo es imposible que alguien de mi estatura pueda mirar sobre ella. Salto para comparar mi estatura con la de ella pero es imposible no querer treparse o llevar una escalera de mano con la cual trepar hacia su corona y caminar en el borde con los ojos cerrados. Sin embargo abro los ojos frente a ella y encuentro cemento que ha salido de su cuerpo producto del peso. Mis dedos intentan empujar esas variaciones hacia su interior sin considerar el paso del tiempo. Mis dedos no tienen la fuerza suficiente pero también puede ser que sólo deba mantener la calma y esperar que el sol haga el resto del trabajo. Miro la superficie y casi siento perder la visión totalmente por lo que recurro a mirar la otra superficie menos brillantes y cubierta por sus filas de imperfecciones. Al distinguir formas inexplicables recupero un poco el detalle de lo que observo. Para no volver a desenfocar doy dos saltos como mascota que acaba de dejar la toalla pero de manera más graciosa, coloco el cuerpo junto a la pared para que sea ella quien mi acicale, es decir, me retuerzo sobre sus lados cubiertos también de afiches despegados, de ese modo siento que que una mano alcanza los sitios que normalmente no alcanzaría.

La pared parecía reirse de mi malestar. Yo llevaba sobre el suelo varios minutos, dando vueltas sin encontrar el sitio donde ocurría la desgracia. Mis dedos parecían insuficientes así como el tamaño de mis brazos que aunque parecían rodear mi cuerpo como si se trataran de tentáculos, apenas si alcanzaban el sitio inalcanzable, lo rozaban. En algun momento me quedé pegado, como plastilina, ni las manos ni los pies ni el cuerpo podía ser entendido, la pared parecía haber dejado de reirse y haber iniciado un estudio de mis articulaciones, es decir, buscaba dentro de aquella plastilina las partes que componen el cuerpo humano. Yo pensé por un momento justo cuando un viento elevó mis cabellos que la pared bajaría para aplastar lo que quedaba de mis formas con el fin de convertirme en una lámina sobre la cual poder imprimir el aviso de un concierto en letras tipo impact. La pared no se me vino encima pero emitió su acostumbrada red. Sin querer estaba ya pegado a ella, respirando casi con los dientes. Le mostré mis dientes a la pared pero ella pensó que estaba sonriendo, es decir, que disfrutaba mi paso sobre su superficie de modo que apretó con su campo y mis ojos peligraron viendo casi de cerca el suelo. Ella tomo mis ojos y los colocó en su sitio, no la pude ver pero al abrirlos sentí polvo y cemento sobre ellos. Maldito piso sucio. Escupí sobre él y lo mandé a cambiarse de calle. La pared parecía ofendida, larga como era me tenía sobre uno de sus costados.

Tienes la risa del gato dije. El gato sonreía sobre sus piernas. Empujé al gato. Las maldiciones para la tarde dije.

Estaba de pie en la mitad del territorio. Las nubes corrían a la velocidad normal, sin embargo, porque quise ellas avanzaron como activadas por un botón. Así, de manera extraña, avanzaron al tiempo que sus colores cambiaban del azul al blanco y al rojo. Luego de aquella rosa, el cielo se detuvo. Las montañas parecían rocas y no músculos, los bordes se recortaban, si una mano hubiera entrado en el cuadro, siendo lo único movil habría derrumbado el diorama. Las montañas con las nubes como aureolas parecen pegadas con tachuelas, el suelo de dimensiones antiguas parece devolver las pisadas, sobre él se forman surcos, grietas que duran segundos intermitentes. El pasto parece el pelo de un cepillo para lavar pieles, también sucede cada cierto lapso pues antes el pasto luce como dibujado con pasteles. Si un globo de hule cayera sobre él quedaría marcado por la grasa y al ser empujado para salir del cuadro marcaría con la grasa el lente. La línea del horizonte vibra como si estuviera en llamas. Llamas azules bajo la línea del horizonte que se deforma como si juntara a dos membranas.También la línea se vuelve invisible, como si el páramo, la roca y las nubes fueran un mismo objeto plano alejado y amarillo. Como un estómago el plano de los tres objetos parece inflamarse para luego contraerse hasta ser un ombligo de líneas negras. 

