13/10/13

La parte que aparece mientras observa detrás de la puerta

El viaje de pie ha sido uno de mis favoritos. -Hablas solo- me dije. Luego cerré los ojos. Cada ciertos lapsos nos deteníamos y ellos subían con maletas grises o con bolsas vivas hechas de yute. Dentro, algo intentaba cortar el yute, la mujer parecía dormir, sus manos apretaban un monedero. Su cabeza estaba echada hacia atrás. Tenía el cuerpo girado hacia el pasillo, luego, con cuidado me recosté sobre su pecho.  Pasamos por aquella colina en cuya falda hay dos otres relojes empotrados, se puede ver la hora a varios kilómetros, eran menos de las seis y el sol brillaba de escándalo. Su cabello parecía tabaco o chocolate o el bronce de alguna paila ardiente y al fondo, detrás de los cristales, la vía se doblaba en otras dos direcciones. Tras salir, ya del otro lado, dejé que los ruidos llenaran mi cabeza, sonaban los compresores que abrían y cerraban compuertas, monedas rodaban, quizás una sola que caería luego otras dos veces. No quería reir así que apreté los labios. Varios niños orgullosos de sus bolsas blancas y del ruido inolvidable del plástico inflado usado como sombrero, escuchaban a otros dos que hablaban de manera familiar, algo, que al mismo tiempo los asombraba o a lo que deseaban entender. Me recordaba a mí, hablando de discos o de las últimas creaciones para producir ruidos. -Ahora al ruido ya lo habían hecho- dije o pensé o quizás lo escuché.

La imagen data de hace mucho tiempo atrás. El galpón debía medir una altura similar a diez hombres, uno de pie sobre los hombros de otro. Tomado del pasamanos de acero podía observar sus brazos girar como si impulsaran el cuerpo. Es decir, desde aquell muelle, todos remaban hacia sus propios mares. Creo que todos amábamos el suelo, aquella oscura, plana y brillante roca, la idea de caer, de volar durante cortos segundos antes de tocar el suelo con la cabeza era posible. Yo apretaba con fuerza el pasamanos pero al mismo tiempo estaba seguro de lo inútil, y del valor de la roca. Algo tan brillante y liso solo podía venir del fondo de un río, del fondo de un mar o de un sitio donde todo era oscuro y húmedo, incluso podía ser parte de la pista sobre la que descansaban algunas ballenas. Luego al saltar el viento, una ráfaga llevó el cuerpo, me elevó hacia el techo y ahí estuve agarrado a una lámpara de diez mil lumens. Para no quemarme sostuve con mis manos el cable. Luego llegó Jimmy con el montacargas y luego pasé por el escritorio y luego cerraron las puertas.

Poner algo, cualquier cosa ruidosa, cerrar las ventanas, mover las cosas en la habitación, ser dirigido hacia una de las incontables esquinas hasta quedar pegado al esqueleto de un insecto con los ojos abiertos, preguntar y sonreir y dejar la carcajada, exagerar. De lado derecho las las y e cuerpo casi plástico, del lado izquierdo el muro y el color y más que nada la materia que no dice mucho. En el medio el ruido intentando descolgarse, cómo es el ruido? parece una tira para cerrar cortinas recogida en una especie de loop, es como un clavo de acero, es como cualquier cosa que parece no ser parte del muro, aquello que sobresale, las cintas adhesivas, los cuadros dimimutos con peces fuera del agua pintados en acuarela, una estría del muro que empieza en un sitio y no parece tener fin. Pon ruido, luego el ruido deseando desvanecerse o descolgarse, luego de tres días, cada año, luego la metástasis en la ropa, en las camisas, en el auto, en la forma de pedir una gaseosa en la tienda de la esquina y en las monedas, sobre todo. Luego la llamada, luego una canción que empieza con un piano eléctrico y la tarde completa y perdida y al mismo tiempo efímera, porque ya es hora, tardes de esquina, de luces altas y de olor a combustible y un pedal y el ruido, la tijera, imposible, loop again, mejor no hacer ruido.

Recuerdo algo con bastante claridad, como si acabara de suceder. No lo escribo, no termino de buscarlo, más bien lo empujo, sea un él, sea una palabra, espero que implosione, espero que desaparezca. Luego dejo que todas las cosas que suceden fuera vayan adquiriendo sus respectivas posiciones, algo que no debe tomar más de dos minutos, algo que si espero sea intenso, y lo es, esa gravedad es apropiada, me desmaya. De ese modo la noche parece despoblarse o hacerse plana, luce como un tablero lleno de pequeñas luces y pequeños semáforos y personas diminutas cantando acompañadas por motores y por el ruido inquieto y desafiante de varios animales, en su mayoría lo que parecen ser perros extraviados, jugando, reptando dentro de las mantas empiezan a producirse ciertos milagros, cajas que parecen contener objetos perdidos e inesperados. También a medianoche sucede el día, un sol más largo, unos ojos perdidos o escondidos bajo la palma y varias puertas que se abren detrás de otras puertas hacia habitaciones que están dentro de otras habitaciones. Luego un balcón, un acero con formas orgánicas y el eterno viento, el eterno aliento los brazos y las ramas y los cables oscuros y aves, pequeños globos emplumados. Azul es el cielo.

Una cosa pequeña puede contaminar el lago más puro hasta volverlo una cosa imposible de reconocer. Un orificio en el muro puede no ser suficiente pero cien orificios en el mismo muro pueden llevarlo abajo. Dos horas dedicadas a usar el clavo y el martillo, dos horas de levantar los brazos con la técnica de una persona ocupada en tallar una piedra hasta derribarla o volverla ruinas. El mismo hecho repetido en lugares equidistantes, procurando siempre esconder lo mejor posible los rasgos identificables tras un gorro de lana, unos lentes de acero dorado y un pañuelo atado desde el cuello a la base de los ojos. Luego el empujón, el mazo dando el puntapié. Hacia adelante o hacia atras, eso queda para la dirección del viento, es decir, eso es parte del deseo de quien observa, del público. Sería curioso ver a tres uniformados entrar por el lado izquierdo del muro con sus largas y brillantes armas en alto cascando sobre el cráneo de aquel o aquella, reduciéndolo como en uno de esos filmes iraquíes o como en los noticieros del canal del caribe. Luego los pasos torpes pero breves del camarógrafo acercándose hacia el evento, mostrando cascos, cristales embarrados de fango y el cuerpo y los brazos protegiendo el rostro. Luego por la torpeza una nube de polvo y arena tras un ruido grave. Atrás el cielo como tela, sin un solo rasguño.