19/11/12

La puerta bajo el agua.

Los ojos descansaron sobre varios sitios. Primero, arrinconaron al grupo de la pared derecha. En la mitad de aquellos jóvenes resaltaba la figura de un hombre corpulento. Los dientes del hombre sentado en medio de los jóvenes se acercaron hacia la puerta, dejaron por cortos segundos su boca. La puerta tenía dos cristales verdes y tratados de manera que parecieran una cortina hecha con agua. A mi lado izquierdo el sol entraba como si fuera previamente filtrado por una coladera, varios rayos dividían aquella mitad de la habitación. Un escritorio sostenía a una silla colocada sobre su superficie. Era la primera vez que observaba una silla plástica de formas tan humanas. Junto a la puerta de salida al balcón trabajaba otro grupo de cinco personas. Mi presencia junto a la puerta parecía inesperada de modo que procuré volver a estacionar la vista. Dentro de aquel grupo las cosas parecían destinadas a tener que repetirse. El trabajo consistía en relacionarse con los equipos. Uno de los jóvenes manipulaba un trípode al cual se lo podía direccionar hacia distintas posiciones. Una de las jóvenes parecía estar encargada de mantener los cables separados, andaba agachada cerca del trípode con los cables en sus manos. Otra de las jóvenes parecía estar dispuesta a dar la vida por su equipo, su mirada llegaba hacia un sitio mucho más lejano tras aquellas paredes blancas. Incluso, a pesar de ser corta de estatura lograba salir de aquellos muros altos como las habitaciones de los hospitales. Desde abajo pude ver que ella era ya una estatua, uno de aquellos antiguos mitos. Uno de los jóvenes llamaba su atención. El joven vestido con zapatos azules, tomaba su brazo derecho y lo lanzaba hacia la vista de la estatua. Varias veces el brazo cayó en la mano del muchacho. Uno de los jóvenes me miró bajo la puerta pero en realidad parecía que era yo quien miraba pues reconocí gestos que luego reproduje como propios, la inexpresividad y la curiosidad por ejemplo. La joven de los cables parecía atada a un hombre siniestro al cual pregunté su dirección. Su respuesta fue extraña, pues habló de un sitio al cual yo nunca debería volver. El hombre siniestro parecía tener atrapada del cuello a la joven de los cables a través de un cable invisible pero al que pude ver luego de un corto intento de la joven por cortarlo.  El hombre más antiguo del sitio dio la mano a mi guía y juró que mi cuerpo iba a estar seguro entre los demás. Al rato giré dos veces sobre mis pies intentado encontrar el sitio que me permitiría estar lejos del hombre viejo. Pero, en cada giro encontré a otros jóvenes que parecían haber dejado de girar. Incluso hallé estatuas más chicas, figuras hechas con bronce y varios bustos de roca con pequeñas piernas, delgadas pero rápidas. Uno de los jóvenes abrazó mi cuerpo mientras el hombre viejo dejaba caer su mano sobre su muslo. Mis brazos envolvieron su espalda antes de iniciar mi relación con el equipo. Mis manos tomaron las manillas mientras el resto de jóvenes señalaban los sitios hacia donde debía apuntar. Cuando quise apretar el botón rojo, el joven, aquel que lanzaba el brazo sugirió que era mejor hacerlo el próximo día. Miré la construcción de aquel armatoste y quedé sorprendido por las ruedas que permitían girarlo en cualquier dirección. Pronto estuve girando otra vez mientras los jóvenes parecían estar preparados para salir a través de la puerta con las cortinas de agua. Creí que ese era el final de la jornada la cual parecía alargarse hasta llevarnos hacia la planta baja. El hombre corpulento hablaba sobre cosas únicas mientras las estatuas caminaban dejando sus rastros sobre la madera recién pulida. Los pasos y su sonido parecían concentrarse en una nube que siempre mantenía la misma temperatura  y la misma dimensión. Al regresar a mirar a la habitación noté que junto a la puerta había una pequeña pared transversal y junto a ella otra puerta con vidrio amarillo. El sol rebotaba sobre aquella puerta y el efecto era el de una llama. Las estatuas continuaron bajando la grada mientras opinaban sobre la actividad del día próximo. El hombre viejo caminaba tras la puerta de vidrio amarillo. Junto a él caminaban dos o tres jóvenes uno de ellos extremadamente alto.  