Parecía un estómago. Quizás viéndolo desde una distancia mayor el ombligo haría acto de existencia, redondo sobre redondo. La burbuja está preparada para los piquetes. Los dedos no se cansan ni cuando resultan humedecidos o amarillos por tanto piquete. Uno bueno desinflaría dejándolo todo como bajo una manta. Las cosas que se pueden hacer bajo la manta son parecidas a un teatro de sombras, quizás haya que recorrer de un sitio al siguiente para salir de la burbuja. Un filo o una espada servirían. La burbuja que parece dispuesta a separarse de la línea recta del horizonte quizás prefiere explotar. Sobre uno de los restos hay otros restos. Juntarlos para que el estómago haga el intento de sacar a cada uno de los piquetes. Doble piquete, pero a esta distancia sólo corre peligro el ojo que no ha dejado su sitio. Sobre el estómago los pliegos son sábanas, para resbalar hasta llegar al Nepal, mientras los poros se abren para dejar al sol su medicina, el carbono del grosor de un cabello. Ya dentro y sin distancia es una fila y al mismo tiempo el paso de los físico a lo solar. El estómago rodeado por la línea horizontal conteniendo al mar. Los dedos y los peces chapoteando como si el estómago los cociera. De pie o de cabeza contenido por horizontales.

La construcción debía alcanzar sin esfuerzo el cielo. Las torres seguro atravezaban a las nubes, y al agua en caso de una lluvia, y a las panzas de los boeings antes de pedir permiso para la maniobra. Las torres tienen un material capaz de transformarse, es decir son aptas para una posición horizontal, los vuelos dentro de la tierra se realizan siguiendo la plataforma submarina así como evitando las alturas y los glaciares. La nave cruza y la torre se balancea de un lado a otro. Las nubes cubren el sitio, bajan mientras otras parecen advertir la necesidad de acumularse. Desde la plataforma se observarían las estrellas y el cielo oscuro, incluso aquel encenderse y apagarse, tan común desde las siete de la noche. El ruido de los motores parece provenir también de la quema del oxígeno, aunque el cielo sigue más oscuro, la nave perfora la piel y la escarcha. Desde la plataforma también se escucha el eco sobre el suelo. Las vibraciones son cargadas, pues, la superficie está hecha de plataformas más pequeñas, en realidad una cuadrícula. Los pies suben y bajan, el cielo ruge y la plataforma vibra y el centro entre ellos parece derramarse aunque la construcción siga intacta. La construcción carece de energía eléctrica aunque su poder siempre esté emitido desde el centro. Las paredes deben ser extremadamente anchas como para guardar toda la carga. Un pie dentro podría derrarmarlo todo y las torretas y las naves guardarían tres segundos sus sitios antes de venirse abajo.

El ruido es inexistente, también se debe al cúmulo eléctrico pues la atmósfera parece hincharse. La visión no es clara, cada paso parece debatirse entre un denso magnetismo, lo que se coloca a la izquierda luego es atraído hacia otras direcciones incluso el músculo, incluso el fuego que no brilla desde una antorcha, más bien la llamarada corre hacia todas las direcciones. A primera vista no existen trazos o senderos, pero el fuego forma corrientes y brazos que toman la apariencia de venas que desaparecen con intermitencia y en tonos fríos. El pasillo termina donde las corrientes estallan. Al chocar no desaparecen, al chocar siguen la dirección del muro. Algo parece motivar esa dirección. La oscuridad no es total, lo que sí ocurre de un modo absoluto es el paso de lo cálido a lo frío. La oscuridad llena el sitio, incluso las esquinas, pero el paso, el cambio de témperatura dirije al pasillo hacia otro sitio. Da igual pues la oscuridad reina, pero, con práctica es sencillo notar que lo inferior es ahora diestro y lo superior ahora es el sitio sobre el que estallan las corrientes. El paso quizás tiene una duración, y quizás tras todos los giros, el pasillo vuelve a su sitio de siempre, aunque la oscuridad oculte los centímetros de movimiento. Lo extraño es que entre lo cálido y lo frío queda el espacio como un centro y desde el cual todo lo demás forma un radio. Hasta cuando las corrientes vuelven a seguir la dirección del muro.

