Tenía bastantes sitios y todo ese sábado me la pasé
siguiendo a escondidas a Nicole, y Nicole vive cerca de Pablo Sanz pero allí
perdí su pista pero me mantuve debajo de un gran almohadón. Creo que aún llevo
colgado la mitad y una buena parte de aquello, es como si la mitad sudorosa de
un rostro algo torcido acabara de desinflarse y ese rostro escoge de entre
treinta días y tras siete horas deja solo unos rastros y son arbustos y el
edificio con la tienda y los víveres.
Cada vez que salgo de casa juro que salgo de casa.
Estuve tras ella pues quiero que me acompañe a que tomemos el autobús, pero es en la otra dirección y seguro antes me hace hablar con su padre.
Estuve tras ella pues quiero que me acompañe a que tomemos el autobús, pero es en la otra dirección y seguro antes me hace hablar con su padre.
El tipo se llama Alfredo-Marcelo.
Cada vez que hago una pregunta sucede que una o dos personas
o dos caballos acaban de dar un portazo. Me da la impresión o es como si las
respuestas y su volumen quedaran alargándose en los pasillos y quizá son el
pasillo mismo; aquella línea toma los muros y también se pega o empareda el
suelo; luego, son líneas que van o vienen. Me obligo a llamar a la puerta y
meto el pie y pateo dos veces pero podría hacerlo toda la mañana.
Golpeo sin demasiados ánimos y charlando, haciéndome muy
cercano, un grupo de actividades para la formación y el tema de lo heurístico.
Charlo, me río con gravedad, intento sacarme respuestas o por lo menos algo
breve, una historia que suene verdadera, algo doble, un capítulo que involucre
manejar un auto con su volante y las cinco velocidades y debe ser en una de
esas tardes en la que uno baja muy rápido sobre una autopista sinuosa. En
aquella historia de un automovil bajo muy rápido y es como correr contra o
entre o emparedado por un autobús anaranjado y un camión azul.
El lugar luce prolijo y sin una sola mancha o aquello de los
restos de polvo o ceniza. Da o queda bastante tiempo para mirar con curiosidad
los planos, para encontrar ángulos y vértices y casi como si otros
departamentos o las habitaciones del resto de edificios entraran y se
sobrepusieran o ya formaran un centro de actividad expresionista, como con los
decorados y los escenarios de un filme de Mourneau. Hay una caja oscura y
perfetamente cúbica, una antena de aluminio que hace una V cuelga detrás; dos
puertas blancas enmarcadas en una madera oscura como el cedro; un interruptor
amarillento ajustado por tornillos de media pulgada, y su pulsador está como
metido, como desapareciendo en el muro tras haber sido pulsado con demasiada
fuerza; bastantes tiras de madera lustrada pegadas en grupos horiontales y
verticales que cubren y más bien forman el suelo, además las tiras desaparecen
caprichosamente debajo de otra mucho más ancha y más larga y más oscura y a la
que le hace falta una capa de barniz que sirve para dar por terminado el muro,
la horizontal o el vértice que toca el suelo. Se nota una inflamación en la
pared como un estómago cuadrado pero es el muro y debe medir medio metro de
ancho.
Casi que debo dar demasiadas vueltas pues el colchón es una
esponja que tendrá su uso y que tira todo hacia el techo; casi que puedo ver
los blancos huesos volverse rojos; por la ventana entra el ruido constante de
camiones y motocicletas, las motocicletas primero hacen su ruido fuerte y
redondo y muy molesto pero además se las escucha avanzar sin demasiada fuerza,
como bicicletas y como algo que está hecho para funcionar mal; los camiones
suben o bajan o llevan cosas y se detienen antes de tomar hacia la zona de
descarga y de envío, van en todas direcciones y se detienen con demasiada prisa
o arrancan como si no quisieran hacerlo; seguro van llenos con los equipos para
amplificar o con lavadoras y congeladores del tamaño de roperos.
Las casas están del otro lado y son como una manta de techos
podridos o poblados de de maceteros y pantalones azules que hablan o son como
castigados por el viento. Detrás hay un bosque con árboles verdes pero son
árboles que empiezan a ponerse oscuros; son las once de la mañana.