Las habitaciones habían sido rediseñadas, los pisos eran nuevos, la iluminación extremadamente moderna, habían extensos sitios donde los claroscuros permitían pensar que aquel sitio no era solo una institución de educación, sino, que en realidad uno estaba dentro de un museo. Además, mientras los chicos gritaban en el subsuelo y dentro de la sala audiovisual, el piso de arriba era cubierto por una música muy ligera. Los parlantes habían sido colocados dentro de la pared de modo que era imposible saber la procedencia de la música, incluso puede ser que aquellas canciones hayan salido del techo. Las canciones que se reproducían y llenaban los pasillos eran viejos temas instrumentales que parecían ser la banda sonora de alguna película de la United Artists. Un ligero juego de cuerdas era seguido de metales sobre el ritmo embriagado de una persecución. Cruzar el pasillo principal permitía arrastrar la música hasta las escaleras donde el ruido era el de una máquina o un generador. Entonces era posible sentir un choque de corrientes de aire. Por un lado la corriente del pasillo y la madera que rodeaba las paredes. Por otro lado el del mármol y la roca verde que servían como escalones, escalones que cubrían los motores o la planta de energía que producía un rumor como de nave. En aquel pasillo era posible encontrar fotografías enmarcadas de estrellas del cine, la televisión y el teatro. Por ejemplo, en un antiguo escenario dos actores discutían sobre la verdad en el cine inglés de postguerra. Tras sus sillas se levantaba el logo de la empresa que patrocinaba su encuentro didáctico. El logo patrocinador constaba de un pedazo de película ondeado como si cayera desde el techo. Dos letras H se intercalaban una sobre la otra y entre ellas un círculo enmarcaba a la película. En la fotografía, los hombres se miraban a los ojos como si se trataran de dos gemelos, dos hermanos que trabajan para la misma persona. La pared donde colgaban las fotografías estaba pintada de un rojo puro, un rojo sólido. Los extintores que colgaba de los vértices de algunas paredes hacían juego con los marcos de las ventanas, ventanas bajas por donde podían salir los muchachos. Mientras nosotros bajábamos, y mientras cruzábamos el pasillo, el resto de los alumnos recibían clases dentro de las habitaciones rediseñadas. Todas tenían colocado un rótulo que indicaba el número del aula en un recuadro blanco de letras negras. Las habitaciones del primer piso tenían todas números impares. Los números estaban escritos en ruso. Junto al mapa de la escuela colgaba una tabla de equivalencias entre el ruso, el español, el alemán y muchos otros idiomas. Un letra parecida a un T, representaba al número nueve. Por lo menos diez traducciones tenían los números y ciertas frases elementales así como el nombre de las instituciones de la ciudad, y de los números telefónicos de emergencia. Las luces principales incluso parecían calentar el aire. Pero el aire sólo llegaba hasta las gradas. En aquel lugar, las fotografías ya no eran de personajes ficticios o de filmes antiguos. Las gradas, que tenían forma de espiral mostraban imágenes de producciones hechas dentro de la institución. Cada fotografía estaba enmarcada dentro de unos arabescos oscuros de bronce o de hierro, los cuales daban o tenían la apariencia de ser muy antiguos. En cada de una de las fotografías aparecía el sello institucional, en un sitio estratégico de la fotografía. Si la imagen era horizontal, el sello ocupaba el centro de la imagen. Si la foto era vertical, el sello ocupaba el costado izquierdo. Los arabescos parecían haber representar el descongelamiento del hielo o el vapor de una taza de café. Debían existir por lo menos ochocientas fotografías y todas producidas por gente distinta, los nombres parecían no repetirse. Las imágenes menos divertidas eran aquellas donde la fotografía había sido al parecer intencionalmente desenfocada. Esas imágenes parecían fotografías tomadas con un lente macro pues la piel y sobre todo los músculos parecían inflamados. Entre esas imágenes había mandíbulas abiertas, brazos extendidos, balones o pelotas de tenis, por ejemplo la pelota fotografiada parecía dirigirse directamente a la cámara mientras al fondo, como en una sombra se podía advertir el movimiento de una raqueta. Uno de los jóvenes miraba las fotografías al igual que yo. Entonces él me pregunto que qué pensaba de aquellos sellos repetidos en cada imagen. Tras responder, el resto de jóvenes estaban de regreso.