El mármol brilla. Los músculos caben en una palma, sobre un plato, dentro de una bolsa oscura. Todo el mármol completa una única figura, un dedo arrancado es decir mármol separado. Tras el inventario y los nombres griegos hay un único paréntesis. La madera cruje al detenerse. El cuerpo vibra insignificantemente, el mármol verde no se ruboriza, quizás absorve a la madera. El sitio ideal existe y parece estar bajo el talón. En la base del cuello la curva sugiere el pasado entre un anfibio y un mamífero. Otra madera para desarmar al objeto. El sonido carece de brillos, existe bajo un capa, la madera parece golpear un montículo. Aquel bonsai desaparecería tras la misma fuerza. La figura mantiene su intensidad. Sin un orden preciso además de la velocidad las maderas crujen, rebotan. Diminutas marcas flotan como arrugas. Tras usar otra madera quedan los pies y los restos del cuerpo. Por dentro la roca también es verde. La base parece formar la figura de un trofeo, la modalidad o el deporte tiene algo que ver con la resistencia, los pies que han quedado sobre la base forman con los restos arrancados un silueta o una llamarada. Un fuego verde y de roca que puede confundirse con el rabo de una liebre. El cuerpo sobre el pasto sobresale como un musgo brillante. Los músculos siguen firmes y bajo sus pliegues el color se vuelve un pozo.   

El piso sostiene a las construcciones. Si el piso avanzara hacia otro sitio, los muros formarían tras caer una pirámide. Debajo del vértice central quedaría de pie una escalera en forma de caracol. La escalera lleva siglos sin ser mantenida, los peldaños están oxidados y al pisarlos el ruido se vuelve insoportable. También de los peldaños se desprenden litros de agua oscura y llena de plantas verdes, la tierra que se ha concentrado debajo también cae, en porciones como piezas de barro. La pirámide y la escalera tienen una ligera inclinación que hace pensar en un despegue. El espacio es suficiente ya que los edificios del sector son bajos. Si sucediera aquello, los cables llevarían la peor parte, de suceder, varias antenas colgarían de la nave por varios segundos antes de caer hacia el centro. Las antenas colgarían como colas de cometas y quizás llevarían a su paso a otros cables y quizás incluso a postes y pedazos de vereda. Tras el despegue las construcciones aledañas a la pirámide serían calcinadas por el fuego o por el hidrógeno. Quizás el sitio se convertiría en un pozo de hielo, humeante y azul. Las construcciones siguen en su sitio, al igual que la escalera en forma de caracol, lo único que tiene movimiento son unos cables o alambres de construcción que responden al contacto con el viento.

Los cuerpos continúan alejándose. Las espaldas rectas avanzan sin detenerse, antes estaban a un brazo extendido de distancia, luego, al girar la construcción llevan alejados diez pasos. El piso está cubierto de pequeños charcos. Hay movimientos alrededor de los hombros, por ejemplo una mano que coloca o traslada de un sitio a otro un mechón muy largo de cabello, casi tan largo como una cola de caballo. También ese cabello es oscuro e incluso tiene la composición de el pelo de aquel cuadrúpedo. En realidad los que avanzan son tres cuadrúpedos, dos altos como torres y uno pequeño como una uva. Las espaldas avanzan ordenados como dos torres y una puerta, el castillo parece abandonar otro castillo de distintas proporciones. Al llegar a las gradas y tras los movimientos sobre los hombros, el trío, el castillo gira al mismo tiempo hasta perderse de vista tras los muros del castillo madre que gira todos sus ojos hacia los demás castillos que entran y salen de su organismo. El trío avanza con un paso distinto pues el camino se ha vuelto empinado. Adelante, del otro lado de la puerta principal existen artefactos para viajar hacia lugares lejanos. Las torres y la puerta parecen llevar la misma dirección mientras a sus espaldas los cables telefónicos sirven de sendero a las gotas de lluvia.

