16/11/15

Alfredo; que me acompañe a casa, en la otra dirección, ya la debo convencer que cada vez que salgo de casa; su padre se


Tenía bastantes sitios y todo ese sábado me la pasé siguiendo a escondidas a Nicole, y Nicole vive cerca de Pablo Sanz pero allí perdí su pista pero me mantuve debajo de un gran almohadón. Creo que aún llevo colgado la mitad y una buena parte de aquello, es como si la mitad sudorosa de un rostro algo torcido acabara de desinflarse y ese rostro escoge de entre treinta días y tras siete horas deja solo unos rastros y son arbustos y el edificio con la tienda y los víveres.

Cada vez que salgo de casa juro que salgo de casa.
Estuve tras ella pues quiero que me acompañe a que tomemos el autobús, pero es en la otra dirección y seguro antes me hace hablar con su padre.
El tipo se llama Alfredo-Marcelo.

Cada vez que hago una pregunta sucede que una o dos personas o dos caballos acaban de dar un portazo. Me da la impresión o es como si las respuestas y su volumen quedaran alargándose en los pasillos y quizá son el pasillo mismo; aquella línea toma los muros y también se pega o empareda el suelo; luego, son líneas que van o vienen. Me obligo a llamar a la puerta y meto el pie y pateo dos veces pero podría hacerlo toda la mañana.

Golpeo sin demasiados ánimos y charlando, haciéndome muy cercano, un grupo de actividades para la formación y el tema de lo heurístico. Charlo, me río con gravedad, intento sacarme respuestas o por lo menos algo breve, una historia que suene verdadera, algo doble, un capítulo que involucre manejar un auto con su volante y las cinco velocidades y debe ser en una de esas tardes en la que uno baja muy rápido sobre una autopista sinuosa. En aquella historia de un automovil bajo muy rápido y es como correr contra o entre o emparedado por un autobús anaranjado y un camión azul.

El lugar luce prolijo y sin una sola mancha o aquello de los restos de polvo o ceniza. Da o queda bastante tiempo para mirar con curiosidad los planos, para encontrar ángulos y vértices y casi como si otros departamentos o las habitaciones del resto de edificios entraran y se sobrepusieran o ya formaran un centro de actividad expresionista, como con los decorados y los escenarios de un filme de Mourneau. Hay una caja oscura y perfetamente cúbica, una antena de aluminio que hace una V cuelga detrás; dos puertas blancas enmarcadas en una madera oscura como el cedro; un interruptor amarillento ajustado por tornillos de media pulgada, y su pulsador está como metido, como desapareciendo en el muro tras haber sido pulsado con demasiada fuerza; bastantes tiras de madera lustrada pegadas en grupos horiontales y verticales que cubren y más bien forman el suelo, además las tiras desaparecen caprichosamente debajo de otra mucho más ancha y más larga y más oscura y a la que le hace falta una capa de barniz que sirve para dar por terminado el muro, la horizontal o el vértice que toca el suelo. Se nota una inflamación en la pared como un estómago cuadrado pero es el muro y debe medir medio metro de ancho.

Casi que debo dar demasiadas vueltas pues el colchón es una esponja que tendrá su uso y que tira todo hacia el techo; casi que puedo ver los blancos huesos volverse rojos; por la ventana entra el ruido constante de camiones y motocicletas, las motocicletas primero hacen su ruido fuerte y redondo y muy molesto pero además se las escucha avanzar sin demasiada fuerza, como bicicletas y como algo que está hecho para funcionar mal; los camiones suben o bajan o llevan cosas y se detienen antes de tomar hacia la zona de descarga y de envío, van en todas direcciones y se detienen con demasiada prisa o arrancan como si no quisieran hacerlo; seguro van llenos con los equipos para amplificar o con lavadoras y congeladores del tamaño de roperos.

Las casas están del otro lado y son como una manta de techos podridos o poblados de de maceteros y pantalones azules que hablan o son como castigados por el viento. Detrás hay un bosque con árboles verdes pero son árboles que empiezan a ponerse oscuros; son las once de la mañana.