El café se evaporaba dentro de los vasos blancos. Los jóvenes llevaban en sus manos pequeñas piezas de pan, otros acompañaban la bebida con un cigarrillo, yo jugaba con mi vaso lleno de chocolate y giraba sobre mis pasos buscando un sitio seguro. De ese modo conocí a los personajes que habían pasado por aquel lugar, por ejemplo se decía que Bjork se había inspirado en las salamandras de la sala principal para escribir su tema Sacrifice. Me parecieron verdaderas deidades aquellas salamandras que brillaban en el centro de la sala, al acercarme pude sentir el fuego que guardaban en su estómago. También alguna joven hablo de la importancia de aquellas mesas hechas con la madera de la casa de un poeta excéntrico de la era industrial. En un país como este un poeta sólo podía provenir de la aristocracia, y eso se notaba en las mesas que parecían estar pegadas al suelo de aquel sitio. Intenté grabar mi nombre pero no quedaba espacio, escribir era innecesario pues todo estaba escrito. Sin embargo besé las patas de aquella mesa con el fin de convertirla. Otra joven que venía desde la luz del sótano dijo que acababa de pelear con Orson. El muy canalla, dijo ella. La luz del sótano parecía salir de una garganta, también se escuchaban unos gritos en un idioma parecido al inglés, abajo las cosas se quebraban, cristales, sillas, yo imaginé una gran llamarada donde sobresalía una pintura, un retrato enmarcado en un marco plástico. Alguien me confundió con uno de aquellos personajes de la televisión humorística, igual firmé un autógrafo, besé la cabeza de un bebé vestido todo de negro que hizo una mueca tan perfecta como sus zapatos negros. Los llamados alumnos del nivel inmediato hablaron en voz alta, tanto que una de las salamandras palideció. Entre las peticiones había la de aquel que quería a Buñuel de regreso, otro que juraba haber tocado con Alice in chains, otro que mientras fumaba uno de sus cigarrillos camel, sonreía mientras explicaba que ellos eran Alice in chains. No cabía duda, pues el tema que tocaban era uno llamado The seat, yo lo llevaba tarareando desde que salí de Lima. Aquellas vueltas me llevaron a tomar asiento junto a Helen Sandferd quien leía un periódico del año 1981. Le pregunté por las noticias de la mañana pero ella explicó que las noticias no estaban escritas. Miré el periódico y los titulares referían a fórmulas químicas, quizás, o a algún tipo de receta para preparar un platillo exótico. En una de las hojas interiores estaba impresa la fotografía de un plato lleno de carne, tomates, un huevo frito. Los ojos de Helen eran azules como el hielo, es decir, brillantes, y como si dentro hubiera encerrado un pedazo de caramelo. Al terminar mi chocolate la salamandras agitaban sus puertas hasta cuando un joven obeso las cerró usando una llave antigua. El joven caminaba sin mirarnos, como si supiera el camino de memoria, incluso parecía que al cerrar a las salamandras no usó sus manos. Creo que miré por debajo de la mesa y pude ver que el joven obeso no tenía pies, Al salir de la sala la mitad de los jóvenes había desaparecido, quedaban las sillas sobre el suelo que empezaban a ponerse de pie por sí solas. Al salir de la sala miré en busca de algún director de teatro famoso, pensaba que podría llevar mi guión a los escenarios pues acaba de terminarlo gracias a la imagen y los cristales rotos dentro del sótano. Junto a mí cruzó Peter Mayhew pero su lengua parecía sufrir algún tipo de transtorno ya que lo que dijo era un insulto a cualquier madre de familia. Lo seguí con la mirada pero los extintores de la pared lo ocultaron. Luego se acercó Violeta para recomendarme la nueva sala de visualización. La seguí mientras las puertas se abrían como en una de esas películas de la trilogía Air y en la sala encontré a varios jóvenes que como yo tenían unos segundos extras. Los jóvenes apuntaban datos sobre pequeñas libretas mientras las imágenes en las pequeñas pantallas se movían con demasiada rapidez. Donde antes estaba un rostro luego sin demora se abría y cerraba una mano. También las imágenes pasaban del color al negativo y de un iris a la pata delgada de un insecto. Violeta al igual que yo miraba pero a diferencia de mí parecía sorprendida. Cuando habló, las imágenes dejaron de vivir, es decir, dos líneas grises e irregulares las cruzaban como en una mueca, la segunda del día. Entonces yo miré mis manos y noté que empezaban a desaparecer. Sonreí profundamente.