El teléfono se sostiene sobre una mesa. Los cables cuelgan desordenados. Las luces del teléfono han sido arrancadas. Una única luz led parece sacar su cabeza por el espacio que antes era ocupado por otras luces. Las llamadas parecen llegar a través de los cables. Los cables a pesar del tráfico mantienen su estado. El teléfono, su cuerpo, salta ligeramente sobre la mesa, el timbre o la campana interna vibran bajo los botones y la luz led se enciende intermitentemente. Las ventanas que forman el pasillo dentro del cual descansa la mesa sobre la que vibra el teléfono vibran también al igual que los cristales. El brillo de los cristales se deforma o toma la apariencia de un mancha como si fuera un cristal hecho de agua. Las patas de la mesa tiemblan aunque la porción cercana al piso parece estar separada del fenómeno. Bajo el teléfono, en la parte más cercana al piso el ruido y la campana del teléfono parece estar cubierta por un pedazo de tela. El ruido o la campana parece sonar detrás del pasillo, tras la pared. Aunque, la mesa y las patas vibran como atacadas por el movimiento del suelo o por un temblor de la atmósfera. Al terminar la llamada los cables siguen en su sitio. La mesa y el teléfono reflejan la sombra del uno sobre el otro. La mesa parece empujar hacia la atmósfera al cuerpo.

La pantalla muestra un recuadro blanco. El perfil oscuro ocupa una porción del recuadro. Sobre el recuadro se perfila una boca y una nariz. La pantalla muestra un recuadro blanco. Sobre el recuadro blanco aparece un recuadro más chico de filo gris. El recuadro pequeño aparece una sola vez en el centro del otro recuadro. Dentro de aquel recuadro más chico hay un triángulo con uno de sus vértices indicando el lado derecho. El recuadro blanco llena la pantalla de forma rectangular. El recuadro más pequeño aparece y desaparece en el centro del cuadro o rectángulo más grande. El triángulo apunta hacia la derecha mientras sus otros dos vértices apuntan hacia la parte superior e inferior del recuadro más chico. El recuadro más chico tiene la forma de un cuadrado perfecto. Las esquinas del cuadrado perfecto parecen suavemente redondeadas. El ruido acompaña a la pantalla llena del rectángulo blanco. El ruido es constante, y parece venir de una aspiradora o de un motor que produce o aspira aire. El rudio de las aspas de aquel motor viene desde el interior de otro cuadrado perfecto. Por la forma del sonido parece que las aspas están dentro de otro cuadrado de esquinas suavemente redondeadas. El ruido es constante e incluso grave, y también parece provenir de una nave o un equipo interno que provee de energía a un sitio o a una pequeña comunidad. La pantalla sigue en blanco aunque esta vez está delante de rectángulos más chicos y llenos de caracteres.

La figura mira con sus ojos caídos. Los ojos están semiabiertos pero dentro brilla un tono celeste. Parece que el artesano imaginó que la figura era mirada por un par de personas, alrededor del iris de la figura se han dibujado un par de ojos más pequeños, que brillan como burbujas. El cuerpo y el pecho de la figura tienen una inclinación hacia el suelo, de caer la figura de la pared parecería la caída de un deportista, un clavadista en los primeros segundos anteriores a la posición vertical. La pared no es alta pero pasaría por un acantilado sobre el cual la figura de madera con los brazos abiertos estallaría dejando las manos debajo de la cama. La figura continúa mirando desde la pared mientras clavos inútiles esperan cuadros o espejos o corbatas o camisas pero el sitio de la ropa es el suelo y debajo de la cama entre los zapatos y las ojotas. Los clavos han sido martillados en tiempos distintos, uno de ellos es negro, otro es gris, otro, doblado, tiene pintas rojas de pintura que parece venir de un esmalte para uñas. De lejos los clavos alrededor de la figura forman una imagen o se disponen como si fueran la cara de un reloj. Un reloj al que se le ha terminado la batería o al que debe dárselo cuerda.

El calendario marcaba la fecha junto al monitor. Desde la esquina el año en letras rojas era cubierto por la sombra del cubo blanco. Las fechas dentro de los meses estaba repartidos en ocho grupos. Del otro lado del cartón debían estar los meses siguientes, y, una fotografía del negocio local. Un triángulo irregular une los meses de adelante con los que no son visibles. Tras el cartón hay un marcador con el código de barras a la vista. Las líneas del código están borroneadas. Parece un marcador sacado de alguna clase preuniversitaria o de encontrado en el piso de un bus. Una cartulina sirve de base para maniobrar sobre la pantalla. El cable se pierde en la base del escritorio. La base es irregular, de un lado es más ancha y del otro los auriculares parecen realizar una maniobra para no caer, como malabaristas a pesar de que su cable está recogido. El cubo blanco ocupa la mayor parte de la superficie y la luz proyecta la sombra del cuerpo sobre otro cubo gris. Entre la sombra y los cubos hay una mancha negra como una prueba de Roscharch aunque también parece un par de comillas seguidas de puntos que parecen peces. También hay unos arabescos hechos congrafito que simulan un rectángulo aunque también parecen la mitad de la señal de un grupo armado o una insignia castrense.

El jarro está cubierto por las sobras de la bebida. La mancha sobre su superficie blanca es interna, ocupa el interior del jarro blanco. Esa mancha es de color café. La mancha es alargada es más ancha que alta y parece ser las sobras de un pedazo de plástico o de algún adhesivo previamente pegado. Dentro de la mancha hay burbujas o figuras redondas debajo de una línea regular como si se tratara de una superficie cortada y vista de frente. También dentro de aquel corte hay espacios en blanco, espacios donde la porcelana es blanca, parecen boca o medias muecas. Dentro de la taza también hay una cuchara de metal. La cuchara es de color plata. Sobre la cuchara están grabados unos arabescos o unas figuras como hojas aunque también podrían ser alas o plumas. Los sitios donde se han grabado las figuras son oscuros mientras el acero brilla las figuras lucen un relieve. Frente a la cuchara, considerando al círculo del jarro como la superficie de un reloj, se encuentra, a las dos en punto una porción del jarro que ha sido quebrado. El jarro en ese sitio parece haber sido mordido, las marcas que dejan ver la porcelana ocre y áspera parecen ser el resultado de dos dientes grandes como los de un adulto. La marca de los dientes se junta en una sola como una montaña o elevación pequeña junto a otra más grande o como un desfiladero. En ese filo se junta una línea profunda sobre la porcelana que llega hasta la mitad del jarro.

Tras la cortina las figuras se vuelven irregulares. La puerta más próxima es menos intensa, su color naranja se vuelve menos luminoso. Lo mismo sucede con las ropas colgadas entre la cortina, la ventana y la puerta. Las prendas de color rosa lucen como envolturas sobre un cable, las prendas negras lucen como pieles al igual que las de tonos ocres, las prendas amarillas forman un consonante como si lo que colgara de aquel cable fueran figuran de fomie o corcho, figuras para un taller pedagógico. La tubería perfora la pared de la habitación del frente, un tubo blanco y plástico y otro gris y metálico que está enroscado a un cuello rojo plástico que se une con la pared. En ese punto la pared ha sido abierta para la nueva tubería y la reparación es visible, el concreto visto tiene ese color gris y esa superficie irregular que parece ser un ombligo. Donde ingresa el tubo blanco y plástico sucede lo mismo, solo que el ombligo de concreto es más pequeño. El codo que une la tubería con la pared parece ser un codo reciclado. La tubería metálica con los codos rojos y plásticos baja hacia el suelo haciendo un L invertida, dirección derecha-izquierda-abajo. La tubería plástica blanca baja transversalmente sobre la L metálica hasta juntarse a otra L pero plástica que rodea en dirección derecha-izquierda-abajo la puerta de color anaranjado. En el sitio donde se junta el tubo plástico con la L más grande el sol golpea marcando las uniones entre codos  y tubos. La L más grande tiene una prolongación que cruza el borde la ventana.

Las manzanas verdes rebotan la luz del foco justo en el centro de sus cuerpos. Las seis manzanas están cubiertas por una delgada piel plástica estirada sobre ellas y por debajo de ellas. Sobre la piel plástica está pegado un membrete con un número en letras negras. En la mitad de la piel está impresa la marca y el sitio de procedencia de las manzanas. Un óvalo rojo sirve para encerrar a la marca de las manzanas escritas en letras rojas y rodeadas de una superficie blanca, todo esto dentro del óvalo. En la parte superior derecha del óvalo se encuentra un óvalo más chico también blanco y de borde verde. Allí parece estar escrita la procedencia de las manzanas, el nombre de un valle al que no se lo puede leer por completo. La piel de las manzanas es limpia y carente de imperfecciones, tiene medios tonos casi blancos. Los corazones de las manzanas están recostados. Sobre las manzanas hay dos bananas. Las bananas tienen su lado superior recostado sobre los óvalos de la piel plástica y están juntas ya que son las últimas bananas del racimo. En sus costados las manchas oscuras van de los tonos ocres a los negros, algunas parecen salpicaduras o las pisadas de pequeñas moscas, las más grandes lucen como golpes producto de una cuchara. Una de las bananas está dentro de un plato de vidrio donde también hay una manzana verde casi amarillenta. Uno de los costados tiene cuatro manchas que forman un rostro dado vuelta, con los ojos hacia abajo, la nariz y el mentón hacia arriba.

Las luces avanzan por debajo del auto. Una luz amarilla es seguida por otra luz amarilla y está es seguida por otra luz amarilla mientras la primera vuelve a la primera posición. Una línea amarilla separa a las luces, luego de la línea amarilla continúa un espacio negro en cuyo mitad brilla una de las luces amarillas. Luego del espacio negro continúa otra línea amarilla, luego otro espacio negro y luego repite la primera línea amarilla. También a los costados hay una línea pero a diferencia de las primeras esta no es recta. Esta línea es continua y tras ella todo está negro. Un par de círculos caen sobre el asfalto. El asfalto es regular, negro y brillante. En el centro de los círculos brillan de manera intermitente otra serie de cuatro líneas blancas. Son líneas de un metro de longitud. Están separadas por una distancia de cuatro metros. Las líneas entre los círculos cruzan rápidamente logrando crear la sensación de una línea continua. Al llegar a una curva la velocidad se vuelve distinta y las luces amarillas y las líneas del centro de los círculos parecen acercarse al auto. El auto viaja a una velocidad distinta como si sus ruedas se pegaran al asfalto. El ruido del motor entra por las ventanas del auto. El sonido constante anterior a la cuesta es reemplazado por un ruido grave. Un auto veloz deja a su paso una ráfaga que desaparece casi inmediatamente. El ruido de aquel auto parece ir en dirección contraria a la del auto, como si siguiera a las líneas blancas entrecortadas o a las luces amarillas. Detrás del auto el asfalto es negro.

Las revistas reposan unas junto a otras dentro de una pequeña maleta de mimbre. Las revistas mantienen pegadas sus caras unas muy juntas a otras. Los rostros de la mujeres que aparecen en las portadas tocan a las imágenes de licores, relojes y niños jugando sobre una playa de las fotografías traseras de los números más voluminosos. Los nombres de las revistas aparecen en letras grandes y llamativas como la llamada impact y en algunos números ocupa casi la mitad de la portada. Una de las revistas se llama LOJA. La palabra LOJA está escrita en letras grises con un transparencia que permite ver los brazos levantados de una mujer delgada e iluminada por una luz amarilla, o naranja pues la piel de la mujer se vuelve casi del color de la piel de una tomate por dentro. El cabello de la mujer sobresale entre las letras que transparentan y parecen también una peluca o un cabello plástico de fantasía lleno de escarcha y gel. Entre la revista LOJA y un número especial sobre el libro Los misterios de la calle London hay un libro grueso que tiene impreso como logo la imagen de una gran montaña, quizás el Kilimanjaro o el Everest. La cubierta de aquel libro tiene varias marcas y los filos rotos como si hubiera sido cerrado con rapidez y descuido. El libro es azul, de un tono marino, la cubierta para el polvo es blanca, casi hueso, y tiene impresa las imágenes del Viaje a la luna del realizador Melies. La luna observa con un ojo hacia las revistas LOJA mientras el otro es cubierto por las orejas de la canasta maleta de mimbre.

En la calle los autos avanzan uno detrás de otro a una velocidad lenta. Los autos avanzan sin perder su monótono ritmo, como si quienes los conducen no tuvieran necesidad o apuro en llegar a sus futuros destinos. Alrededor de los autos hay construcciones que no pasan de los tres pisos y que a primera vista parecen cercar o limitar el espacio, como si esas construcciones estuvieran a punto de cerrarse y bloquear y desaparecer definitivamente la calle. Hay algunas personas que caminan de ida y regreso sobre la vereda, muchas caminan solas y otras lo hacen en compañía de alguien más, por lo general regresan a ver las vitrinas o dialogan sin dejar de caminar mientras observan a las personas que se acercan de frente. También hay quienes miran hacia la vereda del frente y aprovechan para fijarse en los almacenes, en realidad en el interior de ellos. Un par de personas se detiene pero solo para recoger algo que ha caído al suelo o para contestar el teléfono que suena dentro de sus bolsos. Ese tiempo coincide con el paso de los autos, con el cambio de color del semáforo y al fondo, con el siguiente semáforo dos o tres cuadras adelante. Allá también los autos se detienen, y las personas mucho más pequeñas aprovechan para atravesar la calle sobre el paso cebra y para contestar las llamadas que hacen con sus teléfonos. Entre cada esquina además hay una fila de postes de energía eléctrica y varios cables negros a contraluz que parecen estar cerca de colapsar ya que forman curvas como grandes panzas a punto de reventar. La mayoría de personas caminan junto a estos postes sin observarlos o sin darles atención.

La calle está del otro lado del campo. Se pueden observar los edificios, las calles internas de un solo sentido, personas que juegan y practican deportes sobre canchas de concreto y los arcos, el pasto, una caseta metálica o bar de snacks y varias personas pequeñas corriendo tras un balón, elevándose sobre sus músculos. Desde otra posición es posible observar exactamente lo mismo con la diferencia del fondo. En la parte de atrás hay edificios y montañas y nubes y en su mayoría un gran puño o brazo de cemento con pintas anaranjadas y azules, también el pasto y los muros sobre los que intenta levantarse. Las personas que practican deportes parecen haberse acercado porque sus cuerpos son más altos y sus movimientos parecser más rápidos. Hay otros que se acercan al bar de snacks pero no con la intención de comprar, solo caminan junto o conversan de pie, parecen hablar de temas importantes pues miran a los ojos del interlocutor y quien escucha del mismo modo responde, sin notar o sin temer en caso de que algo suceda. Los deportes ocurren bajo la misma atmósfera, nada ocurre como para detenerlos y los ánimos de quienes juegan parecen tener fuerza como para repetirse en otros encuentros. Del otro lado de la cerca de metal los juegos continúan del mismo modo, el clima general es de optimismo y sana competencia apurada por los gritos y los movimientos veloces e impredecibles. Al fondo están los edificios de ladrillo y el pasto que parece ocupar una superficie bastante extensa que rebasa lo que el ojo puede ver. También están las canchas de arena amarilla o café, dentro de la que los perros duermen. Dos autos cruzan la calle de un solo sentido junto a las canchas.

Hay fundas y envolturas de snacks sobre la mesa y sobre el piso y junto a los pies.

Hay envolturas de snacks de dulce y de sal sobre el piso y además bolsas más grandes que le dan al sitio la apariencia de un bosque, un bosque abandonado o al que se conoce por el material que sobre él se deja. El viento hace su trabajo, es decir, además de dirigir a las nubes hacia otros sitios dirige y empuja a las bolsas más chicas. Estos movimientos por momentos parecen invisibles y hace falta quedarse de pie, durante varios segundos sin hacer ruido mirando la dirección de las envolturas, unas corren con facilidad y otras luchan entre ramas y arbustos y el pasto que en algunos sitios parece alcanzar alturas difíciles para tratarse de una planta de esa especie. Sin embargo los lugares donde el pasto tiene esas características son aquellos donde la luz del sol parece no golpear, así el cuadro tiene zonas de claridad y oscuridad, lugares donde las envolturas brillan con fuerza entre sus pliegues desdoblados y zonas donde lo verde, la vegetación casi se confunde con la oscuridad o como si se tratara de una alfombra humedecida y a la que le faltarán horas para verse distinta. El pasto también es movido por el viento, sobre él, el viento hace un ruido como de algo que se rasga o como algo que silva, como si pequeñas flautas o cilindros enterrados o escondidos entre el pasto tuvieran la misión de pronunciar esos ruidos. Además, detrás del pasto hay un fondo bastante desenfocado, apenas unas manchas o unas formas que sugieren algo que parece estar en camino, o como si se tratar de una tela, un fondo azul de lino o uno de esos materiales que nunca se arrugan, por momentos es absoluto este cuadro, es decir, aquella tela se vuelve un ocupante largo y entero y total de todo el rectángulo, a pesar de que el ruido del viento o en general del ambiente llena parte del sitio como otro habitante, pero uno lejano que vive a kilómetros y que no tiene intenciones, es decir, está allí de un modo circunstancial, como si aquel camino fuera el único, o un sitio de paso obligado y al que se llega y al que se lo atraviesa de todas formas.

La botella es llenada hasta cuando el agua rebasa su tamaño. El agua cae de forma dramática, al hacerlo primero forma olas y figuras imposibles de identificar con algo impreso en un libro, por ejemplo las olas y las figuras formas mitades de burbujas y fluidos que viven durante pocos segundos. El botellón no tiene etiqueta y ocupa quizás dos centímetros del total del cuadro, lo demás, es decir, el suelo, es una alfombra verde, pulcra, aunque también puede ser un tablero de concreto gris con pequeñas fisuras, imperceptibles cada tres o cuatro metros. Al regarse de la botella el agua va formando una mancha sobre aquel tablero, al principio es bastante evidente pues la mancha parecería tener una velocidad o una prisa, como si el agua al no entrar a la botella fuera de una vez y por fin libre, como si al caer al cemento y al manchar aquella superficie rompiera al fin siglos de una vida destinada a pasar dentro de algo tan chico como ese mundo plástico. Mientras eso ocurre, alrededor del tablero las cosas parecen mantenerse quietas como si una orden externa las hubiera colocado en aquellos sitios para que nunca bajo ningún motivo dejaran sus puestos. Por ejemplo hay un montículo de tierra negra, pequeño como si dentro llevara alguna semilla, sobre él hay restos de hojas, en realidad unos pocos restos orgánicos con formas circulares y alargadas cubiertas en algunas partes por la tierra y por otros restos de colores amarillos y celestes.También junto al tablero hay una hortaliza grande como un balón, algo amarillenta sobre la cual se ha escrito las palabras "documento inmortal". Detrás de ella hay figuras desenfocadas que incluso se podría pensar se trata del cielo, una piel o una tela totalmente celeste. El agua continúa saliendo del botellón, avanzando sobre el concreto.